Sábado, 30 de agosto de 2014

| 2014/07/13 00:00

Calificación de profesores o evaluación de maestros

German Pilonieta, miembro de la Academia Colombiana de Pedagogía y Educación, analiza un tema espinoso: la evaluación docente.

Como experto en evaluación voy a atreverme a hacer algunos comentarios sobre el punto complicado entre los administradores que a toda costa quieren evaluar y quienes hacen la tarea de todos los días.

Digo experto porque he dedicado muchos años de mi trabajo profesional a este punto tan álgido para todos. Desde el día en que empecé a pensar en eso, surgieron muchísimos problemas, no solo conceptuales, sino operacionales. Para iniciar la comprensión de semejante tarea fue necesario acudir a todo lo que en ese momento había sobre el tema. La historia del arte, así se llama esa dispendiosa labor.

En ese periplo académico fueron apareciendo verdaderas joyas de trabajos científicos y verdaderas tonterías. Dado lo reducido del espacio para tratar semejante problema, voy a limitarme a compartir los puntos clave, pero usted puede consultar el estudio completo en : Pilonieta, Germán. Evaluación de competencias profesionales básicas del docente. Ed Magisterio. Bogotá. 2006.

La visión inicia con la historia de la formación de maestros y después con la de los profesores. Es preciso establecer esta diferencia. El modelo más generalizado en la formación de ‘maestros’ fue el de la observar, imitar y acompañar a los maestros con gran experiencia y dedicación. Quien lideraba este grupo era el que daba las pautas de qué y cómo hacerlo. Así de simple.

Platón fue el maestro de Sócrates, y Aristóteles fue el propio de Platón y así sucesivamente. También hubo otros maestros a su vez de otros más avezados y sabios: el retórico Quintiliano con sus primeros métodos de instrucción, Erasmo de Rotterdam en el siglo XVI, con sus tratados sobre el particular; Comenio, en el siglo XVII, con su didáctica Magna, en la que recomienda un método para que el alumno aprenda mejor y más.

En la edad media se instauró un método en la formación de maestros y la titulación. A partir de siglo XVII, las Escuelas normales tienen su preponderancia en Francia para la formación de maestros y permitieron el incremento de la educación pública.

Luego en Prusia, Federico Guillermo Primero publica el 1734 su “Principia Regulativa” sobre cómo entrenar a los maestros y lo indispensable de la educación. Con su hijo, Federico el Grande, se establecieron las instituciones pedagógicas y la carrera docente en la Universidad. En 1779 en Halle (Alemania) se reglamentó la cátedra de pedagogía que se extendió por toda Europa.

Desde 1807 muchos jóvenes fueron enviados con el fin de ser preparados para desarrollar las escuelas normales en toda Prusia. En América las cosas fueron semejantes solo hasta 1834 cuando legalizaron y en 1939 se creó la primera escuela normal en Lexintong (Estados Unidos). Desde 1884 a 1940 se extendió en toda América el fenómeno de las normales, se legalizó y muchas se convirtieron en facultades de educación y así empezó el proceso de la multidisciplinariedad , lo que contribuyó a la disminución considerable en la matrícula en docencia, fenómeno que perduro hasta 1975.

A partir de ese momento hasta el presente, las facultades de educación han estado en permanente crisis: de revisión en revisión y con muchas deficiencias que han demostrado sus efectos en el tipo de educación que se ha tenido y se tiene.

A esto se le suma el tipo de sistema que se conserva a toda costa, aunque sea uno fracasado. Por tal razón, el intento de hacer que los docentes sean doctores no funciona, ni siquiera becándolos, pues cuando lo sean y regresen a sus viejas aulas, no solo seguirán haciendo lo mismo que hacían antes, sino que no habrá satisfacción ni posibilidades de transformar nada, pues el sistema, los administradores, los rectores y la legislación sustentada en una caduca ley de educación, les impedirá hacerlo. Hay un estudio muy interesante al respecto que confirma esto que estoy escribiendo.

Este panorama histórico que he esbozado marcó el nacimiento de al menos cinco movimientos en la formación de maestros e innumerables estudios de cómo evaluar su quehacer. Desde 1903 hasta 1985 fueron recogidos y analizados y esto dio como resultado final el planteamiento de un modelo sobre el cual se diseñó un instrumento de evaluación de las competencias básicas de tipo profesional en un profesor. No de un maestro, ese es otro recorrido igual de largo y dispendioso, pues son muy diferentes sus quehaceres, sus niveles de compromiso y responsabilidad.

Los nuevos lineamientos para las licenciaturas, que buscaron reforzar un sistema caduco, parecen no tener rumbo, ni intenciones claras: están fuera de contexto y definitivamente no darán ni calidad, ni pertinencia a los nuevos procesos de formación de los niños y los jóvenes de milenio.

No se trata de si es presencial, virtual o a distancia. El problema es que los nuevos estudiantes no necesitan profesores, lo que necesitan son maestros formadores y de eso no se habla en lo oficial, ni en las universidades, que es a donde van a mandar a los profesores a hacerse más profesores. Por último, si se quiere una verdadera evaluación y no una calificación de maestros, a quienes hay que evaluar es a los estudiantes, allí se vera el fruto de su acción.


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