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| 8/25/2012 12:00:00 AM

Lo que aprendí

Siete colombianos le entregaron un testimonio íntimo a SEMANA sobre las lecciones que les dejaron estas tres décadas en sus vidas personales y profesionales.

No coronar
 
El exministro supo que la política no era lo suyo. Tal vez cometa una imprudencia diciendo que, con los años que tengo, los obstáculos no han impedido que hiciera lo que he querido. He tenido fracasos, pero también logros.

No fue fácil reformar el marco para el funcionamiento de la economía como tuvimos que hacerlo entre 1990 y 1994, con la mayoría de los gremios y de los economistas oponiéndose. Pero estas reformas ya cumplieron más de 20 años y han demostrado ser robustas. Desde entonces, el único otro gobierno que ha acometido cambios de envergadura comparable, aunque todavía de menor alcance, ha sido el actual. Quisiera que quienes los están promoviendo entendieran, como vine a comprenderlo con el tiempo, que las reformas económicas no son suficientes. Se pierde parte de sus beneficios si el sistema político no cambia y continúa imperando la corrupción, el clientelismo, la incapacidad de imponer la ley en regiones y la concentración del poder.
Uno de los peores momentos fue cuando abandoné mis estudios universitarios a los 22 años para poner un negocio, y me quebré por falta de experiencia o de capital. Un hippie que conocí poco después en un evento festivo en California me dijo que el secreto en la vida era no llegar rápidamente a la cima o, mejor aún, no coronar, “Never peak”. Es un consejo que he tratado de seguir al pie de la letra.

Profesionalmente, mi mejor momento ha sido siempre el que estoy viviendo en cada etapa, con el conocimiento de que uno no se puede quedar ahí y debe avanzar.

No me gusta el concepto de mentor, pero he aprendido mucho de algunas personas con las que trabajé, como Rodrigo Botero y César Gaviria, principalmente. Cuando fui candidato a la Alcaldía de Bogotá, y fui derrotado, descubrí que no era una actividad que me gustaba, entre otras cosas porque me aburría tener que decir cada vez lo mismo. Pero luego, cuando trabajé con Álvaro Uribe, me di cuenta de la importancia de ser obsesivo, repetir continuamente lo mismo y saberlo comunicar.

Mi papá me enseñó a seguir estudiando toda la vida por placer y por oficio, como ahora que mi empresa me obliga a conocer sectores distintos con cada negocio y a ser creativo. Si no fuera por ello y por los dos artículos semanales que escribo, ya hubiera perdido el deseo de aprender.

Mi abuelo me enseñó que no se necesita mucho para ser feliz “una buena yegua, una buena ruana y una buena india, mijo”. De mi mamá y de las mujeres que he querido o han sido mis colegas aprendí casi todo lo demás.
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