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| 8/25/2012 12:00:00 AM

La revolución feminista

En estos 30 años las mujeres ganaron espacios que no tenían.

Así: ‘feminista’ y no ‘femenina’ porque se trata de una revolución que ha dejado atrás las maneras sumisas de la feminidad convencional, para acometer sin miedo un cambio estructural en las maneras en que los seres humanos nos relacionamos.

Es cierto que en ese cambio el colectivo de las mujeres fue el más beneficiado, porque en esta, como en toda revolución, los cambios son más evidentes para quienes llevaban la peor parte en el orden social previo. No obstante, una mirada aguda muestra que las ganancias fueron para hombres y mujeres por igual.

Para las mujeres, porque durante los últimos 30 años en Colombia la revolución feminista ha conseguido que aumente considerablemente el respeto por su autonomía y su derecho a habitar la calle, de día y de noche, tanto en escenarios laborales como de ocio. Se aprobaron por nuestra incidencia leyes que hicieron posible divorciarnos y otras que impusieron justicia en casos de padres que incumplieran su deber de manutención de hijos e hijas y dejaran toda la carga económica de la crianza en las mujeres. Luego de varios proyectos de ley rechazados en el Congreso, en 2006 la Corte Constitucional despenalizó el aborto en los tres casos mínimos en que debería estarlo, en un reconocimiento ejemplar del derecho a la vida de las mujeres, quienes morían en cantidades escandalosas practicándose abortos clandestinos. Si bien persiste una cantidad abrumadora de problemas relacionados con el cumplimento de toda esta legislación y jurisprudencia, su existencia no es nada desdeñable.

Por otra parte, en estas tres décadas hemos visto cómo se consolida la ciudadanía plena de las mujeres, quienes participamos cada vez más y en mejores condiciones de la política gubernamental del país. En este escenario, sin olvidar que nuestras cifras todavía no alcanzan siquiera un 20 por ciento de los cargos en las distintas ramas del poder, hemos logrado justamente llegar a ese 20 por ciento aproximado. Las mujeres participamos activamente en las discusiones sobre los enunciados básicos de la Constitución del 91; hemos tenido muchas gobernadoras y alcaldesas, candidatas presidenciales, procuradoras delegadas, contralora y fiscal general de la Nación. Contamos con una Ley (581 del 2000) que fija cuotas mínimas de participación de mujeres en niveles decisorios de la administración pública, y con otra (Ley 1475 de 2011) que fija cuotas de mujeres en las listas electorales presentadas por los partidos políticos. Como siempre, ‘del dicho al hecho…’, pero es una ganancia irrefutable la existencia de la normativa.

Además de normas, y tal vez más importante que estas, la revolución feminista ha propiciado cambios fundamentales en nuestra subjetividad. A fuerza de procesos de formación y empoderamiento de las mujeres ha conseguido que la maternidad se convierta en una opción y deje de ser un imperativo moral. A medida que nos hemos ido desprendiendo de ese deber ser que nos reducía a la crianza de los hijos y la limpieza del hogar, hemos habitado nuevos espacios de la esfera social y han quedado más que probadas nuestras capacidades para desenvolvernos con éxito en cualquier propósito.

Pese a que las más jóvenes a veces no reparan en ello, todas le debemos a la revolución feminista que hoy ingresemos en mayor número a las universidades, que nuestras decisiones sean igual de legítimas que las de nuestras parejas, que podamos usar métodos anticonceptivos a voluntad o que sea posible optar por enamorarnos de otras mujeres sin escondernos. En estos 30 años hemos ganado espacios que antes no existían para nosotras.

La revolución feminista ha mostrado que no hay un solo tipo de mujer, como antes se nos quería ver, si no que existimos mujeres, en plural: mujeres negras, mujeres lesbianas, mujeres pobres, mujeres con discapacidad, mujeres ‘trans’, mujeres jóvenes y todo un abanico de diferencias que también hacen distintas nuestras maneras de relacionarnos y cuestionan profundamente el pretendido paradigma de la feminidad.

Con el cuestionamiento de la feminidad han llegado también preguntas por la masculinidad, las cuales han implicado –en muchos hombres en particular, y en todos en tanto colectivo– una reflexión profunda sobre sus maneras de habitar el mundo, de relacionarse con las mujeres y de participar en los espacios domésticos. Cada vez con menos miedo, los hombres pueden permitirse expresar sus emociones, aceptar sus debilidades, amar y cuidar de otras maneras, quitándose la máscara de macho alfa dominante que el sistema patriarcal ha previsto para ellos y que en muchos casos también constituye una camisa de fuerza.

Las nuevas mujeres colombianas han empujado también la aparición de nuevos hombres, y en ese proceso es el país mismo el que ha cambiado, siempre para bien. En términos de relaciones entre hombres y mujeres y de posibilidades de ser para ambos hoy es mejor que ayer, y queda revolución feminista para mucho rato, para que exista el mañana de igualdad con el que soñamos.
 

 
*Escritora y profesora universitaria
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