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| 8/25/2012 12:00:00 AM

El arte de la resistencia

Los sitios de asamblea permanente forman parte de la compleja estrategia que utilizan los indígenas nasa para sobrevivir en medio del conflicto. Hay más de 75 de estos lugares dispersos en las montañas del norte del Cauca. SEMANA visitó el de Monterredondo, en el municipio de Miranda.

El automóvil asciende por una carretera estrecha, sin pavimentar, bordeada de barrancos y de rastrojo. De trecho en trecho se ven las casas de los indígenas, plataneras y cafetales.

Sobre los tejados de barro ondean trapos blancos rasgados y percudidos. Los indígenas nasa los han amarrado con cabuya a la punta de una guadua o de una caña brava. Tienen la esperanza de que ese distintivo mantenga alejados de sus viviendas a soldados y guerrilleros cuando se trenzan en combate en estas montañas del resguardo indígena Cilia-La Calera, en el municipio de Miranda, Cauca.

La vereda más afectada este año por los combates es Monterredondo, explica el gobernador del Cabildo, Evencio Campo, quien viaja con nosotros. Durante casi tres meses, de mayo a julio, los soldados de la Fuerza de Tarea Apolo se dieron plomo con guerrilleros de la columna Gabriel Gálvez de las Farc, en medio de huertas de ese caserío. Hacia allí nos dirigimos ahora, escoltados por dos guardias indígenas que viajan en moto.

—Van a ser dos semanas que no se oyen tiros por esos lados— dijo el gobernador antes de iniciar el recorrido.
En Monterredondo está ubicado uno de los llamados sitios de asamblea permanente, parte de la estrategia que los indígenas del Cauca se inventaron para sobrevivir en medio del conflicto y no ceder su territorio a los grupos armados.

Las escaramuzas más recientes en ese caserío comenzaron en la madrugada del pasado 12 de mayo. Los indígenas se alistaban para salir a trabajar cuando sonaron los primeros rafagazos en las afueras del pueblo, por el camino que lleva hacia Calandaima, una vereda de la parte alta de la montaña.

Era el momento que tanto temían los habitantes de Monterredondo. Durante casi un mes había escuchado el eco de los disparos y el estruendo de los tatucos. Ahora la guerra llegaba a sus huertas y cafetales. Por la cercanía de los tiros los habitantes entendieron que el caserío estaba a punto de quedar en medio del fuego cruzado.

Los guardias indígenas —cuenta Evencio Campo— corrieron hacia los retenes, ubicados en los dos extremos del pueblo, con la intención de disuadir a guerrilleros y militares para que pelearan lejos del caserío.

Al caer la tarde, las 64 familias de Monterredondo permanecían encerradas en sus casas. Los choques arreciaron al día siguiente. El tercer día, los nasa alistaron carpas, cobijas, una muda de ropa y corrieron hacia el centro médico. Según lo acordado por la comunidad, en momentos de crisis el edificio se transforma en sitio de asamblea permanente. Eso significa que todos los habitantes se refugian allí y se organizan de tal manera que pueden resistir durante meses, si es necesario, sin abandonar sus casas y cultivos.

Los combates empezaron a ceder el 14 de julio. Ese día los indígenas les echaron tierra a las trincheras del Ejército y rodearon a los soldados hasta que estos decidieron abandonar el pueblo. La guerrilla, dicen los indígenas, se había retirado antes hacia la parte alta de la montaña.

Sin embargo, la Guardia Indígena mantiene las medidas de control dentro del caserío y en sus alrededores. Sus armas son bastones de mando, y se identifican por un chaleco caqui con la leyenda Kiwe Thegna (Cuidanderos de la Tierra).

A la entrada del pueblo nos topamos con un retén de la Guardia. Una vara de guadua aparece en la mitad de la carretera. A un lado del camino, bajo un cambuche de plástico, dos guardias se encargan de dar vía: ¡son un niño y una niña! Tienen 10 y 12 años.
—Como hoy no hay clases, vienen a acompañar a los guardias más grandecitos —explica el gobernador. Aquí todos somos guardias desde los 7 años. Todos tenemos la obligación de proteger el territorio.

Una hora antes, Oswaldo Imbachí, uno de los 36 miembros de la Junta Directiva del Cabildo, me había explicado que lo más importante para los nasa es proteger el territorio, a veces incluso con su vida.

—La tierra la tomamos prestada de nuestros hijos y hay que devolverla mejor de lo que la recibimos— dijo Imbachí.

Al coronar un repecho aparece el caserío. Y también el pavimento. La carretera se convierte en la calle principal –y única– de Monterredondo. El pueblo fue construido en una explanada, en la falda de la montaña. Al lado derecho hay una cancha de fútbol donde algunos niños elevan cometas plásticas con la imagen del hombre araña.

Más allá, una bandera blanca amarrada a una guadua identifica el sitio de asamblea permanente. Es una construcción de un piso, en ladrillo desnudo y teja de barro. El símbolo de Misión Médica sobresale en la fachada. En otro de los muros se lee: “Por la defensa de la vida y el territorio. Sitio de asamblea permanente”.

Sobre la puerta principal hay dos altavoces y una pancarta en nasa yuwe, el idioma del pueblo nasa: “Cxhab Wala Kiwe” (Territorio del Gran Pueblo). Sentadas en el patio interior y en los andenes exteriores conversan unas 50 personas. Seis mujeres preparan el almuerzo en fondos de aluminio: aguadepanela, arroz y trozos de plátano frito. Tres meses sitiados por los combates han menguado los víveres. Además, tienen miedo de ir a las huertas. Unos 20 guardias indígenas vigilan el lugar.

Como este, existen otros 75 sitios de asamblea permanente en los 19 resguardos indígenas del norte del Cauca. Estos lugares aparecieron hacia 1998, cuando se intensificó el conflicto armado en ese departamento por cuenta de guerrilla y paramilitares, dice el gobernador.

—Los comuneros (miembros de la comunidad) propusieron que tuviéramos unos sitios cercanos a las veredas donde la gente pudiera refugiarse, pero al mismo tiempo pudiera ir a sus cultivos y a sus casas— complementa Ernesto Cunda, un indígena del resguardo Cilia-La Calera.

La selección del lugar de asamblea permanente se ajusta a la lógica de la guerra: que se pueda abastecer de agua, leña y comida; que sea visible y que tenga trochas y caminos por los cuales huir. El sitio, además, debe tener buenas energías para evitar enfermedades o peleas entre los miembros de la comunidad.

Los the’walas o chamanes miden la energía del lugar. También les dicen los ‘mayores’. Son ellos quienes determinan si el punto que eligieron las autoridades del resguardo es apropiado. Lo hacen mediante un ritual que llaman de armonización e incluye el uso de la coca, explica Oswaldo Imbachí.

En ocasiones, los mayores descartan el sitio con las primeras ‘catiadas’. “Aquí se van a enfermar los niños”, dicen a veces. Sin más explicaciones. Pero, por lo general, los ‘mayores’ prolongan el ritual durante cinco o seis horas para armonizar el sitio. Durante ese tiempo mambean coca y equilibran las energías con riegos de plantas que cargan en sus mochilas y cuyas propiedades solo ellos conocen.

Una vez armonizado el sitio, la comunidad se reúne y designa personas responsables para todas las labores imaginables. Desde conseguir leña hasta transportar heridos y entretener a los niños. Los ‘mayores’ se encargan de mantener alejados a los malos espíritus para evitar una tragedia. De esa manera, los nasa han resistido hasta cuatro meses de combates sin salir de sus resguardos.

Hora y media después de llegar a Monterredondo nos cuentan que un indígena encontró en su huerta lo que parece ser una mina hechiza. El artefacto está fabricado con el fondo de un cilindro de gas y tapiado con cemento. Del centro sale un cable con funda plástica de color azul.

—Si cae en una casa la vuelve pedacitos— dice uno de los guardias indígenas.
Otro guardia, un joven fornido y armado con un machete corto que lleva envainado sobre el pecho, dice que el día anterior hallaron otros seis artefactos similares y los destruyeron.

—¿Y cómo los destruyen?— pregunto.
Los guardias indígenas se miran y se ríen.
—Prendemos un fogón en esa huecada, los tiramos encima y echamos a correr— cuenta uno de ellos.

Un guardia de unos 19 años se echa el explosivo al hombro, atraviesa la cancha de fútbol y desciende por una hondonada, en medio de la vegetación chamuscada por un incendio reciente. El gobernador del resguardo cuenta que los mismos indígenas quemaron el monte porque los soldados se atrincheraban entre los arbustos y la guerrilla les lanzaba ‘tatucos’ que volaban sobre los techos de las casas.

Una mujer llama a gritos a los niños que elevan las cometas del hombre araña. “A veces las esquirlas vuelan hasta por acá”, dice. La mujer se niega a dar el nombre. Argumenta que en varios municipios del norte del Cauca aparecieron panfletos de las Águilas Negras en los que se amenaza de muerte a los indígenas, especialmente a Feliciano Valencia y a Luis Acosta, dos de los principales líderes de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca, Acin.

Una de las mujeres que trabaja en la cocina –y que tampoco da su nombre– dice que los niños han sido los más afectados por los combates. Cuenta que cada vez que se escucha una explosión su hijo de cuatro años corre a decirle: “Tatuco, mamá, tatuco…”.

De la hondonada hacia donde se marcharon los guardias con el artefacto explosivo comienza a salir un humo denso. Al cabo de unos minutos aparecen los tres muchachos como alma que lleva el diablo. Vienen sudorosos… ¡y sonrientes!, como si hubieran hecho una travesura. Medio pueblo está pendiente del estallido. Pero lo único que se escucha es el ladrido de un perro y la música ‘guapachosa’ del radio que lleva terciado uno de los guardias.

El que sí parece preocupado es el gobernador del resguardo. La humareda y las llamas se extienden por otra loma.

—Si se queman los cultivos de algún comunero nos toca pagarlos.

Uno de los guardias dice que cuando se apague el incendio bajarán a mirar por qué no estalló la mina. Ya no se ríe.

En una reunión muy corta, cosa inusual entre los nasa, que hablan durante horas enteras, el gobernador les informa a los líderes que el lugar de asamblea permanente se mantendrá por otros 15 días.

La creación de estos lugares como estrategia para no dejarse sacar del territorio está ligada a la concepción ancestral que los indígenas tienen de la tierra, dice Ernesto Cunda. Explica que a los nasas les entierran el cordón umbilical al nacer, para mantenerlos unidos a la tierra.

Cunda aprendió esa costumbre de su madre, Berenice Tauquí, una indígena de la vereda El Congo, en el resguardo de Tacueyó. Ella le enseñó que cuando nacieran sus hijos abriera un hueco junto al fogón del rancho, le echara una capa de tizones de leña, doce pepas de yacuma y unas ramitas de yerba alegre. Luego debía depositar allí el cordón umbilical y taparlo con delicadeza. Él lo hizo en su rancho de la vereda La Cilia, en la parte alta del resguardo de Miranda. Allí, debajo del fogón, está enterrado el de sus tres hijas.
 
* Periodista y profesor de la Universidad del Rosario.
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