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| 4/23/2014 10:00:00 AM

La buena salud comienza en el salón de clases

Nuestra realidad en salud es un llamado urgente que nos exige replantear los hábitos que practicamos como país y en especial los que inculcamos a nuestros hijos desde una temprana edad.

Mi tío abuelo Edgar murió a los 20 años por una infección de muela. Tres años más tarde, el Doctor Rafael Peralta importaría por primera vez a Colombia la penicilina, antibiótico que le hubiera salvado la vida a mi tío abuelo con una sola dosis. Aunque fue descubierta en 1928, aquel aporte imprescindible de Sir Alexander Flemming se demoró 16 años en cruzar el Atlántico.

Plasmadas en las páginas de la literatura colombiana están las épocas, aún recientes, cuando las enfermedades infecciosas eran la principal causa de muerte en nuestro país, solo superadas por la violencia interpersonal (que aún hoy es la principal causa de muerte prematura). En novelas como “El Amor en los Tiempos del Cólera” y “El Olvido que Seremos”, Gabriel García Márquez y Héctor Abad Faciolince nos relatan una Colombia donde la falta de sanidad básica condenaba a poblaciones enteras a muertes grotescas y absolutamente inhumanas.

Aunque la falta de agua potable (3.200.000 colombianos no tienen acceso) y la baja tasa de vacunación (el 16% de niños no están vacunados adecuadamente) siguen cobrando vidas en proporciones indignantes, por primera vez en la historia más colombianos (55.7%) moriremos de enfermedades crónicas que de enfermedades transmisibles.

Esta transición epidemiológica se debe principalmente a dos hechos. El primero es que ahora vivimos más: un colombiano que nace hoy puede esperar vivir en promedio 20 años más que uno que nació hace 50 años. Esto se ha logrado evitando y curando las enfermedades infecciosas, reduciendo la tasa de muerte infantil y disminuyendo la tasa de homicidios. Estos tres factores se traducen en que más personas están llegando a edades donde los hábitos de toda una vida empiezan a manifestarse—casi siempre de una manera coherente con el estilo de vida que llevó esa persona.

Después del homicidio y con excepción de la anemia, los factores que más nos roban calidad y años de vida están íntimamente relacionados a las pequeñas decisiones, que sumadas a lo largo de una vida, terminan definiendo nuestros hábitos y por lo tanto, la manera en que vivimos y morimos. Aunque puede parecer bastante negativo el panorama, el hecho que nuestros factores de riesgo sean en su gran mayoría hábitos aprendidos, ofrece la esperanza de que puedan ser mitigados a través de la educación.



Nuestra realidad en salud es un llamado urgente que nos exige replantear los hábitos que practicamos como país y en especial los que inculcamos a nuestros hijos desde una temprana edad. Es una invitación a conceptualizar la salud como algo que ocurre más en un aula escolar y menos en un consultorio. Es la oportunidad de evolucionar un sistema estancado en la enfermedad a uno comprometido con la promoción de la salud de sus ciudadanos a través de políticas educativas coherentes con el bienestar de todos, desde la temprana edad.

Colombia no está sola en esta hazaña, la gran mayoría de países desarrollados y en vía de desarrollo cargan con perfiles epidemiológicos similares al nuestro. En México, el 63% de la población muere de enfermedad cardiovascular, dos de cada tres estadounidenses están en sobre peso y China proyecta que para el 2030, el 23% de sus ciudadanos serán diabéticos.

Han surgido muchas estrategias para mitigar este urgente problema. La organización mundial de la salud prioriza la actividad física, la alimentación saludable y el autocuidado como ejes principales para reducir el riesgo de enfermedad cardiovascular. Estos mismos ejes fueron la base de una intervención pedagógica realizada por la Fundación Cardioinfantil y Plaza Sésamo en 14 jardines infantiles en Usaquén en 2009, en la cual se comprobó que se pueden cambiar los hábitos, actitudes y conocimientos desde una temprana edad, cuando el currículo está centrado en torno a los hábitos saludables.

Si no logramos mejorar el panorama, nos podríamos encontrar en una situación comparable a la de Estados Unidos, país donde por primera vez en la historia, las nuevas generaciones tienen un expectativa de vida menor que la de sus padres. La situación ha llegado a un punto tan crítico, que Michelle Obama ha dedicado su labor como Primera Dama a la campaña Let’s Move—una campaña multisectorial que ha priorizado el problema de la obesidad infantil. En Inglaterra, el Chef Jamie Oliver está rediseñando el programa de alimentación escolar para llevarle a los niños ingleses almuerzos sanos y exquisitos.

El distrito de Bogotá cuenta con “Salud al Colegio”, un programa que, como muchas de nuestras políticas, cuenta con buenas intenciones, pero carece de estrategias reales de implementación y sistemas de monitoreo. La falta de políticas en hábitos saludables sumada a almuerzos escolares inadecuados y programas de educación física limitados, son tan solo algunos síntomas de un sistema de salud que aun no logra responder oportunamente a las necesidades de su población.

Lo que mató a mi tío abuelo no fue la falta de penicilina. Lo que mató a Edgar Bonilla fue el haber nacido en un país con un sistema de salud letárgico y desactualizado. Ochenta años más tarde, nos encontramos en una situación lamentablemente similar, frente a una brecha diametral entre lo que sabemos y la manera en que actuamos.

Llegó la hora de actualizar nuestra agenda de políticas publicas, de hacer un esfuerzo aún mayor de combatir el sedentarismo y la mala nutrición, de decretar y ejecutar programas, promoviendo hábitos saludables desde la primera infancia, de promover investigación en salud relevante a los problemas de la población (actualmente investigamos la malaria seis veces más que la enfermedad cardiovascular) y de replantear nuestro sistema de educación para formar ciudadanos más sanos, con la posibilidad de vivir y morir con mayor dignidad y bienestar.

*Salubrista y Politóloga. Ha trabajado con el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, la Fundación Clinton y la Escuela de Salud Publica de Harvard. Actualmente, se desempeña como investigadora en cuidados integrales y salud preventiva pediátrica en la Fundación Cardioinfantil.

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