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| 8/25/2012 12:00:00 AM

"Siempre quise ser campeón"

En 90 minutos se puede pasar de la gloria al infierno. Esa es una de las lecciones que aprendió el deportista.

Yo hice parte de la generación que hizo historia con el balón. La de Carlos ‘El Pibe’ Valderrama, Freddy Rincón, Faustino Asprilla, Leonel Álvarez, Adolfo ‘El Tren’ Valencia y Andrés Escobar. La selección que jugaba de memoria, sabía cuándo acelerar y cuándo frenar.

Con ellos aprendí que Colombia podía perder con cualquiera pero también, ganarle a cualquiera. Goleamos 5-0 a Argentina en las eliminatorias al Mundial de Estados Unidos 1994. Fue increíble ver al estadio Monumental de pie, aplaudiéndonos, incluido Maradona. Éramos los favoritos. Hasta Pelé nos había proclamado como los próximos campeones y le creímos. El país estaba rendido a nuestros pies, los goles se repetían una y otra vez y las camisetas amarillas se veían por todos lados. Ganamos casi 30 partidos, pero al llegar al Mundial no pasamos de la primera ronda.

Perdimos contra Rumania y contra Estados Unidos. En 90 minutos el sueño de alzar la Copa se esfumó. Nos convertirnos en los peores enemigos del país y días después mataron a Escobar. La gente murmuraba: “Si Córdoba hubiera atajado el autogol no habría ocurrido semejante tragedia”. Muchos me señalaron como si yo hubiera halado el gatillo. Yo iba a los estadios y me gritaban que era un asesino. Tenía que andar escoltado. Entonces aprendí que los colombianos tenemos poca memoria, perdonamos y castigamos muy rápido. Un error, una mala decisión podía llevarme no solo a perder, sino también a ganarme el repudio de todo un pueblo. Ese juicio que recibía fuera de las canchas, cuando dejaba de ser jugador y me convertía en un hombre común y corriente, era lo que más me dolía.

En el terreno de juego probé la derrota y la ingratitud del público, pero también la gloria. Con Boca Juniors gané todo: tres torneos locales, dos Copas Libertadores y la Intercontinental. Con la tricolor obtuvimos la Copa América en 2001, pero quedé con la frustración de no haber ganado un Mundial. Confieso que jamás aprendí a perder. Perdí porque me tocó, pero me iba a la casa con mucha bronca. Cuando llegué al Perugia de Italia, un equipo al borde del descenso, y luego, al Besiktas de Turquía, donde me sentía como en un picadito de barrio, nunca entendí por qué mis compañeros jugaban simplemente por cumplir un contrato. No tenían sed de victoria. Yo, en cambio, durante mis 20 años de carrera siempre quise ser campeón de todo y estar en la titular.
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