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| 8/25/2012 12:00:00 AM

África no solo necesita ayudas

El mundo lucha por África, pero el continente solo parece perder. Treinta años de cooperación internacional fallida dejan una lección: los africanos pueden salir adelante por sí solos.

Llegué por primera vez a África, a Sierra Leona, una tarde húmeda. Mi propósito era claro, o al menos eso creí. Quería ayudar. De joven había leído acerca de las crisis humanitarias y de las guerras que habían destrozado Sierra Leona y Liberia, y creía que el mundo no había hecho lo suficiente. Unos meses más tarde mis ideales se habían roto. La ONG con que trabajaba era disfuncional, miope, y habíamos hecho lo mismo que muchos otros: arribar, prestar un servicio y volver a casa.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, las organizaciones internacionales han tratado de ayudar a construir Estados modernos en los países más pobres de África. Cada uno tiene su propia opinión sobre lo que hay que hacer: defender los derechos de la mujer, reformar la salud, construir carreteras o luchar contra la corrupción. Los defensores de estas metas compiten por espacio, atención, recursos y acceso a las comunidades necesitadas. Claro está, no todas las ONG son como aquella para que yo trabajé, pues algunas disponen del tiempo suficiente para establecer relaciones profundas con las comunidades. La mayoría, sin embargo, trabaja con contratos de corto plazo y al son de las agendas creadas en el exterior.

Un problema central de África en los últimos 30 años son los incentivos de las ONG, pues muchas veces terminan haciendo el trabajo de los gobernantes y así los liberan de sus deberes. El vínculo entre los ciudadanos y sus gobiernos se ha ido resquebrajando. Aparte de esto, las prioridades de la ayuda dependen de lo que determine la institución que provee los fondos. Si el Banco Mundial ofrece 2 millones de dólares para el agua, hay que concentrarse en eso. Las ayudas, además, generan cargas para los gobiernos locales. Un miembro del gabinete de Liberia me dijo una vez que su Ministerio gastaba tanto tiempo en los trámites para recibir, monitorear y rastrear el dinero, que el tiempo que dedicaba a lo realmente esencial era mínimo.

En África las prioridades están enfocadas hacia las necesidades inmediatas, a expensas de dificultades cuya solución solo se encuentra en el largo plazo. Tratar los síntomas es importante, pero no puede haber desarrollo sin soluciones que, aunque parezcan poco seductoras, son necesarias: capacitar y profesionalizar a la Policía y alejarla de la corrupción, formar ingenieros para mantener los sistemas de alcantarillado y modernizar los registros de propiedad de tierras.

No quiero decir que el apoyo haya sido inútil, basta visitar una clínica de VIH o un hospital de guerra para confirmar lo contrario. Sobre todo en emergencias o en situaciones de conflicto la asistencia extranjera es vital. Cuando en cuestión de horas un grupo de refugiados es desplazado o las inundaciones acaban con vecindarios enteros, solo la comunidad internacional puede actuar con rapidez para proveer viviendas, comida y salud.

En el futuro hay que alcanzar un equilibrio. Las organizaciones ya aumentan su capacidad de reacción y se acercan a los gobiernos locales, pero no avanzan rápido. De ahí el creciente rechazo de los jóvenes africanos, que desconfían de las ayudas y se sienten frustrados por sus mensajes paternalistas. Esta, no obstante, es quizás la mejor noticia de todas: en África sí hay una generación de líderes seguros de sí mismos, educados, capacitados y dispuestos a fijar sus propias prioridades. De hecho, ahí habían estado todo este tiempo. Pero en el exterior no nos había interesado escucharlos.
 
*Editora-colaboradora de la revista World Affairs
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