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| 8/25/2012 12:00:00 AM

Los niños perdidos de Armero

Después de la tragedia de Armero muchas familias sobrevivientes se dispersaron. Algunos niños fueron adoptados, otros se perdieron y encontraron un destino lejos de su tierra. Ecos poco conocidos de la más grande catástrofe en la historia de Colombia.

El 13 de noviembre de 1985 la ceniza cayó del cielo con mayor intensidad que los días anteriores. John Francisco Reyes, de 6 años, se paró bajo la puerta de entrada para ver cómo se acumulaba en sus zapatos y pensó que la nieve no era tan blanca como la veía en la televisión. En las calles los niños jugaban a lanzarse la ceniza imaginando un invierno de copos grises provenientes del cráter Arenas del volcán Nevado de Ruiz.

Los feligreses, con pañuelos en la boca, acudieron a la última misa –y la más corta– en la historia de Armero. El sacerdote, después de leer con afán el evangelio y de impartir la bendición final, aconsejó desde el púlpito que en caso de desbordarse el río Lagunilla enrollaran cobijas bajo las puertas para evitar que entrara el agua en las casas. Después de despedir a los devotos alistó maletas y se marchó a Ibagué.

Al anochecer el agua del río se empezó a filtrar bajo las puertas. Rafael Reyes, padre de John Francisco, afanó a su familia para que abandonaran la casa. Cuando su esposa Ligia terminaba de empacar algunas prendas, el agua mezclada con lodo y rocas pasó por la central de energía y el pueblo quedó a oscuras. La familia, agarrada de las manos, corrió para buscar el cerro más alto.

Detrás de ellos venía una montaña de más de 100 millones de metros cúbicos de lodo y roca tumbando paredes y derribando postes. Cuando los Reyes estaban cerca de alcanzar el cerro se dieron cuenta de que la avenida estaba cubierta por un lodazal profundo. Rafael abrazó a su esposa y sus tres hijos. Todos supieron que ese abrazo significaba un adiós.

La corriente los hundió y los separó. John Francisco intentaba mantener la cabeza afuera, pero la corriente de tierra y rocas parecía una licuadora que lo sumergía, lo sacaba y lo mezclaba con piernas, brazos y cabeza.

Al amanecer despertó en medio del fango rodeado de muertos y vivos que parecían muertos. No podía moverse, no tenía fuerzas. De pronto sintió que una mujer lo tomaba entre los brazos, y al levantar la vista reconoció a Inés Arteaga, su tía. Ella le limpió el cuerpo y el rostro con agua estancada. El niño se asustó cuando sintió un chorro de sangre que le brotaba de la oreja y un ardor en los testículos. Un hombre de la Defensa Civil se ofreció a llevar al niño al hospital de Guayabal, pero no permitió que Inés los acompañara.

La tía caminó los tres kilómetros que separan al desaparecido Armero de Guayabal, y buscó a su sobrino en el hospital. Preguntó a las enfermeras por el pequeño de la oreja cortada y el testículo herido. No lo encontró. Nadie le dio razón.
 
La feria de los niños

Mientras John Francisco se extraviaba en alguna parte de la carretera a Guayabal, otro niño, Javier Leandro Martínez, de 3 años, fue trasladado a una guardería de Villeta, Cundinamarca. Las monjas de la guardería se sorprendieron ante la cantidad de gente que quería llevárselo fingiendo que eran familiares. Por eso Javier Leandro fue conocido en el país como ‘el niño que todos se querían robar’.

Marcos Duarte, un sobreviviente, cuenta que tras la avalancha vio camiones cargados de niños que se estacionaban en la vía a Cambao, a 40 kilómetros de Armero. Allí se feriaban los infantes, y los adultos interesados en tener hijos sin papeleos ni demoras, escogían al que les parecía más bonito.

Por culpa de la feria de niños muchas madres enloquecieron, y algunos cuentan de otras que se suicidaron. La fundación Armando Armero ayuda a las personas a reencontrarse con los desaparecidos. Tiene una base de datos con más de 50 fotografías de adultos y niños extraviados. El último encuentro ocurrió en junio de 2012, cuando un armerita adoptado en Holanda regresó a Colombia para reconocer a su familia. Aunque se vieron y se abrazaron no pudieron hablar: él había olvidado el español y nadie de la familia sabía holandés.

Ahora que el volcán Nevado del Ruiz está otra vez despierto, la fundación está marcando a los niños de 0 a 8 años con manillas, para que en caso de una nueva catástrofe no se extravíen y resulten en guarderías de Bogotá, Estados Unidos, Holanda o Suecia. En las manillas aparece el nombre del menor, grupo sanguíneo, nombre del acudiente, teléfono y correo de la fundación. Hasta el momento se han marcado más de 1.000 niños de Armero-Guayabal y las veredas cercanas.
 
Dos décadas de culpa

En 2005, después de dos décadas de vivir en Bogotá con una familia ajena, John Francisco Reyes regresó a Armero-Guayabal convertido en pastor evangélico. Temía encontrarse con un pasado que había sepultado luego de la tragedia, pero debía cumplir el encargo de su congregación.

Una semana después de su arribo al pueblo fue a la plaza de mercado. Allí una mujer mayor lo abordó:

—Usted es mi sobrino —dijo.
Él no fue capaz de mirarla. Guardó silencio.
—Usted tiene una herida en la oreja ¿cierto? —pregunto la mujer.
—Sí —respondió el pastor. 

La mujer se acercó y le preguntó en voz baja:
 
—¿Y tiene otra en el testículo?

Era Inés Arteaga, la tía que lo había rescatado. Aunque John Francisco podía responder que no, y estar seguro de que nadie iba a verificar si tenía una cicatriz, la pregunta le llegó de sorpresa y contestó afirmativamente.

Inés llamó a Ligia González, la madre de John Francisco, y le rogó que viajara a Guayabal. No le dijo el motivo, pero el tono era de tal gravedad que convenció a la mujer.
John Francisco se llamaba ahora Juan Carlos González: después de la avalancha lo habían llevado a Bogotá, donde fue adoptado por un abogado y una enfermera.

Estaba en la sala de la casa de su tía con un tinto en la mano cuando llegó la madre.

—¡No, no, no!  
—dijo Ligia al verlo—. John Francisco, ¿usted donde estaba? —luego se dejo caer en una silla y se cubrió los ojos para llorar.

Estaba con otros padres y con otro nombre huyendo de la infancia. Ahora se enfrentaba a una señora a quien no podía querer, porque gran parte del cariño nace de la costumbre. Ligia pedía que le dijera mamá, pero él no pudo. Madre e hijo se ven dos o tres veces al año y ella llora cada vez que lo ve. 

Después de siete años del primer encuentro, Ligia piensa que el señor que conoció fue una equivocación del destino, y prefiere el recuerdo del niño que antes de la avalancha le ayudó a descolgar la ropa y luego se entretuvo jugando con la ceniza como si fueran copos de nieve.

Casi 27 años después de la tragedia, en Guayabal viven más de 20 mujeres que esperan la llegada de sus hijos y los buscan por medio de las emisoras o la fundación Armando Armero. Hay otras que, desesperadas, recurren a la brujería. Muchos de los niños perdidos que se han criado en Estados Unidos o Europa no quieren regresar. Conocen su pasado y lo enterraron con el lodo del volcán Nevado del Ruiz el 13 de noviembre de 1985.

*Periodista. Ganadora de un premio de la SIP.
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