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| 8/25/2012 12:00:00 AM

Medio Oriente

Hechos de una parte del mundo caracterizada por el conflicto Palestino-Israelí.

IRAK

Cómo desintegrar una nación
Por Philip Bennett /Exjefe de redacción y editor de Seguridad de The Washington Post 
 
En 2011 los últimos soldados estadounidenses se retiraron de Irak, dejando en Bagdad varios kilómetros de muros destrozados: laberintos donde los iraquíes se escondían unos de otros y de los estadounidenses. En 30 años el proyecto de construir una nación iraquí engendró una fábrica de horrores. En 1980 un delirio de grandeza llevó a Sadam Husein a invadir a Irán e iniciar una masacre. En 1990 Irak invadió a Kuwait y encendió la Guerra del Golfo, donde participaron Estados Unidos y sus aliados. Esta guerra decretó una década de sanciones, vigorizó en Washington la obsesión de eliminar a Husein y, en 2003, promovió la idea de invadir a Irak, que resultó en nueve años de ocupación. Los arquitectos de la guerra habían visto en Irak un tablero en blanco para construir una democracia moderna, secular, rica en petróleo y amiga de Occidente. Esta convicción degeneró en una febril y poderosa soberbia. Irak sucumbió ante una espiral de sectarismo, odio y crueldad. Los estadounidenses fueron terriblemente despreciados y pronto ellos empezaron a sentir lo mismo hacia los iraquíes. Abu Ghraib, Haditha y Faluya se convirtieron en cementerios de buenas intenciones. Y aunque se gastó 1 billón de dólares, más de 100.000 iraquíes y 4.500 estadounidenses murieron. Irak y Estados Unidos se habían aliado para desintegrar una nación. Durante la invasión, el general David Petraeus –actual director de la CIA– le hizo a un reportero una pregunta: “Cuénteme, ¿cómo terminará esto?”. Los iraquíes todavía se lo preguntan, mientras que en los muros destrozados de Bagdad ven retratado su futuro. Por fin, el mes pasado, el gobierno iraquí empezó a removerlos.

ISRAEL-PALESTINA

El arte de complicarlo todo
Por José Levy / Corresponsal de CNN en Israel, los Territorios Palestinos y el Medio Oriente
 
Un tema frustrante de los últimos 30 años ha sido la incapacidad de los palestinos y los israelíes de lograr la paz. Aunque en este tiempo la Organización para la Liberación de Palestina de Yaser Arafat reconociera a Israel y este país admitiera la necesidad de llegar a una ‘solución de dos Estados’, y aunque se firmaran históricos acuerdos y las partes sepan más o menos cómo podría ser un arreglo aceptable para ambos, todavía no se ha encontrado el camino para terminar el conflicto. El proceso de paz ha sido un rehén de los fanáticos. Nunca ha faltado el extremista de uno u otro lado que explota un autobús o asesina a un primer ministro. Ahora la incertidumbre que conlleva la Primavera Árabe, las obras de construcción en los asentamientos israelíes y el movimiento islamista palestino Hamas (que controla la Franja de Gaza y no reconoce la existencia de Israel) han vuelto, una vez más, a complicarlo todo.

SADAM HUSEIN

El gran hombre que no fue
Por Antonio Caballero / Escritor. Columnista de SEMANA
 
Fue un déspota. Pero si no hubiera sido derrocado y ejecutado tras la segunda Guerra del Golfo por los Estados Unidos, habría pasado a la historia como un gran hombre. Pues lo que terminó como tiranía personal había empezado 25 años antes como un gobierno ilustrado y progresista: reforma agraria, industrialización, cobertura de salud y educación, ampliación de los derechos de las mujeres bajo un Islam laico, todo ello respaldado por el petróleo. Sadam nunca pretendió ser un demócrata, ni tampoco se lo pidió Occidente mientras fue su socio. Por cuenta de esa amistad se dejó embarcar en la guerra contra Irán (l980-1988), destinada a contener la expansión de la Revolución Islámica. Y la contuvo, con armamento occidental y financiación árabe, al costo de 1 millón de muertos y de la ruina de Irak. Cuando quiso resarcirse de su deuda de guerra invadiendo a Kuwait para adueñarse de su petróleo, la consecuencia fue que su país fue bombardeado por los Estados Unidos y sometido a sanciones económicas por la ONU. El golpe de gracia solo vendría cuando, tras la voladura de las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, el presidente George W. Bush decidió culpar a Sadam. Irak fue invadido de nuevo, y Sadam apresado y ahorcado. Diez años después, la ocupación continúa, acompañada de una guerra civil. Irak sigue pagando la deuda.
 
IRÁN

El rostro
Por Catalina Gómez / Corresponsal en Irán de medios colombianos e internacionales
 
De visita en Jomeini, un pueblo perdido en las planicies desérticas y hostiles del centro de Irán, cuesta pensar que de aquí surgió el Gran Ayatolá que redefinió el mundo islámico y sus relaciones con Occidente. Su objetivo inicial de exportar la Revolución Islámica (de corte chiita), y luchar contra el imperialismo estadounidense y contra Israel creó una dinámica en la región, que se extiende hasta hoy. La aparición de este Imam austero de mirada de hielo fue el punto de partida de otros procesos que marcaron al Medio Oriente: el fundamentalismo islámico, la pelea cada vez mayor entre chiitas y sunitas, la consolidación del reino de Arabia Saudita como una potencia intocable, la resistencia a Israel y la cada vez más estrecha relación del Islam con la política.

De show en show
Por Catalina Gómez/ Corresponsal en Irán de medios colombianos e internacionales
 
Tal vez, y no en muchos años, solo unos pocos recordarán a este hombre menudo de ojos rasgados y barba desordenada, que en 2005 apareció en la escena política iraní para convertirse en presidente. Ahmadineyad ha ganado un espacio en los grandes medios del mundo, que reaccionan cada vez que abre la boca. Sus denuncias sobre los  abusos de las ‘potencias imperialistas’ y su polémica posición frente Israel siempre llenan titulares. Y así, de show en show, transformó la percepción que tenemos de Irán, hoy visto como un actor hostil y una amenaza para la humanidad. Para los iraníes, la reelección de Ahmadineyad en 2009 —cuando el régimen les ‘sacó las uñas’ a los ciudadanos para defenderlo— dejó una grieta visible. Una ruptura que seguirá teniendo consecuencias cuando Ahmadineyad haya desaparecido y nadie se acuerde de él.

REVOLUCIONES

El fin de la primavera
Por Eldad Beck / Cubrió las revoluciones árabes para el diario israelita Yedioth Ahronoth
 
La esperanza inspirada por la Primavera Árabe quedó en el olvido. El derrocamiento de las familias presidenciales-monárquicas en Túnez, Libia, Egipto y Yemen, así como la guerra civil contra los Assad en Siria, no democratizaron al Medio Oriente. De los 22 Estados de la Liga Árabe solo cinco se ‘contagiaron’ de la insurrección popular. Y en los países donde hubo elecciones el espíritu real de la revolución salta a la vista: la politización islámica de la región. No ganaron las fuerzas democráticas que dieron inicio a las protestas, tampoco los jóvenes. Los dueños del cambio son los islamistas. Los antiguos sistemas fascistas fueron conquistados por la religión. Una tal ‘Primavera Islámica’ no puede ser democrática porque en el Medio Oriente abundan los no-árabes y los no-musulmanes. Habrá paz cuando las minorías disfruten de sus derechos y los pueblos de la región se hagan responsables de sus actos.
 
GADAFI

Un rey sordo y ciego
Por Marc Roussel/ Cineasta. Coproductor del documental Le Serment de Tobrouk
 
En 1969 el coronel Muamar Gadafi llegó al poder tras un golpe de Estado. Libia había sido un territorio apacible, pero de repente era también un aliado de las revoluciones sociales del egipcio Gamal Abdel Nasser. Gadafi se alió con los soviéticos, se comprometió con los palestinos, impuso un sistema de salud gratuita y se granjeó una gran popularidad. Sus desviaciones aparecieron en los ochenta, cuando se radicalizó. En oposición a Occidente, prohibió que se enseñaran lenguas extranjeras en Libia y se casó con el terrorismo: le puso una bomba a un avión de Pan Am en Lockerbie, en 1988, y otra a uno de la UTA un año después. Gadafi, que había convertido al panarabismo en panafricanismo, se veía como el salvador de un continente cuya veneración compró con petrodólares. Con el tiempo se acercó a Occidente. Prometió abandonar el desarrollo de armas de destrucción masiva y combatir el terrorismo, y a cambio entabló relaciones con gobernantes europeos. Pero permaneció sordo y ciego ante las desgracias de su pueblo. Su dictadura había durado 42 años y hasta el final pensó que lo querían. Cuando en marzo de 2011 las revueltas árabes lo alcanzaron, no fue capaz de entender su trascendencia. Los rebeldes lo encontraron. Su rostro estupefacto e incrédulo dio la vuelta al mundo, antes de que sus conciudadanos lo lincharan hasta la muerte.
 
OSAMA BIN LADEN

El terrorista
Por Francisco Miranda / Editor consejero de SEMANA
 
En 30 años, Osama bin Laden pasó de ser un guerrero anticomunista a ser quien redefinió el terrorismo del siglo XXI. Nacido en el seno de una familia rica, este saudí comenzó como líder de una brigada islámica internacional en Afganistán, donde recibió ayuda de Estados Unidos para combatir a los soviéticos. Tras ese conflicto fundó Al Qaeda (‘La base’) con el objetivo de reinstaurar un califato similar al del profeta Mahoma en el siglo VII. Para erigir ese imperio entre el Norte de África y Asia, Bin Laden montó una red de empresas, fundaciones y campamentos para atacar Occidente. Transformó el terrorismo internacional a una franquicia globalizada sin territorio. Su golpe más fuerte fueron los atentados del 11 de septiembre de 2001, que lo convirtieron en el enemigo número uno de Estados Unidos y desataron una nueva guerra en Afganistán que aún no termina. Tras casi una década como el hombre más buscado del planeta y con su organización diezmada, murió de un disparo en el pecho y otro en la cabeza durante una redada del ejército estadounidense en Pakistán.
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