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| 8/25/2012 12:00:00 AM

El triunfo de lo sobrio

El diseñador descubrió que una buena idea llega en cualquier momento.

Desde que el computador se convirtió en la principal herramienta de los diseñadores, aprendí que aunque esos equipos son maravillosos, son solamente una ayuda: la genialidad y la creatividad vienen de adentro. Nadie discute que con solo oprimir un botón aparecen 300 tipos de letras y que todo resulta más rápido, pero también con menos pensamiento.

Nunca olvidaré que en medio de un almuerzo, en una servilleta, me surgió la idea del símbolo del XXXIX Congreso Eucarístico Mundial, que había estado pensando durante meses. Aprendí, entonces, que las mejores ideas llegan en cualquier momento .
En estos 30 años ratifiqué que prefiero mi propio estilo de verdades y cierta sobriedad, aunque no haga nada histórico. Con logos como el del Hotel Casa Medina confirmé que el diseño gráfico es lograr que con muy poco se diga mucho. El símbolo de Mercedes-Benz, de Gottlieb Daimler, por ejemplo, concreta una época y un estilo de una manera tan sencilla que uno jamás lo olvida.

Los viajes también han sido grandes maestros. En los que hice a destinos como Ecuador, Argentina, México, Barcelona y Rumania corroboré que siempre he tenido y tendré muchas ganas de aprender y de conocer culturas diferentes. Nada tan importante como saber observar.

Lo que sentí años atrás en Machu Picchu no lo voy a experimentar en ninguna otra parte. Allí encontré la respuesta a todas mis inquietudes y el aporte precolombino al diseño contemporáneo. Solamente buscando nuestros orígenes y referentes cotidianos llegaremos a mostrar algo impactante en el gran universo de la comunicación actual.
Otro de mis grandes aprendizajes fue por cuenta de mis estudiantes. Como fui docente en diferentes instituciones, pude conocer a Colombia a través de ellos.

De colegas como Martha Granados, Carlos Duque y David Consuegra aprendí el real interés por difundir el conocimiento, así como a tener pasión por el oficio.

En equipo, le enseñamos a Colombia la necesidad de darle al diseño gráfico un valor profesional para ponerlo más allá de un ‘dibujito’ que cualquier persona podía hacer. Con las dos monedas que diseñé, la de 1000 en 1996 y la de 200 en 1995, aprendí que mis propuestas pueden pasar de mano en mano por millones de personas.

En arquitectura aprendí que la guadua y el ladrillo son dos materiales humildes que significaban infinidad de soluciones en la cultura popular. Precisamente esta cultura ha sido otra de mis fuentes de aprendizaje. Me encanta que trasciende tiempos y espacios, y no tiene artificios.

En estos años ratifiqué que, aunque no soy diseñador de profesión, cuando se quiere se puede ser autodidacta. Pero mi más grande aprendizaje fue haber ejercido la arquitectura y el diseño gráfico sin pensar tanto en el pago sino en mi aporte.
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