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| 4/30/2015 8:00:00 AM

Modelo educativo que inspira para el futuro

Tres médicos colombianos le apostaron a una iniciativa de formación vocacional que ha instruido a más de 25.000 personas de bajos recursos. Una defensa de la educación técnica que ha fortalecido el sector productivo del país y ha impulsado su economía.

Siempre se ha creído que es mejor ser profesional que técnico. Una idea que está impresa con mucha fuerza en el inconsciente colectivo de la sociedad colombiana. Sin embargo, las demandas del sector productivo han empezado a revaluar dicho concepto.

En países como Alemania, por ejemplo, la gente elige ser técnico porque le gusta algún oficio. Y es valorado igual. Matricularse en la educación vocacional no es un asunto de estratos, aunque tal vez sea la opción más cercana para alguien con más brechas y menos recursos. Lo cierto es que el país ahora piensa más en la educación terciaria como un elemento vital para su economía.

Esa defensa por la educación para el trabajo y desarrollo humano, como también se le conoce, la han asumido desde hace casi dos décadas Andrés Angulo, Hugo Novoa y Álvaro Hoffmann. Estos tres médicos egresados de la Universidad el Bosque estaban interesados en formar a los auxiliares y técnicos en áreas de la salud, que los iban a asistir, debido a la escasa oferta, informal y empírica. Así nació Campoalto. “Empezamos con dos estudiantes, en una pequeña casa alquilada en el noroccidente de Bogotá. Desde el primer día entendimos que este lugar tenía que ser para gente de bajos recursos y sin posibilidades de acceso a la educación”, recuerda Angulo.

A la semana eran tres alumnos. Después de tres meses sumaban 50, y al año 100. Hoy,  son 7.500 estudiantes, en ocho sedes estratégicamente ubicadas en Bogotá. Sus registros dan cuenta de más de 25.000 egresados, y el 75 por ciento se encuentra activo en el área que estudió. La institución tiene unos 1.500 contratos firmados con empresas para las prácticas y según el estudio que han hecho en Campoalto, el 87 por ciento de los empleadores se encuentran satisfechos con las personas que llegan a sus organizaciones.

Según Hoffmann están muy cerca de las compañías para entender las necesidades del sector productivo y, de paso, buscan oportunidades de trabajo para sus estudiantes. “Entrenamos buen recurso humano, en todos los sentidos: motivación, puntualidad, actitud, relaciones interpersonales, presentación personal y servicio al cliente. Diseñamos la pertenecía y los acompañamos hasta que consigan trabajo”, dice.

Para Sandy Pacheco (30 años), ex alumna de Campoalto, esta fue su mejor opción para estudiar auxiliar de enfermería. Entonces ejercía, empíricamente, como “cuidadora de abuelos”. Cuenta que las jornadas flexibles jugaron a su favor. “Estudié de noche, mientras trabajaba de día. Formarse allí, permite expandirse. Es un nombre abre puertas”, manifiesta.

Ella siempre soñó con un lugar para cuidar personas de la tercera edad. Luego de un par de años de experiencia en algunos hogares creó el suyo. “No es un geriátrico, es algo bien diferente y acogedor. Una casa”, afirma. Ahora atiende a más de diez abuelos con ayuda de pasantes del mismo Campoalto.

Derly Daza (34 años), otra egresada de enfermería, desde el primer semestre tuvo un promedio sobresaliente, y ganó media beca. Por eso aprovechó para cursar simultáneamente el programa auxiliar de farmacia. Hizo prácticas en Sanitas, donde le fue muy bien. Un médico de esta entidad la contrató sin haberse graduado. Luego pasó a Colmedica como analista de cuentas médicas. Su recorrido es amplio. Desde 2011 es ejecutiva en una empresa privada. “Campoalto cuenta con muchas facilidades para que cualquier estudiante las aprovehce: horarios, forma de pago y las sedes; sumado los contactos con empresas importante y a la buena relación que establecen con sus estudiantes”, cuenta.

“A la medida”

Campoalto es una institución con un “modelo de educación único” y “hecho a la medida, incluyente y alcanzable”. Por eso funciona bajo tres pilares fundamentales: flexibilidad en los pagos, que ningún estudiante se quede fuera del salón de clase y una sede cerca para “cumplir los sueños de la gente”. La idea es que no haya deserción y que las personas no tengan excusa para no estudiar. Y en eso ha radicado su éxito.

De acuerdo con Angulo, este modelo no existía en el mercado. Por eso dice que su misión ha sido invertir la pirámide de la oferta de educación, pensada solo para profesionales. “Todos creen que la educación técnica es de segunda. Que es el plan b”, asegura. “Con esta labor nos dimos cuenta que podíamos incluir a la gente con menos recursos. Por eso vamos a las personas con menos oportunidades y a las comunidades con mayores necesidades insatisfechas”, agrega.

Campoalto fue una de las primeras instituciones técnicas en formación para el trabajo en obtener certificados de calidad en un mercado de 3.500 en el país. En 2011 fue catalogada como la mejor en educación, según el Ministerio de Educación. Es una empresa Endeavor, la red de compañías de emprendimientos de alto impacto más grande del mundo: solo hay 25 de Colombia y en la categoría de educación es la única. Y Ashoka (la mayor red global de emprendedores sociales innovadores) la nombró una de las diez empresas con mayor impacto social en América Latina.

Su modelo sugiere crecer dada la importancia de la formación vocacional. Por eso han diseñado un plan de expansión nacional de la mano del Boston Consulting Group y una de orden global con el Massachusetts Institute of Technology (MIT). De hecho, ya cuentan con una sede en Miami desde hace dos años.

En Campoalto tienen claro que trabajan para romper el círculo de la pobreza y cualquier tipo de barrera que impida inspirar a las personas a mejorar su calidad de vida a través de acceso a educación y trabajo, mientras forman los técnicos que necesita el sector productivo.


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