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| 5/17/2014 1:00:00 AM

El Gimnasio Moderno y la transformación de la educación en Colombia

Un siglo después de su creación, el colegio sigue siendo un referente en el país.

El Gimnasio Moderno fue la primera escuela activa en América Latina. Creado con el fin de desarrollar verdaderas herramientas para la vida en los estudiantes, no lo hubiera logrado sin el liderazgo que le imprimió Don Agustín, las reuniones diarias de los docentes en su fase de gestación y el papel de profesores como Ernesto Bein y Guillermo Quiroga, quienes estuvieron al frente de la Vicerrectoría durante décadas.

Desde su fundación, el ideario de la escuela activa se evidenciaba en todos los rincones de la institución: en la discusión abierta que se impulsaba en las clases, en las excursiones que invitaban a conocer el país y a consolidar la amistad; en las puertas que siempre estaban abiertas, en el énfasis a las manualidades, en la oportunidad que se les brindaba a todos los estudiantes de permanecer en la institución hasta avanzada la tarde y en la disponibilidad de espacios deportivos que aprovechaban estudiantes y egresados para practicar fútbol los fines de semana.

Se nutría de los principios de Montessori y Decroly, que Don Agustín conoció durante sus estudios de pedagogía en Europa. Así mismo, hizo propia la tesis de Rousseau quien sostenía en su clásica obra de “El Emilio o la eduación” que “indiscutiblemente se adquirían nociones más claras y seguras de las cosas que aprendía uno por sí mismo que las enseñadas por los otros”. 

Por ello, defendía la acción, la vivencia y la experimentación, como condiciones y garantías del aprendizaje. Este espíritu se percibía en la arenera, en el palomar, en la práctica deportiva y las salidas de campo. Como diría Don Agustín, era una “escuela del movimiento de la vida” que hacía a un lado los “caducos libros de texto” para reemplazarlos por los cuadernos llevados por los niños y que privilegiaba el estudio directo de la naturaleza.

Por extraño que hoy parezca, todos los jóvenes desde Preparatorio (curso para facilitar la transición de primaria a secundaria), tenían autorización para salir del colegio en la mañana, al medio día y en la tarde. Salían a comprar sus onces o sus almuerzos en los alrededores de la institución. Era una muy clara expresión de lo que Don Agustín llamaba la “disciplina de confianza” en alusión a la “disciplina activa” que preconizó María Montessori.

Según esta manera diferente de entender la educación, al colegio había que ir a vivenciar: el laboratorio permitiría simular la ciencia; el museo sería el lugar en el que se reprodujera de la mejor manera posible la vida social y económica de las culturas precedentes; el taller sería el lugar para acercarse a la actividad manual; y la excursión sería la manera de vivenciar la geografía y la historia condensada.

El Moderno se convirtió en un colegio laico en el país, extraño para un medio en el que dominaban las ideas conservadoras y la educación clerical. Mantuvo la clase de religión, la misa, el capellán y las primeras comuniones. Sin embargo, las adecuó al nuevo ideario liberal. La tolerancia religiosa y el pluralismo ideológico y político hacían parte de sus principios.

En contraste con su espíritu abierto, siempre fue incomprensible que abandonaran la posibilidad de convertirse en una institución mixta, la obsesiva vigilancia del corte de pelo y la libertad de la que gozaban los docentes de educación física para trabajar en una dirección pedagógica mucho más tradicional. No obstante, en esencia, desde su fundación fue una institución que privilegió la formación integral y premió el esfuerzo, el trabajo en equipo y el compañerismo. Se abrió al teatro, a la música, al deporte, a la reflexión política y filosófica, a la cultura.

Del Moderno uno recuerda con especial cariño los años iniciales: la primaria (Decroly, en homenaje al médico, psicólogo y pedagogo belga). Después las eternas discusiones éticas, religiosas, sociales y políticas que sucedían en la adolescencia. Pero, sin lugar a dudas, lo que más perdura con el paso del tiempo son las huellas que dejaron los diálogos profundos con maestros excepcionales como Don Guillermo y el Prof. Bein, dos humanistas que materializaron y enriquecieron el pensamiento pedagógico de Don Agustín Nieto Caballero. Afortunadamente, dos generaciones completas nos beneficiamos de su rigor, su compromiso, su enriquecida formación y sus reflexiones.

El Moderno promovió lo que podría llamarse la humanización de la enseñanza. La escuela se tornaba en un espacio más agradable para el niño, en la cual el juego y la palabra sustituían la disciplina de la sangre.

Sin embargo, algunos de sus principios pedagógicos hoy serían cuestionados. En especial se pondría en duda la creencia de que los aprendizajes provienen de la experiencia, la confianza excesiva en los métodos por descubrimiento y en el autoaprendizaje como eje del trabajo en educación.

El genial psicopedagogo ruso Lev Vigotsky, logró diferenciar la manera como se aprenden los conceptos científicos y los cotidianos. Los primeros –decía- adquieren sentido y validez en tanto hacen parte de un sistema de proposiciones organizado y jerarquizado, ya que son teóricos y abstractos. Por ello, no se aprenden en la experiencia cotidiana y deben ser adquiridos mediante la mediación cultural. Requieren de un docente y una escuela que deliberada e intencionalmente esté interesada en que sus estudiantes logren aprenderlos.

Un segundo problema teórico que se encuentra en la Escuela Activa y que el Moderno expresa, es suponer que los verdaderos aprendizajes provienen de los métodos de enseñanza por descubrimiento. Hoy sabemos que una cosa es la enseñanza y otra el aprendizaje, y que lo que tenemos que buscar es lograr aprendizajes significativos. Para lograrlos, podemos usar estrategias o metodologías receptivas, por descubrimiento autónomo o guiado. Lo importante es que entren en diálogo las ideas de la cultura y las de los estudiantes. Para hacerlo, son mucho más importantes los maestros de lo que se creía a comienzos del siglo pasado. Por ello, hoy en día no es adecuado hablar de escuelas centradas en el autoaprendizaje, sino de escuelas que se fundamentan en el diálogo.

Pese a las debilidades señaladas y a la necesidad de contextualizar sus principios, el Moderno tiene mucho que enseñarle a la educación colombiana: es un punto esencial de partida para pensar en la transformación educativa que todavía le debemos a las nuevas generaciones.

*Fundador y Director del Instituto Alberto Merani. Consultor de Naciones Unidas en educación.

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