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| 12/19/2016 7:00:00 AM

El legado del maestro Jaime Niño Díez

En días recientes murió uno de los exministros que más sabían de educación y que, fiel al postulado de Freire, comprendía que a toda propuesta pedagógica subyace una política y social. Su vida y su obra fueron testimonio de ello.

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Semana Educación

Conocí a Jaime Niño en 1986, siendo maestro de Jaime Andrés, su hijo mayor. Desde aquel momento entablé una amistad que se extendería por tres décadas y que se fortalecería cuando trabajamos en el Programa Todos a aprender (PTA) y cuando desde el año 2011 impulsamos en Colombia, en compañía de otros educadores y amigos, el Movimiento Pedagógico y Social por una Educación de Calidad. A este le imprimió juventud, vitalidad y reflexión política y pedagógica. El Movimiento hizo propia su tesis: ¡Si es necesario, tiene que ser posible!

Jaime es de los pocos exministros que conocían a fondo el sector. Por eso, hizo toda su carrera ligada a la educación. Influido por Paulo Freire, comprendió, desde muy temprano, que detrás de toda propuesta pedagógica también yace una propuesta política y social, tal como lo dijo en Hamburgo, al rendir homenaje póstumo al maestro de la pedagogía del oprimido, en el marco de la V Conferencia Mundial de Educación de Adultos. Fiel a sus principios, su vida transcurrió entre la educación y la política: Fue representante a la Cámara, senador, rector, director del ICETEX, del ICFES, viceministro, ministro y, ante todo, maestro y luchador social.

Su primera tarea en educación fue la dirección de la campaña nacional de alfabetización Simón Bolívar. Como heredero del pensamiento de Freire, era consciente de la enorme deuda social y ética que como sociedad teníamos con la población analfabeta. Sabía que ellos estaban en enorme debilidad para ejercer sus derechos políticos y que, como adultos, quedarían condenados a la marginalidad, la pobreza y el hambre. A Jaime le parecía inconcebible vivir en un país con una tasa de analfabetismo del 20 % y con regiones en las cuales el 40 % de los adultos no podían leer los nombres de las calles, ni las rutas de los buses; ni si quiera escribir su propio nombre para reforzar su auto concepto.

Desde joven, era claro que su trabajo político y pedagógico se entrecruzarían, de manera que su tarea sería esencialmente la de un luchador social, como lo demostró cuando invitó a que lo acompañara como viceministro a quien había liderado FECODE y el Movimiento Pedagógico colombiano: el maestro Abel Rodríguez. También esto fue evidente cuando reunió a la sociedad civil a construir el primer Plan Decenal, cuando puso en diálogo 6.000 Proyectos Educativos Institucionales en el primer gran foro educativo nacional, cuando luchó y logró mejorar las condiciones laborales de los docentes, cuando transformó sus sistemas de formación. O más recientemente, cuando lideró el diálogo de saberes de las 4.000 instituciones vinculadas al PTA, fortaleció el Movimiento Pedagógico y Social por una Educación de Calidad. O cuando se puso la camiseta de la paz, con la cual moriría. Sin duda, la derrota en el plebiscito del 2 de octubre aceleró su muerte. Lo dolía vivir en un país en el que la mitad de los votantes habían rechazado los acuerdos de paz con las FARC.

El eje de su ministerio fue implementar la Ley General de Educación de 1994, la cual consagra la autonomía y la consolidación de las comunidades educativas, tareas que al mismo tiempo son pedagógicas, sociales y políticas. Fue también el pionero de la descentralización educativa, entregando a departamentos y municipios recursos y la administración del sector. Hasta los últimos días, consideró que el país no avanzará si no convertimos las Secretarías en verdaderas Unidades Académico-Pedagógicas que acompañen a las instituciones educativas. Y tenía toda la razón: no mejoraremos la calidad educativa si las Secretarías siguen convertidas en órganos de vigilancia e inspección de los colegios, si seguimos tratando a los docentes como menores de edad y si no empoderamos a directores y maestros para que construyan democracia, ciudadanía y paz, desde las aulas de clase.

Sin embargo, sabía que en Colombia carecíamos de política pública educativa y por ello vio con tristeza que los gobiernos de Pastrana y de Uribe no continuaron la senda de la participación, la autonomía y el empoderamiento de las instituciones educativas, para darle paso, en cambio, a un énfasis administrativo en las políticas educativas, menos esencial en educación, el cual, a la postre, terminaría por desmontar el espíritu y la naturaleza de la Ley General de Educación.

Acompañó al primer gobierno de Santos y a la exministra María Fernanda Campo, cuando ella tomó la decisión de concentrar su trabajo en la población rural más desprotegida y en las escuelas oficiales rurales que alcanzaban los peores resultados en las pruebas SABER. Por ello, se convirtió en formador de formadores del PTA. Sabía que el país era insostenible si no superaba los niveles de inequidad. Y también que esto sólo será posible si elevamos la calidad de la educación rural y si, al hacerlo, aumentamos la movilidad social.

Jaime consideraba el PTA el programa educativo más importante que se había establecido en Colombia en los últimos 50 años, como se lo dijo al presidente –y ante 20.000 testigos que lo escuchamos y aplaudimos– en Corferias en octubre del 2013. Como buen docente y sociólogo, sabía que al maestro no hay que sacarlo de su contexto para llevarlo a hacer maestrías, sino que hay que llevar a las instituciones educativas a otros docentes, equipos de calidad de las Secretarías y de las universidades, con el fin de acompañar y potenciar sus procesos pedagógicos. También en esto era claro cómo se mezclaba su ideario filosófico, político y pedagógico. Pero una vez más vería como este programa se marchitaría durante el segundo periodo de Santos, para dar paso a programas de apoyo no a los más pobres y marginados, sino a los más “pilos”, verificando, una vez más, el destino trágico del país: políticas educativas de gobierno y no de Estado.

Como liberal profundo, respetó la divergencia de ideas, el pensamiento independiente, la autonomía, la participación y la libertad. Como hombre íntegro, también plasmó ese ideario en la relación con su familia, los docentes y sus amigos. Por lo mismo, su sueño, como él mismo lo decía, era el de llenar el país de “escuelas alegres capaces de superar las concepciones empobrecedoras que nos segmentan por origen social y que sean garantía de igualdad, progreso y armonía entre los colombianos”.

El exministro Jaime Niño murió con los tenis puestos. Así le pidió a su esposa Lucía que lo enterrara, ya que quería seguir caminando. Nosotros caminaremos con él. Por eso, nuestro homenaje a su memoria será continuar su legado por una educación de calidad que ayude a disminuir las inequidades. Si lo logramos, sentaremos con él las bases para una paz estable y duradera.

*Director del Instituto Alberto Merani es consultor de Naciones Unidas en educación para Colombia. @juliandezubiria

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