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| 8/25/2012 12:00:00 AM

En la lucha

Aunque muchos de los problemas ambientales persisten y otros se han agravado, el tema ha dejado de ser asunto de especialistas y preocupa a buena parte de los colombianos.

Hace 30 años conceptos como desarrollo sostenible, biodiversidad, efecto invernadero, capa de ozono, calentamiento global, servicios ambientales, resiliencia y cambio climático eran desconocidos para el gran grueso del público, o sencillamente no habían sido enunciados por la ciencia o la academia.

Algunos miles de ciudadanos colombianos informados ya estaban alertados acerca del drama que provocaban la contaminación atmosférica, la acumulación de basuras y la lluvia ácida. Pero en aquellos tiempos casi nadie hacía conexiones entre las tragedias que recurrentemente vivía el país y el desequilibrio ambiental.

Si se desbordaba un río, los locutores de la radio y los cronistas estrella de los periódicos hablaban de ‘castigo de Dios’. El público en general tenía el convencimiento de que la naturaleza era ilimitada.

En los años ochenta el tema ambiental entró en la agenda de los colombianos. La construcción de la represa de Urrá generó un debate que se salió de los linderos de la academia. También generó un gran impacto mediático que la isla de Gorgona dejara de ser la prisión más temida de Colombia y se convirtiera en uno de los parques nacionales naturales emblemáticos del país.

También en los años ochenta apareció el concepto ‘desarrollo sostenible’ que, al menos en teoría, conciliaba conservación y desarrollo. En aquellos años en Colombia también comenzó a tomar fuerza la educación ambiental. El medio ambiente se abordaba desde lo interdisciplinario: no solo las ciencias naturales sino también la economía, la antropología, la sociología, la filosofía. Además, la academia comenzó a tomar muy en serio los conocimientos de tradiciones ajenas a la occidental y a entender, poco a poco en estos últimos 25 años, que las naciones indígenas tienen mucho qué enseñarle a los ‘hombres blancos’.

A finales de esa década apareció otro término que conmocionó a Colombia: biodiversidad. Los habitantes de la esquina noroccidental de Suramérica nos enteramos que en apenas el 0,1 por ciento de las tierras emergidas del planeta vivían alrededor del 10 por ciento del total de sus especies vivas. Colombia formaba parte del club de países privilegiados por su gran biodiversidad: los países megadiversos.

El gobierno de Virgilio Barco también dio un paso fundamental al crear los resguardos indígenas. Esta medida hizo que 20.000.000 millones de hectáreas de la Amazonía quedaran en manos de estas comunidades administrando los recursos de la selva sin degradar sus ecosistemas ni agotar sus recursos.

La Constitución Política de 1991, además de ratificar la gobernabilidad de los indígenas sobre sus territorios, le dedicó 50 artículos concretos a temas relacionados con la conservación del ambiente y el desarrollo sostenible, y también estableció los territorios de las comunidades negras, otra herramienta de gran ayuda para preservar las selvas del litoral Pacífico.

La Cumbre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro en 1992, llegó a hacer creer que se iban a lograr cambios significativos a favor del medio ambiente. Era una época llena de expectativas, en parte gracias a la caída del Muro de Berlín. Se presumía que al desaparecer la Guerra Fría la humanidad y sus dirigentes iban a ocuparse con seriedad de los retos ambientales. Como consecuencia de Río 92 en Colombia se redactó la Ley 99, que creó el Sistema Nacional Ambiental, cuyo ente rector es el Ministerio de Ambiente.

Sin embargo, en el cambio de milenio, la seguridad y la lucha contra el terrorismo coparon la agenda de los gobiernos del mundo y el tema ambiental parecía condenado al baúl. Algunos debates se dieron contra la fumigación. Sin embargo, fue necesario esperar la llegada del huracán Katrina y el documental Una verdad incómoda, de Al Gore, para que el tema ambiental, y en particular la expresión ‘cambio climático’, estuvieran en boca de todos. En Colombia, la crisis invernal de 2010 y 2011 ya no se le acreditó a Dios ni a una madre naturaleza que se ensaña con Colombia, sino al desastre ambiental provocado por la deforestación. La irresponsable asignación de títulos mineros en todo el territorio nacional ha alertado a la población, que se ha movilizado para salvar fábricas de agua como el páramo de Santurbán, y vigilar el desarrollo de diversos proyectos mineros y petroleros que pueden llegar a provocar daños irreversibles.

Treinta años después de la fundación de SEMANA la sociedad parece estar más preocupada e informada. Pero las políticas bipolares del actual gobierno, que por un lado hablan de la importancia de conservar el patrimonio natural y por el otro prometen ríos de oro gracias a la llamada ‘locomotora minera’, no permiten presagiar un futuro favorable.

¿Podrá SEMANA celebrar sus 60 años de existencia en un planeta aún viable? ¿O este artículo se leerá dentro de tres décadas como una de las tantas alharacas histéricas que armaron los ambientalistas de finales del siglo XX y comienzos de XXI?
 
*Periodista
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