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| 6/22/2014 8:00:00 PM

Educar en el país de la pluralidad

La Fundación Saldarriaga Concha ha asesorado proyectos en escuelas para una educación inclusiva más allá de la discapacidad en diferentes regiones del país. Conozca su experiencia.

En Colombia, el 10 por ciento de la población es de raza afro y el tres por ciento pertenece a la etnia indígena. En el país cerca del 10 por ciento de la población ha sido desplazada de sus tierras por la violencia u otros factores; seis de cada 100 colombianos viven con algún tipo de discapacidad cognitiva o física; el 70 por ciento son pobres, y se estima que el 10 por ciento de la población colombiana pertenece a una minoría sexual.

En el país convive una multitud de razas, idiomas, culturas, religiones, clases sociales y otras. Todas, sin excepción, tienen los mismos derechos, incluido el derecho a una educación. Y es que así como se configura el país, se conforman los salones de clases en colegios y universidades.

Cabe preguntarse, ¿la escuela está preparada para educar a cada uno de estos ciudadanos provenientes de culturas y contextos tan diferentes? Y, ¿se puede enseñar lo mismo y de la misma manera a todos los estudiantes?

Desde hace más de 40 años, la Fundación Saldarriaga Concha ha soñado con transformar a Colombia en una sociedad en la que haya lugar para todos. En su camino encontró que la educación era uno de los vehículos ideales para esta transformación.

A través de asesorías y trabajo con colegios y escuelas, esta organización ha abogado por una educación inclusiva, un término que por lo general se asocia a discapacidad, pero que abarca factores tan variables como estilos de aprendizaje, condición social, calidad, limitaciones cognitivas, pertinencia, entre otras.

“La educación inclusiva debe ser una educación de calidad para todos”, dice Diana Patricia Martínez Gallego, líder de acceso al conocimiento de la Fundación Saldarriaga Concha. “Una educación de calidad respeta y reconoce la diferencia, entiende que todos los niños y jóvenes son distintos, aprenden de maneras distintas, son diferentes a nivel familiar, de desarrollo, de potencial, todo. Es importante generar mecanismos y estrategias para llevar esto a la práctica".

Para transformar la educación en este sentido hay que salir del aula y del tiempo de la jornada escolar. No solo los docentes, rectores y estudiantes juegan un papel importante en la educación inclusiva. También hay que vincular en este proceso a las familias y a la comunidad, y usar el tiempo fuera de clases para facilitar escenarios de formación integral tanto académica como en competencias ciudadanas.

Uno de los exitosos proyectos que asesora la fundación está en La Vega Cundinamarca. Se trata de la Institución Educativa Luis Alfonso Valbuena, a cargo de la rectora Luz Karime Gaitán. Esta institución ha vivido un proceso de inclusión desde la sensibilización de la comunidad, capacitación docente y directiva, construcción de un currículo flexible y adaptado al contexto y necesidades inmediatas.

“Como nuestra población es 95% rural, históricamente ha sido marginada, más aún en materia de educación. Con las políticas de inclusión se reconoce su papel esencial en la vida nacional, pero permanecen las barreras que aún no los privilegian y escatiman para su implementación tanto en recursos económicos, como de infraestructura y humanos”, dice la rectora Gaitán.

Aunque la política de inclusión educativa está incluida en un macroobjetivo del Plan Decenal de Educación 2006-2016, para muchos se ha quedado en letra muerta. Bien sea por la falta de iniciativas de los líderes de las instituciones, por la falta de recursos o, incluso, por la falta de conocimiento y capacidades de los profesores.

El desafío que han asumido múltiples instituciones educativas consiste en adaptar la enseñanza para hacerla pertinente para cada uno de los estudiantes y miembros de la comunidad educativa.
Es así como cobra relevancia la teoría del académico David Rose, promotor del Diseño Universal para el Aprendizaje, que a grandes rasgos usa tres estrategias para asegurar que todos los alumnos puedan acceder a los conocimientos del currículo sin importar sus características particulares: múltiples formas de presentar la información, múltiples representaciones de esa información y múltiples maneras de generar contenidos.

Esto permite que los distintos tipos de aprendices (visuales, auditivos y táctiles) encuentren en material que les permita avanzar en sus conocimientos, lo cual funciona tanto para personas con determinadas discapacidades físicas o cognitivas, como para niños que por sus condiciones no están acostumbrados a aprender tomando notas de la pizarra.

Por ejemplo, en lugar de dibujar la célula y sus componentes en el tablero y aprenderlos de memoria, un docente que siga estos principios incluirá videos, construcción de modelos, fotografías, y actividades en el laboratorio. Se trata de que los maestros encuentren su autonomía y asimismo estrategias que respeten las características individuales de los niños.

En 2011, la Fundación Saldarriaga Concha, en un convenio con la Gobernación de Cundinamarca, le ofreció un diplomado basado en estas teorías a los docentes y orientadores de la Institución Educativa Santa Teresita de Quetame, ubicada en Quetame, Cundinamarca, y que cuenta con 400 estudiantes en 16 sedes rurales. La población que allí estudia está compuesta mayormente por niños de familias desplazadas por la construcción de la doble calzada. También hay estudiantes con discapcidad y condiciones socioeconómicas marginales.

A partir de esa capacitación, los líderes de la escuela, en cabeza de Mauricio Sánchez, montaron el proyecto Educación para todas, todos, con todos y cada uno. “Primero capacitamos a los normalistas con las habilidades que habíamos adquirido, luego caracterizamos los estilos y ritmos de aprendizajes que había entre nuestros estudiantes, y por último empezamos un proceso en el que los docentes debían ajustar sus clases a los principios del Diseño Universal del Aprendizaje”.

Esta estrategia tiene un impacto visible y directo sobre un factor al que docentes y padres de familia se enfrentan constantemente en la educación de los niños y jóvenes: la desmotivación. Según Sánchez, los alumnos han respondido extraordinariamente al cambio de prácticas: proponen más, quieren aprender y lo hacen mejor, y obtienen mejores resultados académicos.

Por último está el componente de convivencia. En Santa Teresita de Quetame los talleres de formación ciudadana en tolerancia, valores y respeto, tienen lugar en la jornada extendida, donde no solo se forma a los alumnos sino también a sus padres. De igual forma, las tardes se convierten en un espacio para refuerzo escolar de quienes lo necesitan.

“Yo le digo a los maestros: no prepare la clase para los alumnos que siempre entienden. Hágalo para aquellos que menos comprenden”, afirma Jacob Rodríguez, rector de la Institución Educativa Fe y Alegría en Aguablanca, Valle, que también recibe capacitación y acompañamiento por parte de la Fundación Saldarriaga Concha en una alianza estratégica con la Fundación Carvajal.

“El tema de la flexibilización del currículo nos demanda un cambio de paradigma y pensar que la escuela no solo es el aula. Los niños aprenden en la interacción con sus papás y con la comunidad que los rodea. Eso es lo que tratamos de hacer, aprendizaje situado”, añade Rodríguez.

Que los maestros adapten su cátedra es también un reto. Y aunque algunos lo ven al principio como una carga, como más trabajo, los principios fomentan su autonomía y les permite más libertades. Eso, sumado al cambio de actitud de los estudiantes, los motiva y hace de ellos mejores docentes y educadores sensibles dispuestos a educar para la diversidad.

La escritora Barbara Gross Davis, formadora de formadores y reconocida por ser una autoridad en temas de educación inclusiva dice: “no hay soluciones universales ni reglas específicas para responder a la diversidad étnica, de género y cultural en el salón de clases. Quizá el principio preponderante es ser considerado y sensible”.
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