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| 1/23/2017 7:00:00 AM

Estados Unidos: una nación en peligro

Para interpretar la elección de los Estados Unidos, Julián de Zubiría hace un seguimiento de los resultados en las pruebas estandarizadas en educación, para entender el auge del populismo en el país del Norte.

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Semana Educación

En 1983 se publicó el informe A Nation at Risk, el cual advierte sobre el grave deterioro de la educación en Estados Unidos y los riesgos que ello podría traer para el desarrollo económico futuro, para el tejido social y para una sociedad que, desde su nacimiento, ha defendido como valores esenciales la libertad y la democracia. El estudio concluía que “por primera vez en nuestra historia, las destrezas educacionales de una generación no superarán, no igualarán, ni siquiera estarán cercanas a las de sus padres”. La Comisión gubernamental concluyó que el tiempo que pasaban los estudiantes en sus aulas era bajo, que era excesiva la posibilidad de elegir sus asignaturas que tenían los estudiantes, mediocre la formación de los profesores y que se había relajado en extremo la selectividad de estudiantes para ingresar a las instituciones y la de los docentes al vincularse al sistema.

En el año 2010 se lanzó en la red el famoso documental Esperando a Superman, el cual nuevamente intentaba explicar la situación de la educación en el país del Norte. La conclusión era similar a la formulada en 1983: Pese a la duplicación del gasto per cápita entre 1971 y 2007, y salvo casos especiales, la educación secundaria estadounidense no había mejorado en las dos últimas décadas. Los resultados en pruebas nacionales e internacionales seguían evidenciando un notorio atraso en la educación básica. Los estudiantes seguían desertando de la escuela y sólo un 30% de ellos sobrepasaba los resultados mínimos en las pruebas de matemáticas. En lo único que los norteamericanos superaban al resto de los estudiantes del mundo, era en sobre-seguridad: aunque sus resultados eran muy malos, creían que iban a ser los mejores. El documental ubicaba el problema en la baja calidad de los docentes y en la excesiva estabilidad garantizada por los poderosos sindicatos de maestros. La solución, a juicio de los autores, sería entregar la administración de las escuelas a entidades privadas, que evaluaran y ejercieran mayor control sobre directivos y docentes.

Sin excepción, desde los años ochenta todos los presidentes en EEUU han dicho que convertirán la educación en una de sus prioridades y se han obsesionado con mejorar los resultados en las pruebas estandarizadas. Sin embargo, hoy éstos siguen siendo tan pobres como antes. Para el año 2015 –y según las pruebas PISA–, Estados Unidos alcanzó el puesto 39 en matemáticas, el 25 en ciencias y el 23 en lectura. Resultados aún peores ha alcanzado en TIMSS. Comparado consigo mismo, obtiene promedios levemente inferiores a los que había alcanzado en 2012 y está atrás de la casi totalidad de los países del sudeste asiático, de Canadá, de los países del Norte de Europa, de China y de los demás países altamente industrializados.

¿Qué pasó? ¿Por qué la nación más poderosa del planeta no ha logrado resolver un problema tan crítico y generalizado en su educación secundaria? En esencia, porque ha partido de un diagnóstico incompleto y equivocado y, al hacerlo, no ha podido tomar las medidas correctas.

Estados Unidos ha sobredimensionado algunas variables y ha subvalorado otras. Ha sobredimensionado las variables administrativas, económicas y tecnológicas; debido a ello ha puesto mucho énfasis en el gasto, el tamaño de los cursos y las escuelas, los sistemas de administración de las mismas y la ejecución presupuestal. También –equivocadamente-– ha creído que el problema de la educación básica sería resuelto repartiendo tablets y llenando de redes y computadores las escuelas. Ninguna de estas medidas ha tenido un impacto significativo.

Aumentó el gasto y el tiempo de estudio, disminuyó el número de alumnos por docente, también el tamaño de las instituciones educativas; estableció un currículo más centralizado e implantó mayores niveles de control a docentes y directivos. Tampoco con ello resolvió de raíz el problema.

En tanto, ha dejado claramente de lado las variables pedagógicas sobre los fines de la educación, la formación de sus docentes, los modelos pedagógicos, la autonomía escolar o la construcción de una verdadera comunidad educativa. A éstas, el gobierno les ha dedicado menos tiempo del necesario, ya que su confianza en las variables administrativas ha sido excesiva. Han sido reformas impulsadas por grupos de enorme poder empresarial y que responden a la lógica de los negocios y del mercado. Por ello, han actuado privilegiando las variables económicas, tecnológicas y administrativas, en detrimento de las pedagógicas, cuando la calidad en la educación exige pensar en la integralidad, la pertinencia y la equidad, algo poco común en el mundo de los negocios. Hace algunos años, el propio Bill Gates reconoció que había subvalorado el papel de los buenos docentes y sobrevalorado los aspectos administrativos y tecnológicos en las instituciones educativas que orienta y apoya.

Sin duda, también hay que incluir factores culturales y sociológicos esenciales para entender el problema: Una sociedad centrada en el consumo y el trabajo, con poco diálogo con el mundo y con los otros, la cual no parece haber superado el racismo, y con altísimos niveles de desigualdad, inevitablemente alcanza bajos resultados en pruebas estandarizadas que incluyen a todas las poblaciones. Estamos ante una sociedad que ha construido un excelente sistema educativo para una minoría que posee talentos o es rica, al tiempo con un sistema mediocre para la mayoría. De esta manera, los negros, los hispanos y los marginados de la sociedad estadounidense agravan los resultados promedio del país del Norte. El problema es que es una población muy grande y es, precisamente, la que recibe la peor educación de todas. Es así como el 20% de la población estudiantil es hispana. Así mismo, y según el expresidente Obama, para el 2010, el 86% de los niños de raza negra de 11 años leían por debajo de lo esperado para su edad y tan sólo el 7% de los estudiantes que hacen parte de las 468 mejores universidades son negros. Por tanto, detrás de unos mediocres resultados en pruebas estandarizadas mundiales, también se esconden la desigualdad y la inequidad, propias de la sociedad norteamericana.

Los 62 millones de votantes que en los pasados comicios eligieron a Trump han sido formados en estas escuelas que hemos descrito. Una educación mediocre es tierra fértil para el populismo y la manipulación. Hoy más que nunca podríamos decir que, efectivamente, una sociedad como la estadounidense ve amenazados principios fundamentales de la democracia al elegir a un gobernante xenófobo y racista, que favorece la discriminación, la intolerancia, la exclusión y el ultranacionalismo, y que pone en riesgo hasta la propia libertad de prensa, uno de los cimientos de la sociedad democrática norteamericana. Por algo, en su discurso de posesión no aparecieron las palabras libertad ni democracia.

Por tanto, ningún análisis político que se haga de la actual situación en EEUU puede dejar de lado el gravísimo problema de la educación. Hoy, 50 millones de estudiantes se están formando allí, el 90% de ellos en escuelas públicas, muchas de ellas de mediocre calidad. Ellos serán los futuros votantes. La advertencia del informe de 1983 parece estar haciéndose realidad hoy. La democracia exige una educación pública robusta y fortalecida. Y Estados Unidos todavía no ha logrado, lo que sí han alcanzado los países del Norte de Europa. El clima institucional en las escuelas norteamericanas sigue siendo de temor, como lo testifican el documental de Michael Moore, “Bowling for Columbine”, y el alarmante hecho de que durante el año 2015 se presentaron, según Mass Shooting Tracker (MST), 294 masacres en las escuelas estadounidenses, casi una por día, con un saldo de 375 muertos. El bulliyng deteriora la confianza y el apoyo, y también en este caso suelen ubicarse como uno de los sistemas educativos en los que los estudiantes están más inseguros en el mundo. Sigue faltando autonomía, empoderamiento, innovación y mayor contextualización para que niños y docentes sientan que esas instituciones son las que ellos están construyendo. Y que así también lo piensen sus padres.

La democracia en Estados Unidos está amenazada y, al estarlo, amenaza la democracia en el mundo. Como tantos autoritarios, Trump cree que la historia comienza con él. Sufre el llamado complejo de Adán. Pero, en realidad, es lo contrario: con él estamos retornando a la prehistoria en Derechos Humanos y políticos. Como dice Daniel Coronel en redes, hoy se inicia una nueva temporada de House of Cards. El problema es que el actor principal es Donald Trump y que las escenas se ruedan en la vida real.

La única opción para ampliar la democracia es fortalecer una educación que desarrolle el pensamiento crítico, la comprensión lectora y las competencias ciudadanas. Pero esto no es posible si no cambiamos los fines de la educación y si no ampliamos la reflexión pedagógica. Desafortunadamente para el mundo, en Estados Unidos, todavía no lo han logrado. Seguramente, tampoco lo hagan con Trump. Por tanto, el peligro de ellos es también nuestro.

*Director del Instituto Alberto Merani y Consultor en educación de las Naciones Unidas (Twitter: @juliandezubiria)

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