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| 8/25/2012 12:00:00 AM

La fábrica de sicarios

El ambiente difícil y sin muchas perspectivas para los jóvenes de algunos barrios marginales es aprovechado por los criminales para reclutar en sus calles a sus matones. El cronista visita uno de estos barrios en las afueras de Dosquebradas.

UNO. La gente lo recuerda bien: no había acabado enero de 2012 cuando comenzaron a escuchar solitarios disparos como una letanía de la madrugada. En febrero ya eran balaceras que tardaban hasta diez minutos, y se percibían tiros de ataque y respuesta. En marzo y aún en las madrugadas, los tiroteos eran intermitentes: primero se escuchaban en el costado norte del barrio, media hora después tronaban en el costado oriental; como si los pistoleros se tomaran el tiempo para recargar, cambiar de posición y volver a disparar. Los residentes tenían tanto miedo de caer en el fuego cruzado que muchos optaron por encerrarse en su casa antes de que oscureciera y pisar la calle de nuevo solo para ir al trabajo a la mañana siguiente.

El Balso es un barrio de la comuna 1 de Dosquebradas, Risaralda. Situado en la margen derecha del río Otún, limita con Pereira justo en frente del hipermercado Carrefour, exactamente debajo del viaducto que conecta los municipios. A vuelo de pájaro, El Balso es una pequeña montonera de casas desiguales de uno o dos niveles, sin alturas uniformes, levantada en un espacio no mayor a tres cuadras y segmentada por tres autovías escuálidas en las que difícilmente cabe un carro pequeño. Perfectas, sí, para el zigzagueo de motocicletas. En cualquier caso, un barrio más pequeño que los de la zona nororiental de Medellín o que una favela de Rio de Janeiro, y menos pobre que una villa miseria de Buenos Aires. Tiendas, graneros y carnicerías siempre están abastecidos.

La primera vez que fui a este barrio fue a mediados de 2008. El área metropolitana de Pereira venía padeciendo la exacerbación de su violencia homicida desde que el jefe paramilitar y capo del narcotráfico Carlos Mario Jiménez, alias Macaco, había sido expulsado en agosto de 2007 de la Ley de Justicia y Paz, para precipitar su extradición hacia Estados Unidos. En una semana cualquiera y casi en cualquier sector, se podían presentar balaceras a plena luz del día, ataques con granadas a establecimientos comerciales y no escaseaban diligencias de levantamiento de dobles y triples homicidios, y de cadáveres decapitados o descuartizados. Lo curioso es que El Balso y su barrio limítrofe, San Judas, vivían una paz inusitada.

DOS. Me recibió un universitario llamado Gleiber, habitante toda su vida de El Balso. Con 24 años, había sido contemporáneo de los primeros delincuentes del sector y había sido testigo de su mutación de estudiantes de colegio a bandidos y sicarios. A finales de la década del ochenta, me contó, eran 25 niños de primaria. Y la comuna ya agrupaba todas las violencias de Colombia. Había milicias urbanas de las Farc, bandas de expendedores de drogas, bandas de ladrones internacionales -sobre todo de apartamenteros en Japón-, y sus muchachos más jóvenes estaban siendo reclutados por las bandas de sicarios del Cartel del Norte del Valle, que residían unas cuadras más arriba en la comuna Villavicencio -barrios Berlín y Corosito- de Pereira.

"Después, cuando yo tenía 12 o 13 años -dijo Gleiber-, se regó la ola de que El Balso era refugio de matones y empezaron a llegar bandidos de otras partes. Y esto se volvió una mierda del todo. Hasta que llegó la mano del famoso Chinche, un pelao que se volvió un narco con mucha plata. Sus matones asesinaron a la mayoría de mis amigos de escuela en una barrida impresionante. Hoy solo quedamos cuatro. Cuando el Chinche tuvo el control, se volvió un pachá. Se sentaba en la cafetería de la esquina, tomaba cerveza en las tardes y recibía las quejas de los habitantes: 'Chinche, mire que me robaron el televisor', le decía la gente. 'No se preocupe, yo se lo hago aparecer'. Y a la vuelta de un día o dos, el afectado recibía el televisor y el ladrón aparecía muerto. De todos los que ajusticiaron en esa época, la muerte que más me dolió fue la de un muy buen amigo mío apodado Perico. Cuando escuché los balazos, corrí a ver quién había caído. Me asusté al verlo tirado en la acera. Le habían pegado tres tiros: dos en la cabeza y uno en la espalda. Estaba agonizando. Me acerqué, pero no pude hacer nada porque existía la 'Ley de dejarlo morir': los únicos que podían ayudar a un baleado eran los familiares".

Luego de que mataron al Chinche, la siguiente generación de adolescentes conformó otra pandilla mucho más violenta que la anterior. Si la generación de Gleiber y sus compañeros de escuela era de ladrones y drogadictos, la que siguió fue de sicarios y distribuidores de drogas. Y tenía el respaldo de los grandes narcotraficantes de Pereira. "Eran tan malos tan malos -me dijo Gleiber-, que apostaban entre ellos a ver quién mataba primero a tal o cual. Pero por ser así de criminales no duraron ni un año. Su exterminio fue muy rápido. Recuerdo que apenas mataron a los dos primeros, como en 2006, esto se llenó de ley: había patrullas y agentes armados todas las noches. Y sin embargo, seguían resultando muertos. Recuerdo a alias Píldora, el más bravo de todos. Ya había matado a varios que habían intentado asesinarlo y decía que nadie se atrevería a entrar al barrio a quebrarlo, porque esto estaba repleto de ley. Y explicaba: 'Por el frente de mi casa no pueden porque ahí está la patrulla. Y por detrás, los atiendo yo'. Era cierto que los atendía: atrincherado, ya le había dado a varios que habían intentado cazarlo. Pero un día, la policía desapareció y entraron cuatro sicarios en dos motos. Píldora los vio y arrancó a correr. Un tiro lo tumbó al suelo. Lo que siguió fue como en cámara lenta: las motos se le acercaron, un sicario se bajó y le pegó una patada, lo vio agonizante y exclamó: '¡Este hijueputa todavía está vivo!', y lo remató: pum, pum. Las motos salieron, tranquilas".

Cuando niño, Gleiber jugaba microfútbol todos los días y lo intercalaba con 'policías y ladrones', sin saber que para sus amigos era el anuncio del futuro. Parados en la cancha de microfútbol repasó para mí una lista de contemporáneos muertos mientras señalaba el lugar preciso donde habían recogido sus cuerpos. Se lamentaba de enumerar tantos tan habilidosos con la pelota. "Se me viene a la cabeza Alexander Mejía, Chamizo, que iba a ser profesional en el Deportivo Pereira. Por plata, se volvió sicario y se fue con las milicias urbanas de las Farc. En Bogotá lo mataron".

Luego, Gleiber se detuvo sobre el punto de saque. Lo señaló y me dijo que allí habían encontrado la cabeza de un muchacho hacía poco: "Mi mamá me despertó con la noticia de que había una cabeza en la cancha: 'Andá y mirá rápido a ver qué pasa, ¡pero volando!'. Cuando llegué ya había mucha gente. Se notaba que el muerto era un pelao. Nadie decía nada. De pronto, un niño como de ocho años llegó corriendo, le dio una patada a esa cabeza y la envió directo al arco, y gritó '¡gol! ¡gol! ¡gol!'".

En menos de diez minutos, Gleiber ya me había nombrado más de diez crímenes de niños y jóvenes del barrio. Si una cancha de microfútbol en un tranquilo barrio residencial era un espacio de recreación y encuentro, en El Balso era un terreno abandonado en el que se entremezclaban cruces imaginarias por cada amigo caído.

Antes de despedirnos le pregunté por qué si toda el área metropolitana de Pereira parecía arder a balazos, El Balso estaba calmado. Gleiber me contó que a comienzos de año los jóvenes pistoleros que sucedieron a la generación de Píldora habían cometido un asesinato del que no pudieron escapar. Los mayores de edad terminaron encarcelados y los menores fueron llevados al centro de reeducación de menores Marceliano Ossa. "Cuando estos pelaos salgan del Marceliano -me explicó-, el barrio se va a calentar otra vez y vamos a volver a ver asesinatos casi a diario". Por eso, Gleiber quería irse de El Balso, llevarse a su madre y a su hermana. Alejarlas de esa violencia. Como ya estaba a punto de graduarse, me dijo, lo que haría con su primer salario sería mudarse.

TRES. Pues bien, en abril de 2012, cuando las balaceras a las cuatro de la mañana eran normales, Gleiber ya no vivía en El Balso. Y no le tocó ver que una mañana mientras la Policía hacía requisas y verificaba antecedentes de los habitantes del barrio, un grupo de pandilleros agazapado dentro de casas hizo disparos, unos dicen que al aire y otros dicen que a los agentes. La policía respondió con más disparos, unos dicen que al aire otros dicen que a algunas casas. El resultado fue la muerte de una niña de 12 años que se asomó a la ventana y fue alcanzada por una bala. Las pruebas comprobaron que la bala homicida era de un policía. El CTI de la Fiscalía asumió la investigación.

A los días, la Policía regresó a El Balso. Hubo allanamientos, capturas y verificación de antecedentes penales. El saldo: 14 personas arrestadas, entre ellos, dos menores de edad, bajo cargos de homicidio, porte ilegal de armas de fuego y fabricación, porte y tráfico de estupefacientes. Incautaron seis armas de fuego, 120 cartuchos calibre 38, 12 y 9 milímetros, cuatro kilos de marihuana, 120 dosis de cocaína, un chaleco antibalas, dos motocicletas y un carro.

Una semana después, un grupo de muchachos fue atacado a balazos mientras charlaba en un andén de El Balso. En segundos, amigos de los atacados respondieron y se desató una balacera a lo largo de varias calles durante casi media hora. El desenlace: cinco heridos y dos muertos -uno en el acto, otro en la cama de un hospital-.

A los días, un muchacho fue baleado en una calle de San Judas.

En los primeros días de junio, escuchando los recuerdos de algunos testigos de estos hechos y repasando las notas judiciales de la prensa local, fue inevitable no repetirme una a una las palabras de despedida que me tiró Gleiber aquella vez: "He visto morir a dos generaciones de sicarios y pandilleros. El futuro de esta generación también es la muerte violenta. Preferiría no estar aquí para cuando eso suceda".
 
* Periodista y escritor.
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