Domingo, 22 de enero de 2017

| 2008/10/04 00:00

Wall Street socialista

El capitalismo salvaje llegó a su fin. El mundo empieza a sufrir las graves consecuencias de la crisis financiera global.

La Bolsa de Nueva York cayó el 7 por ciento la semana pasada. Aunque finalmente el paquete de rescate financiero fue aprobado por el Congreso de Estados Unidos, los mercados siguen inquietos

Si la arena del circo romano fue testigo de la sangre que derramaron los gladiadores para divertir al pueblo, las calles de Wall Street son ahora testigo de la codicia de los banqueros y grandes ejecutivos que jugaron con la plata del público. Y en menos de 15 días el mundo cambió.
 
Mientras Colombia estaba conmovida por el vil asesinato de Santiago, un indefenso bebé de 11 meses cuya muerte fue ordenada por su propio padre, en el planeta los grandes líderes del mundo se movilizaban para evitar la peor catástrofe económica desde 1929. Firmas globales, aseguradoras y prestigiosos bancos que se consideraban intocables e indestronables, como Lehman Brothers, AIG y Morgan Stanley, empezaron a caer como castillos de naipes. De la noche a la mañana, en el corazón de Nueva York -el templo de la globalización y el capitalismo financiero- empezó a deambular el fantasma del socialismo: el Estado empezó a meterles plata a los bancos y a nacionalizarlos para evitar un efecto dominó que podía llevarse por delante literalmente a todo el mundo: el puesto de un empleado en Londres, la jubilación de un funcionario en Argentina, el seguro de vida de un padre de familia en Australia, parte del dinero de las pensiones de los trabajadores en los fondos privados de Colombia y hasta algo de las reservas internacionales del Banco de la República.
 
Viendo el tsunami que se venía, los presidentes del Primer Mundo empezaron a ver cómo defendían del desastre a cada uno de sus países. Nicolas Sarkozy propuso un fondo de ayuda para toda la Unión Europea, idea que fue rechazada por Alemania. El primer ministro británico, Gordon Brown tuvo que meter plata para rescatar el Banco Bradford & Bingley. Lo mismo sucedió en Bélgica, Holanda y Luxemburgo, con el Banco Fortis; en Alemania, con Hypo Real Estate, y hasta en Islandia, cerca del mismo Polo Norte, se quebraba el tercer banco más importante de ese país.

El primer ministro ruso, Vladimir Putin, reunió a su gabinete y cuestionó duramente el liderazgo, según él, antiético de Estados Unidos después de prestarle 1,1 trillones de rublos a sus bancos. Todos querían evitar lo peor: el pánico de la gente sacando la plata de sus cuentas y haciendo colapsar el sistema financiero mundial, lo cual llevaría a una crisis como la de la Gran Depresión en la década de los 30.

A pesar de que el Congreso de Estados Unidos después de arduos y acalorados debates finalmente aprobó el paquete de ayuda por 700.000 millones de dólares, todavía nadie sabe la magnitud ni las consecuencias de la crisis. Una crisis de confianza que va al corazón de un paradigma financiero global que ha sabido utilizar la plata de la gente de la calle en complejas operaciones sin ningún tipo de control.

Las preguntas que surgen en estos momentos de incertidumbre son evidentes: ¿Cómo se llegó a este punto? ¿Por qué es tan grave? ¿Por qué no pagan los responsables y sí los contribuyentes? ¿En qué cambia esta crisis la relación entre el Estado y la economía? ¿Qué significa para la hegemonía de Estados Unidos? ¿Acaso se acabó el liderazgo del tío Sam en la geopolítica mundial?

Sobre el origen de la actual crisis, hay relativo consenso sobre las causas más inmediatas; fue la arriesgada práctica de las entidades financieras en Estados Unidos de otorgar préstamos con condiciones demasiado favorables a personas sin capacidad de pago para que compraran vivienda y con una financiación, incluso del cien por ciento. Todo iba bien mientras el valor de las viviendas subía y subía, pero cuando se revirtió la tendencia, se reventó la burbuja. Como dice la sabiduría popular, todo lo que sube eventualmente tiene que bajar. Los bancos se quedaron con hipotecas impagables. Pero hubo más: muchos bancos y entidades negociaron esos títulos a terceros, y estos a otros, y así sucesivamente. Esto ha hecho mucho más difícil hacer un diagnóstico concienzudo de la profundidad del problema. Desde cuando estalló el primer brote de las crisis, hace más de un año, la gran incógnita ha sido no saber dónde termina la fila de dominós y cuántas sorpresas desagradables hay todavía en el horizonte. Alan Greenspan, el ex presidente del Banco Central de Estados Unidos (el Federal Reserve),quien antes era visto como un héroe de la bonanza y un oráculo de la economía, es hoy un villano y señalado como uno de los grandes responsables de esta hecatombe.

Un analista norteamericano recientemente recordaba que después del lunes negro de octubre de 1929, a los pocos días la gran mayoría del pueblo regresó a su vida cotidiana y siguieron las rumbas al ritmo de la música del Charleston. Sólo unos meses después sintieron el golpe en su bolsillo. Igual puede ocurrir ahora, cuando los millones de norteamericanos se den cuenta de que gran parte de sus ahorros de jubilación estaba invertida en la Bolsa. O cuando el gobierno norteamericano busque nuevos recursos para pagar el billonario paquete financiero. O más aun, cuando pidan un crédito y encuentren tasas muy altas o peor, poca disposición de los bancos a prestar. Esa escasez de crédito hará más profunda y extendida la recesión que, aunque no ha sido reconocida oficialmente, parece estar en ciernes.

Pero ¿por qué tienen que pagar los contribuyentes y no quienes hacen estas complejas operaciones de alquimia financiera? En primer lugar, porque gran parte de estas operaciones de derivados no estaban reguladas y en un mundo interconectado y global a las grandes multinacionales les queda muy fácil capotear la supervisión del Estado. La otra pregunta es si ya se están quebrando las grandes empresas que jugaron a la especulación, ¿por qué no dejarlas quebrar si un principio esencial del capitalismo es que el que la hace la paga? En este caso la cosa no es tan fácil. El efecto dominó de las quiebras en los bancos genera una desconfianza que aumenta la espiral y termina siendo peor para el sistema y para la gente. En una crisis como estas "los clientes no se van a otros bancos sino que van huyendo en cadena a todos los bancos buscando efectivo. Los propios bancos huyen también unos de otros y todo ello reduce drásticamente sus recursos prestables y termina interrumpiendo la financiación del sector privado. La quiebra del sistema bancario no la pagan sólo los accionistas, empleados y depositantes de las entidades ineficientes, sino también los de todas las entidades bancarias y últimamente de otras empresas de la economía", dice el economista José Luis Feito.

En estos momentos de dificultad y desconcierto ha salido todo tipo de voces a tirar línea, desde los más lúcidos y autorizados hasta las aves de mal agüero, algunos hasta se han atrevido a decir que es el comienzo del fin del capitalismo. Nada más absurdo. Lo que sí hay es un gran debate en torno al nuevo papel que debe jugar el Estado en la economía. Tesis como la del economista y premio Nobel Joseph Stiglitz, que asegura que nuevamente queda demostrado que la "teoría del goteo" no funciona. Esta dice que la riqueza que se genera en la punta de la pirámide termina llegándole a la gente de la base y por lo tanto, no es necesaria la intervención del Estado en la redistribución de la riqueza.

Lo que no se puede negar es que el capitalismo es hasta ahora el modelo que más riqueza genera. Y dentro del capitalismo, los últimos 20 años de desregulación y liberalismo financiero han generado aun más riqueza. Como bien dice la revista The Economist: "Las finanzas son el cerebro de la economía. Y con todos sus excesos, asigna los recursos donde son más productivos". Bien lo pueden decir los banqueros de inversión en cuyo reinado de dos décadas se han hecho los más grandes negocios de la historia. Y, sin duda, se generó gran riqueza y se estimuló la productividad. Pero quedó en muy pocas manos -no hubo 'goteo'- y esta desbordada innovación financiera aprovechó los callejones oscuros que no tenían los reflectores del Estado para especular con la plata de la gente -sin su conocimiento, por supuesto-, hasta que la burbuja se reventó. Frente a este escenario viene una era en la cual el Estado va a desempeñar un papel más importante en el espeso follaje de las finanzas internacionales. Y tiene un papel esencial: darle más trasparencia al mercado. Poner reglas cuando se juega con la plata del público. Algo que parece tan obvio había quedado enterrado en el paradigma neoliberal del laissez faire, laissez passer tan en boga en los últimos lustros.

Para algunos, como el ex ministro de Hacienda José Antonio Ocampo, esta crisis representa el fin de los fundamentalistas que creen que el libre mercado es la solución a todo (ver entrevista). Otros, como la revista alemana Der Spiegel, dicen que es el ocaso del dominio de Estados Unidos en la economía mundial que, más que un coloso, era una bola de nieve esperando a ser desencadenada. En últimas, dice el medio europeo, "los norteamericanos están pagando el precio por su orgullo".

Y el símbolo de esa arrogancia es el presidente George Walker Bush, quien con sus mentiras -justificó la invasión a Irak por unas armas de destrucción masiva que nunca aparecieron- y su desprecio por el respeto a los derechos humanos -defendió la cárcel de Guantánamo y las torturas en Abu Graib-, dio al traste con la imagen de Estados Unidos.

La fracasada guerra en Irak -después de cinco años aún hay más 140.000 tropas norteamericanas en ese país- y las políticas unilaterales de Bush han dejado a Estados Unidos con pocos aliados de peso y con un liderazgo cuestionado. Este vacío de poder ha sido aprovechado por países como la Rusia de Putin, que en un abrir y cerrar de ojos invadió a un vecino -Georgia- y se quedó con parte del territorio; una acción que en otras épocas no hubiera sido posible adelantar sin un costo demasiado alto para Moscú. Ahora el oso ruso amenaza a Ucrania y otras repúblicas, y Washington sólo emite comunicados de condena. Como la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Como si fuera poco, la supremacía económica norteamericana se ve desafiada por las nuevas potencias emergentes: China, India y Brasil. China, en particular, aún celebra su exitosa presentación en sociedad en los Olímpicos y su crecimiento a un ritmo desenfrenado. No obstante, según The Economist, ningún país perdería más con un colapso de la economía norteamericana que China.

Durante sus casi ocho años en la Casa Blanca, Bush involucró a Estados Unidos en dos costosas e interminables guerras -Irak y Afganistán- y con sus políticas ayudó a generar la crisis económica, que deberá ser financiada por los contribuyentes norteamericanos. Un legado que afectará sobremanera la capacidad de proyectar fuerza del próximo presidente de Estado Unidos, sea Barack Obama o John McCain. En otras palabras, Bush entregará a su sucesor a un país debilitado internacionalmente, tanto en lo político como en lo económico.

Este año se cumple el aniversario número 160 del manifiesto comunista escrito por Carlos Marx. Quizá por esa coincidencia onomástica más de uno está pronosticando erróneamente el fin del capitalismo. El que sí parece ser un hecho es el fin del capitalismo salvaje, del neoliberalismo que le da rienda suelta al mercado y desprecia al Estado. Y, aunque el fantasma del socialismo recorrió temporalmente las calles de Wall Street, no hay que olvidar, parafraseando a Winston Churchill, que el capitalismo puede no ser el mejor sistema económico con excepción de todos los anteriormente probados.
 

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.