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| 8/25/2012 12:00:00 AM

La tecnología nos transformó

Un experto mira hacia atrás y recuerda esos primeros aparatos que fueron colonizando las horas de entretenimiento de los hogares colombianos.

Cuando se fundó la revista SEMANA ya habían pasado 25 años desde la llegada de la primera ‘máquina de computación’ a Colombia, un IBM 650, a las instalaciones de Bavaria. No se le puede llamar a eso un ‘computador’ en el sentido estricto de la palabra, porque tanto su tamaño como su configuración eran muy diferentes a las máquinas que todos conocemos. Las computadoras de antes se parecían más a una volqueta de carbón del Cerrejón, y su capacidad de procesamiento era menor que la de un reloj-calculadora de hoy en día… Bueno, de los noventa, porque hoy ya nadie usa eso.

Sin embargo, para inicios de los años ochenta, entusiastas y optimistas ingenieros se aventuraron a crear empresas para importar pequeños computadores, más cercanos a lo que podría necesitar una compañía mediana en el país. Así llegaron los famosos microcomputadores RadioShack y poco después llegó Apple a Colombia.

En esa misma época, otras marcas se atrevieron a llegar a esta tierra de nadie. En Cali, el Grupo Carvajal trajo la poderosa marca japonesa NEC, creadora del primer procesador de señal numérica. Otros que llegaron fueron los potentes Commodore, muy utilizados en las industrias creativas como la publicidad; Texas Instruments, que sería muy preferida por los ingenieros en obras civiles, y HP.

Sin embargo, la que tendría el dominio absoluto por mucho tiempo sería IBM, la misma que había colonizado estas tierras varias décadas atrás y que había dotado de grandes computadoras con tarjetas perforadas a Fabricato, Empresas Públicas de Medellín, Ecopetrol y Coltejer.
 
El PC llega a la casa

Los primeros computadores IBM, así como los primeros Macintosh de Apple, eran rarezas que solo aterrizaban en los hogares de los más adinerados. Para los demás, las tareas de los colegios en los ochenta debían hacerse ‘a máquina’, y los más diestros profesionales pulsaban las duras teclas con toda su batería de dedos.

Esa generación que jugaba en la cuadra con sus amiguitos, tomando el sol y pateando un balón, migró en 1982-1983 a la sala de la casa para jugar ‘marcianitos’ en el Atari, mientras los padres y hermanos mayores veían la tele, ese cajón enorme comprado en algún Sanandresito y que se instalaba en la sala de la casa como chimenea electrónica para atrapar la atención de propios y de visitas. Allí el plan podía ser ver películas en el ya célebre Betamax con cubiertas imitación madera.

Los colombianos descubrimos que el cine podría estar en nuestras casas con un único ritual de contraprestación: devolver la película de Betamax (y luego de VHS) rebobinada a la tienda de alquiler de la esquina. Así llegaron a nuestras casas, detrás de los reproductores, millones de rebobinadores en forma de Ford Mustang, bananos o de platillo volador.

De igual manera, los vinilos se fueron acumulando en un clóset cuando la aguja del tocadiscos se dañó y aparecieron el CD y los archivos digitales. De los ‘cortes’ en un acetato, pasamos a coleccionar MP3 y a llevar la melomanía a todas partes y en un bolsillo.
 
Las ‘panelas’ y la muerte del revelado

Años después, a finales de los noventa, llegaron los teléfonos celulares. Los primeros aparatos eran Motorola, Nokia o Ericsson y pesaban una libra o más. La cultura popular sabiamente los llamó ‘panelas’ por su diseño y el tamaño colosal. Los portadores de las primeras unidades los adquirieron como accesorio, como símbolos de estatus.

Con la llegada del nuevo siglo, los celulares redujeron su tamaño y a pesar de ello incorporaron más servicios. Aunque las cámaras digitales ya habían hecho su arribo en los años noventa, en esta última década se han consolidado y han compartido espacio con las cámaras de los teléfonos inteligentes. Con altas resoluciones y capacidad de almacenamiento para miles de fotos, los colombianos también vimos morir otro ritual: acudir a la tienda de revelado con un rollo de 12, 24 o 36 fotos para que al cabo de dos días nos entregaran impresas en papel la tercera parte de esas fotos. Tomar fotografías dejó de ser el patrimonio del tío inteligente para convertirse en la acción lógica de cualquier evento informal que termina en un álbum de Facebook.

A su vez, internet trajo Google y sus nuevas formas para encontrar información. El cerebro tuvo que haber cambiado a estas generaciones incipientes en su percepción del valor de la información a la hora de hacer tareas; los diarios reinventan desde hace un lustro su modelo, pues su negocio es producir información y no fabricar papel.
Las audiencias más jóvenes consumen medios digitales a la vez que navegan en las fotos de sus amigos en las redes sociales. Estas plataformas nos legitimaron el deseo de ser voyeristas a la vez que nos hacen quedar como los más considerados al revelarnos el cumpleaños de los amigos. Hasta tortas con velitas digitales se pueden mandar con un clic.

Y así como le delegamos la memoria a las redes y a las máquinas que nos evitan recordar nuestro directorio telefónico, parecería que la educación de los hijos también quedó endosada a los cableoperadores, con 200 canales satelitales, y a las consolas de videojuegos. La generación de las pantallas ha nacido.
 
Lo que la tecnología mató
 
Objetos y hábitos que desaparecieron por cuenta de los avances tecnológicos, o que agonizan.
 
1. Grabar los programas de televisión en el VHS o Betamax
2. Cámaras fotográficas de rollo y desechables
3. Grabar canciones de la radio en un casete
4. Discman y walkman
5. Las cartas a mano
6. Amigos por correspondencia
7. Llamar al 117 para pedir la hora oficial
8. Enciclopedias
9. Diccionarios
10. Beeper
11. Fax
12. Colección de CD
13. Trabajos para la universidad o el colegio escritos a mano
14. Internet por línea telefónica
15. Máquinas contestadoras
16. Disquetes y floppies
17. Tiendas de alquiler de video
18. La buena ortografía
19. Ir a Telecom para hacer una llamada de larga distancia
20. Las máquinas de escribir
 
*Periodista
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