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| 5/2/2014 4:23:00 AM

Las pruebas de coeficiente intelectual no sirven

Julián de Zubiría explica por qué no son adecuadas a la hora de evaluar la inteligencia.

El origen de las pruebas de Cociente Intelectual (CI), también conocidad como Coeficiente Intelectual, estuvo asociado a la creación de un instrumento que permitiera predecir cuáles serían los estudiantes con peor pronóstico en la escuela. Después se multiplicaron sus usos.

Diseñadas por Binet y Simon en 1904, representaron un gran avance frente a las pruebas sensoriales que se usaban para evaluar la inteligencia hasta culminar el siglo XIX. Con ellas, se introdujeron los conceptos de edad mental y capacidad intelectual y puntuaban bien quienes resolvían adecuadamente problemas de vocabulario, razonamiento numérico y procesos intelectuales sencillos. Ellos y sus continuadores llegaron a creer que la inteligencia era lo que medían las pruebas de CI.

En consecuencia, las pruebas que actualmente se aplican con distintos fines reflejan la concepción que se tenía a principios del siglo pasado sobre la inteligencia, cuando se creía que era una capacidad unitaria, estable, medible, general, innata, no contextual y hereditaria. Desde entonces hasta hoy, diversas investigaciones han demostrado que las inteligencias son múltiples, modificables, no cuantificables mediante pruebas de papel y lápiz, y determinadas en su gran mayoría por factores culturales y ambientales.

Los test de inteligencia evalúan una ínfima parte de las inteligencias. Por ello, su uso debe ser muy limitado, de lo contrario pueden crear efectos negativos sobre las actitudes de quienes son diagnosticados como muy inteligentes o como poco y generar expectativas excesivas o negativas en sus respectivas familias.

Después de dedicarnos durante 13 años al seguimiento de niños y jóvenes que suponíamos tenían capacidades intelectuales muy altas (1986 al año 1999), la conclusión fue impactante: La mayoría de niños supuestamente “muy inteligentes” obtenían resultados académicos regulares.

Con el tiempo, unos elevaban su CI de manera inexplicable y otros lo deterioraban. Sus resultados en las pruebas variaban según el psicólogo que las aplicaba, la prueba (WISC o Terman) y el estado emocional y contextual del niño.

Por ende, las pruebas eran muy poco confiables y no servían para predecir el rendimiento. En consecuencia, abandonamos las pruebas de CI como criterio de admisión a la institución a partir del año 2000, con lo que abrimos el paso a una educación más integral, incluyente y de calidad. ¿Qué podemos concluir de dicha experiencia?

La principal conclusión es que las pruebas de CI evalúan muy poco de las inteligencias de una persona. La mayor prueba es la vida misma y tendremos que demostrarla con nuestras producciones, composiciones, actitudes e ideas. ¿Cómo podría un psicólogo prever cómo le va a ir en la escuela y en la vida a un niño con el que tan solo habla durante noventa minutos? Más difícil aun, ¿Cómo podemos proyectar la vida de un niño que apenas ha comenzado a expresarse de manera coherente y quien todavía no ha leído ni escrito un solo artículo en su vida?

Hoy sabemos –gracias a teóricos tan creativos como Gardner– que las inteligencias son múltiples, por lo que no podríamos evaluarlas con una misma prueba. Hoy sabemos que quien está actuando de manera inteligente, mañana podría resolver muy equivocadamente los problemas que enfrenta.

Hoy sabemos que quien es inteligente para hablar, razonar numéricamente o componer musicalmente, no necesariamente lo es para el afecto. ¿No conoce acaso personas que siendo muy profundas en sus ideas, parece que hubieran aprehendido relaciones interpersonales en un cuadrilátero de boxeo?

Gardner postuló la existencia de múltiples inteligencias, valoradas de manera diferente por las culturas humanas. Para llegar a ello, señaló empírica y neurológicamente que tanto los problemas a resolver por los seres humanos como las habilidades requeridas para enfrentarlos estaban determinados por el contexto sociocultural.

Según su teoría, existirían inteligencias diferentes para la música, las actividades motrices, las relaciones interpersonales, la interpretación de textos y el razonamiento numérico, entre otros. De allí que Gardner fuera uno de los primeros en abandonar completamente los test de inteligencia.

Hoy sabemos gracias a pensadores tan profundos como Feuerstein, que todas las inteligencias son modificables a lo largo de la vida. Tendría que ser así, ya que todo en el ser humano lo es. ¿No es común ver personas que piensan que encontraron a su “media naranja” y meses después no se pueden si quiera soportar? La vida misma es impredecible, paradójica, cambiante e incierta.

Todos sabemos que muchos de quienes obtuvieron las mejores calificaciones en el colegio no necesariamente triunfaron en la vida y que algunos que aprobaron con gran dificultad sus años escolares, tienen enorme éxito en la vida (Ojalá sirva de consuelo para miles de estudiantes con balances regulares). La explicación de ello es muy sencilla: Las inteligencias que se requieren y promueven en el colegio y en la vida son distintas.

Tal vez, algún día nos provoquen tanta risa las pruebas de CI que hoy se siguen aplicando, como la que produce el saber que alguna vez se llegó a considerar más inteligentes a las personas que mayor resistencia presentaban a las descargas eléctricas o que hubo un día en que la medida de la inteligencia estaba dada por el tamaño del cráneo.

Hoy, las inteligencias están dadas por las maneras como resolvemos problemas pertinentes y diversos en un contexto social y cultural dado y su desarrollo debe ser un compromiso de la educación. Sin embargo, las ideas de Gardner y nuestra propia experiencia, nos ayudaron a comprender que no hay que dedicarse a buscar los niños con talento, sino el talento que tiene cada uno de los niños y jóvenes bajo nuestra orientación.

*Fundador y director del Instituto Alberto Merani
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