Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2015/08/18 14:00

Educar para la paz

Un proceso con padres de familia, estudiantes y profesores está construyendo estrategias para superar el conflicto.

La mayoría de jóvenes de municipios ubicados en zonas de conflicto en el Cauca, viven en contextos de violencia intrafamiliar. Foto: Cortesía/ARD

“A mí una vez me pegaron un poco de niñitas, después las cogí a una por una y uhm”. “Cuando mis papás pelean tan feo, yo llamo a la policía. Pero esos son unos miedosos y como no les gusta meterse en peleas…”. Estas frases resultaron de una investigación adelantada con 11 mil estudiantes de municipios ubicados en zonas de conflicto armado: Pradera y Florida, en Valle del Cauca, y Caloto, Corinto, Miranda, Santander de Quilichao y Toribio, en Cauca.

Encuestas y grupos focales revelaron que la mayoría de los jóvenes viven en contextos violentos en los que predominan las riñas entre vecinos y familiares. Este estudio hace parte de “Habilidades para la vida, la paz y la reconciliación”, una de las acciones del programa de gobierno Colombia Responde.

En mayo de 2014 arrancó la etapa de caracterización de los jóvenes, en la que se evidenciaron dos situaciones preocupantes: el 30 por ciento de quienes han tenido relaciones sexuales lo hicieron sin consentimiento, y el 20 por ciento  no sabía si había sido una relación sexual consentida. Para Víctor Hugo Viveros, coordinador, “este es un dato que asusta, porque un quinto de ellos no tiene claro o no desea develar el escenario en que se dio. Esto puede ser un indicador de que en su entorno familiar o social el abuso sea algo tan recurrente que no sabe si fue con autorización o no”.

También identificaron el consumo de sustancias psicoactivas, participación en grupos ilegales y embarazos en la adolescencia. ¿Cómo empezar a construir una cultura de paz en una zona históricamente en conflicto? Esa era la tarea del proyecto. 

La receta

Se crearon escuelas de formación ciudadana y derechos humanos en las que se trabajaron tres conceptos clave: decisión, responsabilidad y proyecto de vida. Todo esto tiene que ver, según Viveros, con la comprensión del cuerpo como un territorio con límites.

“Cómo me dejo tratar, cómo uso mi tiempo libre, cómo accedo a una relación sexual, cómo el consumo de drogas puede afectar el futuro y cómo afecta los derechos de otros. ¿Ingreso a un grupo ilegal? Empezaron a soñar qué querían ser y eso permite que uno se programe con el futuro”, explica Viveros.

En las primeras sesiones los alumnos estuvieron dispersos y algunos fueron agresivos verbalmente. Después se volvieron más receptivos. ¿La estrategia? Escucharlos y fomentar el trabajo en equipo para generar confianza y conocimiento sobre lo que les pasa a otros compañeros.

“El trato con el otro cambia, empezaron a ser empáticos. Al final ganaron comunicación asertiva, escucha, discurso, capacidad argumentativa, rendimiento académico y fortalecen prácticas de convivencia y resolución de conflictos”, recuerda el coordinador del proyecto.

Leonela, de 16 años, experimentó transformaciones sociales y familiares. “Siempre buscaba las formas agresivas. Un día me puse a pelear con una niñita a los golpes, pero entré en razón, le pedí disculpas a la niña y ahí mis compañeras y yo empezamos a cambiar todas juntas. Con mi madrastra también tenía conflictos. Mi mamá falleció y ella ocupó ese lugar. Mi papá vivía muy triste porque yo le peleaba a ella. Ahora sé que nos quiere ayudar porque hablo más con ella. Cuando voy a alegar, salgo y al rato vuelvo y me contento”.

Leonela también descubrió que quería ser psicóloga y ayudarles a las personas a transformar sus mentalidades, como le pasó a ella. “Quiero ser una persona paciente, dialogar con las personas”.
 
¿Y los profes?

Los docentes tuvieron un proceso paralelo al de sus alumnos. Aprendieron que el manual de convivencia debía respetar la diversidad y garantizar los derechos, y generaron proyectos pedagógicos para incorporarlos a sus instituciones.

“La primera sesión fue muy confrontadora porque ven la diferencia como una amenaza. Les pasamos imágenes homosexuales, de niñas en embarazo con el uniforme, todo lo que genera ruido en un colegio y saltaron todos los prejuicios y estereotipos”. En las sesiones siguientes los profesores entendieron que un manual de convivencia no tiene que estar centrado en la sanción, sino estimular la convivencia.

Sobre el trabajo con los estudiantes, la coordinadora de una de las instituciones, Adriana María Campo, dice que los jóvenes dejaron conductas como la agresión física y verbal. “El proyecto tuvo una metodología que genera cambios rápidamente y nosotros queremos adoptarla porque los niños son más disciplinados y rinden académicamente, se les ve motivados”.

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