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| 8/27/2015 7:00:00 AM

De la pobreza absoluta a Harvard

No existen límites para quien quiere estudiar. Dos historias de determinación que llevaron a sus protagonistas a una de las más prestigiosas universidades del mundo.

Todavía hay esperanzas para quienes no nacieron en cuna de oro. Así lo demuestra la historia de Juan Pablo Padilla, un joven latinoamericano que nació en Huamantla, México, en una familia humilde. Es el menor de cinco hermanos y hace parte del 25 por ciento de los estudiantes en su país que logran obtener un título universitario.

Sus complicadas condiciones económicas no le impidieron soñar por lo alto ni alcanzar las metas que se trazó. Ahora  estudia un posdoctorado en óptica aplicada a biomedicina, en la  sede de la Escuela de Medicina de Harvard, Estados Unidos. Hasta allá llegó tras recorrer un camino que empezó con la venta de tamales.

Su padre, que era profesor de la escuela del pueblo, perdió la vida en un accidente de tránsito cuando Padilla tenía apenas un año y medio. Al quedar viuda, su madre decidió dedicarse a vender tamales. Actividad que replicaron sus hijos y que les suplió las necesidades básicas y terminó por pagarles sus estudios.

Padilla se propuso salir del pueblo y estudiar medicina en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Sin embargo, el día que debía presentar su examen de admisión llegó tarde. Como no pudo contestar todas las preguntas, el puntaje solo le alcanzó para ingresar a física.

Si bien encontró pasión en esta carrera nunca perdió de vista la medicina. Por eso, estudió una maestría en el Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica. Después realizó un doctorado que le permitió explorar el campo de la biomédica.

La pasión por la medicina nunca lo dejó. Así llegó a Harvard, tras buscar la manera de incorporar esta disciplina a su carrera. El trabajo de Padilla ha estado dedicado a la investigación médica y a servir a la gente. En 2010 fue galardonado por la Sociedad Internacional de Óptica (SPIE por sus siglas en inglés), por su trabajo en la divulgación científica.

La psicóloga del Bronx

Liz Murray nació en el estado de Nueva York, en el Bronx. Es hija de padres adictos a la cocaína y la menor de dos hermanas. Nunca se sentó a compartir la comida en familia. El recuerdo más cercano que tiene de una cena son cubos de hielo para calmar la sed y crema dental para el hambre.

Mientras fue creciendo aprendió a saltar obstáculos. En su adolescencia debió cuidar a su madre que falleció cuando Murray tenía apenas 16 años. Su padre, que seguía siendo adicto, no pudo continuar sosteniéndolas y las abandonó. Fue así como la joven tuvo que aprender a sobrevivir.

Vivió por más de dos años en las calles. A los 17 volvió a la escuela para terminar su secundaria. Entonces, sus aspiraciones empezaron a ser más altas. Se fijó la meta de entrar a Harvard. Con una de las becas que otorga el diario estadounidense New York Times a personas de bajos recursos, Liz Murray entró a la universidad top de Boston. El formulario de inscripción fue su carta de presentación.

“He nacido en Bronx, concretamente en el año 1981. Toda mi vida la he dedicado a cuidar a mis padres y hermanos por lo que no he tenido muy buena enseñanza, pero he conseguido sacarme el instituto en tan solo dos años. Me gustaría estudiar en esta universidad porque así me podré sacar una carrera y tener un trabajo digno", escribió Murray cuando aplicó.

Ahora le quedaba el reto de sostenerse en una de las universidades más prestigiosas del mundo. Consiguió apoyo de algunas ONG que ayudan a jóvenes sin techo. Además, algunos de sus profesores le ayudaron con patrocinios para cubrir otros gastos de su carrera de psicología.

En 2009 la joven recibió su diploma de profesional. Hoy se dedica a dar conferencias por todo el mundo a jóvenes y ejecutivos sobre motivación personal y el poder de la convicción. En pocas palabras: ninguna dificultad es lo suficientemente grande para frenar a una persona.
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