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| 5/12/2014 9:18:00 AM

La revolución educativa

La novedad del uso de ciertas tecnologías en educación no es equivalente a innovación: se necesita una transformación profunda con evidencia del impacto en el aprendizaje


No mucho ha cambiado en educación básica desde el Acta Forster de 1870 con la que se creó la educación primaria en Inglaterra. Ese sistema educativo de la era industrial, similar a una línea de producción, y en el que se estandariza la educación para todos y se educa en cohortes por edad, es prácticamente el mismo que aún aplicamos hoy en nuestros colegios.

Mucho se habla de la necesidad de modificar el sistema, y de lo imperante de preparar a los alumnos para la “sociedad del conocimiento” y las “habilidades del siglo XXI”. No hay sin embargo claridad de cuál es la alternativa al sistema actual, y pocas propuestas educativa logran articular una visión verdaderamente disruptiva del modelo.

Innovación en la educación

Las autoridades del sistema educativo parecieran no estar preparados para gestar los procesos de innovación educativa que se requieren para lograr la transformación del sistema.

Esta imposibilidad de innovar no es un asunto particular al sector educativo, de hecho la teoría de Innovación Disruptiva de Clayton Christensen, profesor de la Universidad de Harvard, ayuda a entender por qué esto ha sucedido sistemáticamente en todas las industrias y sectores.

En resumen, la teoría plantea que no es que no se estén dando procesos de innovación, de hecho se dan. El asunto es que se trata de innovación sostenible, que es aquella que lleva a procesos de mejora sobre modelos existentes, cuando lo que se necesita es innovación disruptiva, que es la que modifica por completo la forma en que se genera valor.

A los jugadores tradicionales les es difícil generar innovación disruptiva porque la inercia de sus operaciones se los impide. De otro lado, nuevos participantes, como las cientos de startups que hoy en día están trabajando sobre nuevas propuestas educativas, parecieran tener la flexibilidad para tomar más riesgos, y eventualmente acercarse a la innovación disruptiva que requiere el sector.

¿Tecnología = innovación?

Una de las apuestas para alcanzar esa disrupción es el uso de nuevas tecnologías en la educación. Si la tecnología lo ha logrado para otros sectores, donde los modelos de valor cambiaron radicalmente gracias a su implementación: ¿por qué no es válido pensar que pudiera pasar lo mismo en educación?.

El gran problema de la introducción de tecnologías en la educación es que se cae en la trampa de no diferenciar del uso de la tecnología como la cereza en el pastel y la transformación del pastel mismo. Con esto me refiero a esfuerzos que en realidad solo “empaquetan” un sistema educativo tradicional alrededor de una tecnología que pareciera hacerlo ver innovador y avanzado, pero que en el fondo es exactamente el mismo modelo.

Veamos un caso puntual en educación. En los últimos años Khan Academy, una plataforma de aprendizaje en línea creada por Salman Khan, se ha posicionado como una de las organizaciones pioneras en enseñanza digital. A comienzos de 2010 tenía cerca de 144,000 usuarios únicos por mes, y a febrero de 2014 esa cifra había alcanzado los 10 millones.

Este es el ejemplo de un emprendedor, con limitados recursos, y lejos de ser un actor importante en el sistema, que crea una startup y logra poco tiempo después influir en la forma en que se conciben los procesos de instrucción con su modelo de flipped classroom (o clase invertida).

Muchos críticos de Khan, como Frank Noschese, un innovador profesor de química y física cuyos métodos de enseñanza se basan en motivar la investigación, van en la línea de argumentación de la innovación sostenible, y postulan que “en vez de enseñar a nuestros estudiantes a través de una nueva forma de dar clases tradicionales apoyados por tecnología, brindémosle algo mejor que una clase tradicional”, y da un ejemplo muy interesante de esto en su blog en el New York Times (2011). 

¿Cómo discernir entonces de esfuerzos que parecen transformadores pero que en realidad son más de lo mismo pero disfrazados de innovación?

En mi opinión, la forma más adecuada de resolver la encrucijada es a través de modelos de medición de impacto de las nuevas tecnologías.

Innovación con evidencia

Claramente la utilización de un nuevo software en un proceso de enseñanza aprendizaje, es algo que deberíamos medir. Esta medición de impacto permitirá demostrar con evidencia que su uso mejora los resultados, y en ese sentido, logra innovar.

SRI International acaba de publicar los resultados de un estudio sobre el uso de Khan Academy en colegios en el período 2011 a 2013.

Las conclusiones de los resultados de diversas formas de implementación de esta plataforma en las aulas mostraron que tanto estudiantes como docentes tienen percepciones positivas de este sistema. Además, los resultados académicos de los estudiantes mejoraron.

En resumen, hay una necesidad de innovar de manera disruptiva en educación, y, esta innovación debe estar sustentada con evidencia de impacto en el aprendizaje. Lo clave aquí es que como en el caso de Salman Khan, muchas de estas nuevas innovaciones están saliendo de startups educativas y no de los jugadores tradicionales.

*Co-fundador y CEO de Inncubated, una incubadora de empresas educativas basadas en innovación

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