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| 6/1/2014 1:00:00 AM

La materia pendiente

Teodoro Pérez Pérez, gerente del Plan Nacional Decenal de Educación, habla del buen clima escolar.

La formación de los docentes se ha puesto de moda en estos últimos días. Se están presentando múltiples propuestas que abordan aspectos de indiscutible importancia, pero tal parece que un ámbito clave en el desarrollo de los docentes para potenciar el aprendizaje de los estudiantes no logra visibilidad: las capacidades para construir climas escolares y de aula acogedores, respetuosos, incluyentes, participativos y centrados en los acuerdos.

Este es un asunto crucial no solo en lo referente a los aprendizajes de los contenidos disciplinares que la educación se propone, sino también para el logro del conjunto de fines que la educación tiene establecidos.

Usualmente se afirma que los ejes transversales de la formación inicial de los docentes son la pedagogía, la investigación y la evaluación, y que las competencias básicas y fundamentales del maestro son enseñar, formar y evaluar.

Al mirar con detenimiento el significado que se da a estas competencias, el énfasis está puesto en ‘la comprensión’ como un ejercicio básicamente racional.

Y de hecho, la formación docente se ha enfocado hacia el saber qué, el saber cómo y el querer hacer, los cuales son indispensables en este proceso formativo. Sin embargo, los propósitos formativos sobre las capacidades para darle sentido al estar y actuar en el mundo, el con qué –referido a su ontología, al tipo de ser humano que son, a la cosmovisión, al profundo sentido de la vida, a las creencias orientadoras, a los paradigmas de fondo, y en últimas a sus capacidades para establecer con los estudiantes relaciones humanas significativas- no ha sido abordado con la claridad y el énfasis que dicha formación exige.

Es reconocido que la educación debe cumplir una función social formadora de competencias individuales para desempeñarse en el mundo laboral (usualmente denominadas capital humano), y también de capacidades, actitudes y disposiciones para relacionarse con los otros dentro del respeto a los derechos humanos, la paz, la convivencia democrática y la asociatividad (usualmente comprendidas bajo el concepto de capital social o inteligencia social).

De hecho, el Ministerio de Educación Nacional dice en su Plan Sectorial 2010-2014 que una educación de calidad es aquella que forma “mejores seres humanos, ciudadanos con valores éticos, respetuosos de lo público, que ejercen los derechos humanos y conviven en paz”.

Sin embargo, para que la educación avance hacia el logro integral de estos fines, es indispensable llenar un gran vacío. Veamos: cuando a un médico se le entrega un paciente para que lo atienda, la sociedad espera que su función profesional se circunscriba a contribuir en la recuperación de la salud de ese paciente, pero nunca se le pide que adicionalmente lo convierta en mejor persona.

Igual sucede con el ingeniero, de quien se espera construya infraestructuras resistentes, sin que haya expectativas porque contribuyan a hacer mejores personas a los trabajadores que laboran con ellos. Y al administrador de empresas se le exige que incremente el capital de los propietarios, pero no hay exigencia alguna de que debe además convertir en mejores personas a los empleados de la empresa.

Esas exigencias que los empleadores y la sociedad les hacen estos y a los demás profesionales, son coherentes con la formación que ellos recibieron en la universidad.

Sin embargo, con los educadores la cuestión es diferente. En la formación de los docentes los énfasis son puestos en los conocimientos disciplinares, pedagógicos y didácticos. A los futuros profesores se les enseña, según sea su campo disciplinar, matemáticas, química, física, lenguaje, filosofía o lo que corresponda según la licenciatura que estudie, y cómo enseñarlo de manera eficiente. Pero cuando al docente se le emplea, se le exige que además de lograr que los estudiantes aprendan esas materias en cuya enseñanza se le entrenó, también debe contribuir a la formación de los educandos como mejores seres humanos.

Surgen en consecuencia algunas preguntas:

¿Los docentes fueron formados como personas incluyentes, pluralistas, respetuosas, solidarias, colaboradoras, participativas, con capacidades para hacer acuerdos, y por lo tanto tiene las competencias para formar mejores seres humanos según se les pide?

¿Cuáles son los aprendizajes indispensables que deben promoverse en los docentes para que puedan construir los ambientes escolares que faciliten la formación integral de los estudiantes?

El desarrollo de capacidades de los docentes para la generación de ambientes escolares en donde el acogimiento y el cuidado de los estudiantes hagan posible que estos sean felices mientras aprenden, requiere no solo de saber qué enseñar (saber disciplinar), saber cómo hacerlo (saber didáctico) y querer hacerlo (motivación), sino también de influir en su ser, esto es en los paradigmas, meta relatos o creencias básicas desde los cuales asignan sentido a la vida, de modo que interiormente tengan con qué acometer su función transformadora en los procesos formativos con sus estudiantes, por cuanto si su cosmovisión está asentada en los viejos paradigmas patriarcales, espontánea e inconscientemente sus prácticas estarán estructuradas desde los mismos.

Así les será muy difícil, si no imposible, estructurar ambientes de aprendizaje alternativos a los tradicionales, los cuales están centrados en la obediencia, la disciplina y el miedo.

Aportar para que los docentes en formación o en servicio transformen el tipo de observadores que son para que tengan con qué generar relaciones humanas significativas (acogedoras, cautivantes, inspiradoras, respetuosas, incluyentes y participativas) en los ambientes escolares, es una tarea que definitivamente las escuelas de formación de docentes deben asumir.

La gran dificultad está en que para ello también deben transformarse los formadores de formadores. Y ahí está el meollo del asunto.
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