Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2016/07/28 12:00

La guerra más terrible de la historia

Hoy, 28 de julio de 2016, se cumplen 102 años de uno de los enfrentamientos armados más traumáticos de todos los tiempos. Semana educación se lo explica.

Artista del expresionismo alemán. Foto: Otto Dix
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Semana Educación

El 28 de julio de 1914 empezó a derrumbarse la civilización. Los soldados se enfrentaban unos contra otros durante años, sin descanso. Los piojos saltaban aquí y allá, mientras que las ratas atravesaban los charcos por entre las trincheras. Durante días sonaban los cañones y los proyectiles llovían sin piedad sobre los soldados. Los días de bombardeos parecían “huracanes de acero”, según cuenta el escritor Ernst Jünger. Caían, además, gases tóxicos, y los soldados apenas contaban con tiempo para ponerse las máscaras, y para repeler a los enemigos que aparecían armados con lanzallamas, granadas y fusiles.

Así fue el Frente Occidental durante los cuatro años que duró la Primera Guerra Mundial. Turquía, Alemania, Austria y Hungría -Las Potencias Centrales- se enfrentaban contra Gran Bretaña, Francia y Rusia -La Triple Alianza-, en una guerra que los devastaba. Los franceses, por ejemplo, perdieron el 20% de sus hombres. Alemanes, británicos, turcos y rusos, perdieron proporciones similares. Pero la guerra no fue terrible, únicamente, por el número de bajas. Según el historiador inglés Eric Hobsbawm, para los que vivieron y participaron en las guerras mundiales, la Primera Guerra Mundial fue el episodio más terrible y traumático de sus vidas.  

Al comienzo de la guerra, los alemanes planeaban derrotar en una campaña relámpago a franceses e ingleses, para después, acabar a la gigantesca y torpe Rusia con calma. Sin embargo, los franceses y británicos les bloquearon en el occidente, y una campaña que pensaban duraría semanas, se alargó por años. Los generales, sin saber lo que era la guerra del siglo XX, pensaban que se resolvería el conflicto con una hábil maniobra de caballería. Pero no fue así, los ejércitos en el lado occidental se miraron unos a otros, mientras cavaban y levantaban alambres de púas.

Gran parte del trauma que produjo la Primera Guerra Mundial proviene de su novedoso escenario. “Las trincheras eran claustrofóbicas, repulsivas, pestilentes, húmedas y frías, pero también, la mejor defensa”, según afirma el historiador David Stevenson. La doble característica de las trincheras hizo que vivir entre ratas, piojos, con barro hasta las rodillas, fuese la mejor alternativa para mantenerse con vida. Era un sistema tan efectivo de defensa y tan desconocido, que obligó a ambos bando a enfrentarse en una carnicería de 760 kilómetros de largo, que se mantuvo estática durante cuatro años; la frontera en toda la guerra apenas se desplazó 8 kilómetros de un lado o de otro.

Las diferentes secciones de las trincheras, conectadas por cientos de túneles, con hospitales, centros de instrucción, parques de armamento, eran una gran obra de ingeniería. La primera línea del frente albergaba a pocos soldados, para vigilar y defender. Pero si llegaba a ser tomada, las tropas de la segunda trinchera, que estaba conectada por caminos, debían recuperarla inmediatamente. Atrás, en la retaguardia, otras pelotones preparaban los contraataques y más atrás, los cañones y las ametralladoras, estaban atentas para soltar sus descargas contra los ejércitos que avanzaban.

Pero cualquier intento por tomar la otra trinchera era inútil: avanzaban mientras les llovían disparos, que acababan con pelotones completos. Los generales de ambos bandos seguían intentando con nuevas técnicas, modernos métodos, pero volvían a ser repelidos. Intentaban, por ejemplo, disparar todos los cañones contra las trincheras enemigas. Las descargas duraban días, pero no tenían efecto, cuando la infantería avanzaba era masacrada. Las industrias farmaceúticas sofisticaron las armas químicas, que causaban destrozos morales, pero tampoco rompían las trincheras.

Y así, seguían intentando, hasta que cayeron cerca de diez millones de hombres y las economías quedaron destrozadas. La guerra tardó cuatro años en definirse, cuatro años de masacre y muerte. Los intentos por acercarse y por alcanzar la paz por medio del diálogo eran evitados por los políticos, que querían ganar la guerra a cualquier costo. Cuentan que durante la noche en la que empezó la guerra, Edward Grey, ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, miró a lo lejos y dijo, “Las lámparas se apagan en toda Europa y no volveremos a verlas encendidas antes de morir”. Todo por no querer ceder en las negociaciones.

La guerra fue terrible porque empezó a pelearse como si se tratara de un enfrentamiento del siglo XIX, en el que los soldados avanzaban para encarar frente a frente a sus oponentes. Pero antes de verse, las metralletas automáticas acababan cualquier intento de avance. La tecnología modernizó más rápido las armas que las tácticas. Y como los bandos tenían igualdad de fuerzas y economías prósperas, experimentaron con millones los nuevos métodos de guerra del siglo XX.  Las trincheras, las ametralladoras, las armas químicas, los cañones y los fusiles automáticos, le costaron a Europa una generación.

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