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| 9/20/2017 8:08:00 PM

Más colombiana que nunca

Al cumplir sus 150 años, la Universidad Nacional, como el primer día, sigue siendo el gran estandarte de la educación pública incluyente, libre y comprometida con el progreso del país.

Desde los albores de la República, muchos de sus gobernantes se han preocupado por que el Estado ofrezca a los habitantes una educación universal, incluyente; crear ciudadanía en un entorno de progreso y modernidad. Y la Universidad Nacional ha sido fundamental en esos propósitos.

El general Francisco de Paula Santander, como vicepresidente de la Gran Colombia, dio el primer paso hacia esa meta al organizar no solo una red completa de escuelas y colegios, sino la Universidad Central de la República (con sedes en Bogotá, Caracas y Quito), que si bien desapareció en 1850, es considerada la génesis de la Universidad Nacional. Para Santander y muchos otros líderes e intelectuales la educación debía ser pública y laica, al contrario de quienes defendieron e impusieron en otros periodos que la Iglesia católica se hiciera cargo del sistema educativo.

Como hija de destacados liberales del Olimpo Radical, el 22 de septiembre de 1867 el Congreso de la República creó la Universidad Nacional de los Estados Unidos de Colombia, que empezó a funcionar al año siguiente bajo la rectoría de Manuel Ancízar. En cierta medida, recogió los ideales y la historia de la Universidad Central.

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En sus inicios, la Nacional tenía seis escuelas: Artes y Oficios, Derecho, Medicina, Literatura y Filosofía, Ciencias Naturales e Ingeniería. También le anexaron el Observatorio Astronómico, el Museo Nacional, el Laboratorio Químico Nacional, la Biblioteca Nacional, el Hospital de la Caridad y el Militar.

Desde un principio, la Universidad quedó inmersa en el debate, que se repetiría varias veces en sus 150 años de historia, sobre si allí debía o no existir una libertad de cátedra; si debía ser autónoma de los gobiernos de turno y cuál papel debía cumplir frente al Estado y el país. Lo cierto es que desde su fundación la UN ha sido abanderada de la educación pública nacional, policlasista y de alta calidad. De hecho, desde un principio cada estado podía enviar hasta ocho estudiantes a Bogotá para que estudiaran de forma gratuita. El profesor suizo Ernst Röthlisberger, quien llegó en 1882, relata en sus memorias que “también en cuanto al color de la tez había una gran variedad dentro del alumnado. Los más diferentes matices se ofrecían a mi vista, desde el blanco rosado de los tiernos jovencitos de Bogotá hasta el negro más intenso”.

Tras la caída de los liberales y la subida de los conservadores y la Regeneración, la Nacional también tuvo un impacto, pues el gobierno limitó la libertad de cátedra, la autonomía y trató de ejercer su control junto con la Iglesia. De hecho, los profesores e intelectuales más liberales tuvieron que dejarla para fundar la Universidad Externado. Sin embargo, quienes se quedaron, unidos a los estudiantes, nunca dejaron de defender los ideales que marcaron su historia: nacional, moderna, actual y evolutiva, experimental y unificadora, tal como lo proclamó el líder liberal Rafael Uribe Uribe.

Pese a estos y otros conflictos ideológicos, entre 1903 y 1940 surgieron en la Universidad más de 20 carreras, como Arquitectura, Enfermería, Farmacia, Ingeniería Química, Medicina Veterinaria, Odontología y Química.

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Solo desde el gobierno de Alfonso López Pumarejo (1934-1938), tras el fin de la hegemonía conservadora, la Universidad Nacional logró consolidarse como una institución por encima de las políticas partidistas. En 1935, mediante la Ley 68, se convirtió en un organismo autónomo con personería jurídica e independencia. Para agrupar las Facultades dispersas en el centro, diseñó y empezó a construir, en tierras que entonces quedaban a las afueras de Bogotá, el campus de la Ciudad Universitaria, conocida como la Ciudad Blanca.

El arquitecto Leopoldo Rother diseñó, por primera vez en el país, un campus con amplias zonas verdes y de esparcimiento, enlazadas por senderos peatonales y dos vías perimetrales. Geometrías simples, carentes de aditamentos superfluos, que ofrecían un conjunto de vanguardia.

Luego de este momento, de fundamental importancia, el rector José Félix Patiño adelantaría la siguiente gran reforma en 1965. La UN adquirió una estructura moderna con facultades y departamentos que atendían a las áreas de conocimiento; mejoró y profesionalizó la planta docente; creó un plan de estudios generales para todos y un sistema de bienestar universitario para miles de estudiantes. Además, emprendió la construcción de múltiples edificios que integraron la vida universitaria con la cultura, como el Auditorio León de Greiff y el Museo de Arte.

Esta reforma, que creó un ordenamiento que en cierta medida se mantiene hasta hoy, ha sido tan importante como la instauración de una estructura de sedes. En 1936 se incorporó la Escuela Nacional de Minas en Antioquia y dos años más tarde la Escuela de Agricultura Tropical de Medellín. Con esto comenzó oficialmente a operar la sede Medellín de la Universidad. Por su parte, los antecedentes de la sede Manizales se remontan a 1946, cuando el rector Gerardo Molina promovió su creación. La sede Palmira se originó con la incorporación a la Universidad Nacional de la Escuela Superior de Agricultura Tropical en 1964.

Después, desde 1997 bajo la rectoría de Guillermo Páramo, el conjunto de sedes se completó con las nuevas de frontera: San Andrés, Leticia, Arauca y Tumaco. En esta presencia nacional, la Universidad ha consolidado el espíritu pluralista, pluriclasista y laico con el que soñaron sus fundadores en el siglo XIX.

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La Universidad tiene en sus sedes una infraestructura de gran riqueza arquitectónica, urbanística y ambiental, en la que se destaca el aspecto histórico y moderno de sus edificaciones. Diecisiete de ellas son monumentos nacionales y representan la arquitectura colombiana de los últimos 80 años. En la sede de Medellín sobresale un edificio diseñado por el ingeniero Pedro Nel Gómez, en la que hoy funciona la Facultad de Minas. En la sede de Manizales está la antigua Estación del Cable Aéreo a Mariquita, donde hoy funciona la Facultad de Arquitectura. Y en la sede de Palmira está el edificio de la Facultad de Agronomía, diseñado por Leopoldo Rother.

Las rectorías de los profesores Antanas Mockus, Guillermo Páramo, Marco Palacios y Moisés Wasserman llevaron a cabo importantes reformas académicas que le imprimen a la actual Universidad Nacional un carácter moderno y flexible.

Con los ajustes y reformas hechas en 1963, 1980 y 1993, “la Universidad ha logrado estar ligada de manera muy estrecha, y con las limitaciones que siempre se le han impuesto, al acceso de los estratos inferiores a la educación superior, a las actividades de recepción, transformación y creación en los órdenes científico, tecnológico y artístico; al estudio de los problemas de la comunidad nacional y a la reflexión crítica sobre sus más sentidas urgencias”, dice un texto de la misma Nacional.

Los primeros programas de maestría nacieron entre 1967 y 1973, lo que le dio un impulso a la investigación, determinante para crear nuevo conocimiento en los campos del saber. Además, dichos programas terminaron de validar esta actividad como un eje misional de la UN, lo que permitió desarrollar invenciones que han sabido dar respuesta a las necesidades de la sociedad. Hoy, siglo y medio después de fundada, tiene 53.582 estudiantes de pregrado y posgrado, 95 programas de pregrado, 64 doctorados, 165 maestrías, 40 especialidades y 80 especializaciones.

Producto de este esfuerzo, también cuenta con 570 grupos de investigación registrados por Colciencias, de los que 94 están clasificados en la categoría A1, 109 en la A y 130 en la B, las más altas. Además cuenta con 95 programas de pregrado y 349 de posgrado en sus diferentes sedes.

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Después de 150 años, la UN tiene más de 50.000 estudiantes y ha sido abanderada de la educación de los colombianos, de la inclusión, de los estudios de género y de la multiplicidad de investigaciones al servicio de la sociedad. Ese es su patrimonio.

Hoy, “la UN sigue trabajando por ese gran objetivo de entregar a los jóvenes una educación de calidad, sin importar su situación económica, su credo, su género o sus preferencias, ya sea que provengan del más apartado rincón de nuestro país o de una gran urbe. Gracias a esto, nuestra institución ha influido hondamente en la conformación de la nación y su desarrollo. El aporte más importante que la Universidad ha entregado al país no solo tiene que ver con la infinidad de investigaciones pertinentes desarrolladas en nuestros laboratorios, o los proyectos de extensión social que han mejorado el bienestar de muchas comunidades. El principal aporte ha sido, y sigue siendo, la formación integral, como profesionales y ciudadanos ejemplares, de miles de colombianos”, reconoce el rector, Ignacio Mantilla.

Durante siglo y medio, por las aulas, laboratorios, bibliotecas y auditorios de la Universidad han pasado mentes inquietas, ávidas de conocimiento, creativas, que sueñan al país y que transforman la sociedad. De ella han egresado presidentes de la república, líderes políticos, sociales y económicos, intelectuales y protagonistas y defensores de los derechos democráticos y humanos. También, los logros en esos 150 años se deben al trabajo y esfuerzo de innumerables personas que pasan desapercibidas, y por supuesto, gracias al respaldo de todo un país. A pesar de tensiones políticas, guerras civiles, escasez económica y conflictos sociales, comunes en un país en formación que busca ser libre, autónomo y mayor de edad, la Universidad ha podido consolidarse como la mejor institución de educación superior de Colombia. La historia ha dado a la institución la mayor responsabilidad en una sociedad: liderar su educación e influir con el ejemplo y la cátedra en el destino de la nación.

La Universidad en general tiene la responsabilidad, frente a la sociedad, de impulsar la superación de la desigualdad. En este sentido, en su plan de desarrollo 2016-2018 contempla trabajar en cuatro ejes estratégicos. El primero, integrar los ejes misionales, como un camino a la excelencia. El segundo, mejorar y conservar la infraestructura física y el patrimonio, como apoyo indispensable para la academia. El tercero, fortalecer la gestión institucional, con recursos tecnológicos, físicos y financieros. Por último, asumir el compromiso con la paz en el que la UN adquirió la responsabilidad de contribuir a la reconciliación, a la construcción de nación y a la consolidación de la paz.

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