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| 10/27/2015 12:00:00 PM

¿Democracia sin lectura crítica?

En Colombia solo tres de cada mil jóvenes escolarizados alcanzan esta habilidad a los 15 años. Sin lectura crítica no es posible elegir de manera responsable. Mejorar la calidad de la educación es necesario para vivir en una democracia.

El periodista y escritor Eduardo Galeano sostiene que en el siglo XX se violaron la mayoría de derechos humanos. Por ejemplo, durante los años setenta en el Cono se suprimieron los derechos civiles, sociales y políticos. La tortura se convirtió en el método, por excelencia, para conseguir información. El terrorismo de Estado  se usó indiscriminadamente con el fin de generar el miedo constante en la población. El secuestro y la desaparición fueron el pan de cada día para los sindicalistas, los intelectuales, los artistas y los estudiantes: casi todos ellos fueron catalogados como subversivos. Los opositores fueron considerados indeseables.

Para desgracia de la humanidad, quienes más ferozmente han violado los derechos humanos jamás van presos. Ellos, como señala Galeano, tienen las llaves de las cárceles. Sin embargo, el escritor sostiene que un derecho que no pudo ser eliminado: el derecho a soñar y a pensar distinto. En esta última tesis no estaría de acuerdo con Eduardo Galeano.

En Colombia, y en diversos lugares del mundo, soñar y pensar distinto son actos que siguen sacrificándose. La libertad necesita de condiciones que, desafortunadamente, no se cumplen en la mayoría del continente. Solo son libres aquellos que piensan por sí mismos, dijo Kant dos siglos atrás. La ignorancia hace a las personas presa fácil de los prejuicios sociales, políticos e ideológicos; de la manipulación de los medios de comunicación, de las ideas mágicas, simplificadoras y supersticiosas, de los personajes mesiánicos, del reduccionismo, la intolerancia y el fanatismo.

Por eso, una persona que todavía no domina la lectura crítica tiene graves limitaciones para interpretar la realidad material y simbólica. La lectura y la escritura de calidad nos liberan del tiempo y del espacio en el que vivimos. Nos permiten trascender, interactuar y dialogar con personas en múltiples contextos históricos, culturales y regionales. En consecuencia, aprehendemos no solo de nuestra propia, limitada y singular experiencia, sino esencialmente de la experiencia acumulada a lo largo de la historia por los 110.000 millones de seres humanos que, se estima, nos han antecedido en su paso por el planeta Tierra.

Es por ello que la socióloga y antropóloga Michele Petit tiene razón cuando considera a la lectura comprensiva como condición de la democracia. Sólo así , afirma, podremos elegir destino, resistirernos de mejor manera a la opresión, y dejaremos de ser objeto de los discursos y los pensamientos de otros. Alberto Merani, por su parte, explica que el hombre se vuelve humano, “únicamente cuando ha convertido en instrumento de las relaciones sociales la cualidad objetiva del pensamiento y el lenguaje; y concluye que sin educación no hay libertad y que sin libertad no hay educación que valga la pena”.

En Colombia solo tres de cada mil jóvenes escolarizados tienen un nivel de lectura crítica a los 15 años, según las últimas pruebas PISA que han sido aplicadas y tabuladas. Lo cual les permite distinguir matices en las afirmaciones, captar los pensamientos profundos que subyacen a los textos y encontrar posibles incoherencias en las ideas de un autor. 

¿Cómo serán las dificultades que tienen estos mismos jóvenes para distinguir matices en las ideologías de los partidos políticos? ¿Cómo serán las limitaciones que tienen para comprender la conveniencia de un programa político, económico o cultural y para evidenciar lo equivocado que pueda ser elegir a un candidato en unas elecciones locales o regionales? Mientras los niveles de comprensión lectora en el país permanezcan así no podremos hablar de democracia y libertad. Necesitamos ciudadanos que puedan elegir y construir su propio destino.

El país acaba de pasar por una jornada electoral que definió los gobernantes locales y regionales para los próximos cuatro años. La conclusión es muy clara: mientras no mejoremos de manera sensible la calidad de la educación no podremos hablar de que vivimos en una democracia. Los niveles ínfimos de lectura crítica que hoy alcanza nuestra población demuestran que no estamos en la capacidad de elegir adecuadamente.

En Colombia, millones de personas tienen más de dieciocho años, pero muy pocos son mayores de edad en el sentido kantiano; es decir, muy pocos tienen herramientas y criterio para pensar por sí mismos. Sin lectura crítica no es posible elegir de manera responsable. Es por ello, que mejorar la calidad de la educación es una condición sine qua non para que podamos decir que vivimos en una democracia.

* Fundador y director del Instituto Alberto Merani.
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