25 agosto 2012

Enviar a un amigo

Email destino:

Nombre remitente:

Email remitente:

Sumas y restas

Por Alejandro Gaviria*

ECONOMÍALa economía de un país como Colombia es variable, dinámica. En estos treinta años ha tenido momentos brillantes y momentos oscuros. Un repaso a unos y otros.

Sumas y restas.

Foto: PATRICIA RINCÓN MAUTNER

En las últimas tres décadas la economía colombiana cambió de muchas maneras. Multiplicó por tres su producción total de bienes y servicios. Vivió la peor crisis de su historia. Se integró comercial y financieramente con el resto del mundo. Y cambió la oferta exportadora. En los años ochenta el café
representaba más de la mitad de nuestras exportaciones, actualmente representa menos de 5 por ciento. El petróleo y el carbón se convirtieron, mientas tanto, en nuestros principales productos de exportación.

Los cambios en el ingreso y el consumo también fueron notables. Entre 1982 y 2012 el ingreso por habitante aumentó 60 por ciento. El consumo de electricidad per cápita creció en un porcentaje similar. En la última década la clase media, definida como el porcentaje de hogares (de cuatro personas) con ingresos mensuales entre 2 millones y 8 millones de pesos, se duplicó. El consumo de algunos bienes durables creció de manera significativa, casi espectacular. En 1982 se vendieron 66.000 vehículos particulares en Colombia; en 2012, más de 300.000. Los trancones son una medida inexacta pero representativa de cierto tipo de progreso material.

Pero en términos relativos, cabe reconocerlo, el progreso fue casi nulo. En 1982 el producto por habitante de Colombia era apenas 20 por ciento del de Estados Unidos. En 2011, este porcentaje seguía siendo el mismo. Nada cambió en 30 años. La convergencia económica fue nula. En cuanto al desarrollo humano, esto es, una combinación de indicadores de ingresos monetarios, educación y salud, Colombia ocupaba una posición intermedia en 1982 y siguió ocupando un puesto similar en 2011: 83 entre 165 países. Éramos el epitome de la medianía. Y lo seguimos siendo.

Períodos

En los últimos 30 años el comportamiento de la economía colombiana pasó por varios periodos de auge y crisis. Al menos cuatro pueden identificarse. El primero va de 1982 a 1989, los años de la crisis de la deuda latinoamericana. En este período la economía colombiana tuvo un buen desempeño relativo y creció cuando la mayoría de los países de la región decrecieron agobiados por la deuda y los excesos de los años precedentes. "El país va mal, pero la economía va bien", decíamos entonces.

El segundo período corresponde a la primera mitad de los años noventa, época de reformas, de la apertura económica y del descubrimiento de los yacimientos petroleros de Cusiana y Cupiagua. En este período el crecimiento también fue notable en términos absolutos y relativos. Pero el entusiasmo excesivo (en aquellos años creímos, cabe recordarlo, que íbamos a ganar el Mundial de Fútbol) comenzó a gestar un exceso de consumo público y privado que condujo, algunos años después, a la peor crisis económica de nuestra historia.

El tercer período es el de la crisis, y va de 1997 a 2003. Durante estos años, el producto por habitante en dólares cayó 15 por ciento, el desempleo llegó a 20 por ciento y la pobreza aumentó sustancialmente. La crisis de confianza se vio agravada por los líos políticos y la aceleración del conflicto, lo que produjo un derrumbe de la inversión privada. En fin: el país iba mal y la economía peor.

El cuarto período es el de la recuperación. La mejoría en seguridad y las favorables condiciones externas (los mejores precios de las materias primas y los mayores flujos de inversión extranjera) permitieron el aumento de la inversión privada, la aceleración del crecimiento y la reducción de la pobreza. La prosperidad se convirtió en un sueño posible. "Llegó la hora de Colombia", anunció el presidente Santos. Pero, como suele ocurrir en los momentos de euforia, nos ha resultado difícil entender que la recuperación, más que un cambio de tendencia, es una variación del ciclo.

Hechos

Entre los muchos fenómenos económicos ocurridos durante los últimos 30 años, tres merecen una mención especial: el aumento del gasto público, la persistencia de la desigualdad y el auge minero-energético.

A partir de los años noventa el gasto público en Colombia creció rápidamente. El gasto social como porcentaje del PIB se duplicó en menos de una década. Este crecimiento permitió, entre otras cosas, un aumento significativo de las coberturas en educación y salud. Pero no ha traído consigo una mejoría notable en los principales indicadores sociales. La ineficiencia del Estado, asociada a la corrupción y la incapacidad administrativa, impidió que las promesas, probablemente exageradas, del Estado Social de Derecho se hicieran realidad.

Al mismo tiempo, la concentración del ingreso aumentó de manera notable durante el período en cuestión. El coeficiente Gini, el indicador estándar de la concentración, fluctuó alrededor de 0,50 en los años ochenta, subió 0,57 en los noventa y se mantuvo allí desde entonces. En muchos países de América Latina la desigualdad disminuyó recientemente, pero en Colombia no. Esta persistencia tiene dos explicaciones principales: el lento progreso educativo y, sobre todo, la informalidad laboral. Una de las tendencias más preocupantes de la economía colombiana durante los últimos años ha sido su incapacidad de generar nuevos empleos formales para los trabajadores sin educación superior. Mientras tanto, muchas ocupaciones han llenado el vacío: 'mototaxismo', venta de minutos o de chance, etcétera. La brecha de ingresos entre los trabajadores informales y los formales explica en buena medida la persistencia de la desigualdad.

Finalmente, la economía colombiana experimentó una importante transformación productiva. La agricultura lleva muchos años estancada. La industria ha perdido participación. Los servicios y el comercio han crecido más que proporcionalmente. Pero la minería y el petróleo han ganado más terreno que cualquier otra actividad. Muchos temen que esta transformación traerá consigo no solo grandes desafíos económicos, sino también ingentes problemas políticos. El petróleo, sobra decirlo, es casi un sinónimo de inestabilidad. Los países, dicen algunos, terminan siendo lo que exportan. Y Colombia, querámoslo o no, se está convirtiendo en un país petrolero.
  
* Columnista. Decano de Economía de la Universidad de Los Andes.

Horóscopo
Semana en Facebook
Publicidad