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| 10/19/2016 7:00:00 AM

Las movilizaciones estudiantiles y el renacer de la esperanza

Los estudiantes que organizaron por todo el país las gigantescas marchas de las dos semanas anteriores me invitaron a dialogar. Estas son mis reflexiones. Por tanto, los estudiantes de estas 42 universidades son, de alguna manera, coautores de esta nota ¡Que vivan los estudiantes!

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Semana Educación

Los dos términos que de mejor manera caracterizan la juventud son rebeldía y esperanza. Un joven que no es rebelde envejeció antes de tiempo. Los jóvenes necesariamente se deben enfrentar al Estado, a las Iglesias, a las familias, a la autoridad y a las tradiciones. Esa es la ley de la vida, pues sólo así podrán construir sus propios proyectos de vida. El psicoanalista Guillermo Carvajal explica que las tres crisis que caracterizan la adolescencia son la de identidad, la de autoridad y la sexual. La rebeldía expresa las dos primeras. Y así parezca extraño, hasta José Obdulio Gaviria, Alfredo Rangel y Everth Bustamante fueron jóvenes; en consecuencia, también fueron rebeldes. Aunque muchos no lo saben, ellos fueron militantes de las opciones más radicales de la izquierda en los años setenta; ahora son senadores acomodados del status quo y dirigentes del partido que se convirtió en el principal obstáculo que tiene la paz de Colombia en la actualidad: el Centro Democrático. De otro lado, ellos también nos ayudan a recordar una ley esencial de la polaridad en la física: los extremos se tocan; por ello, pudieron pasar fácilmente de un extremo político, al contrario. Por lo mismo, no es coincidencia que la mayor identidad que se ha presentado hasta el momento en el proceso de paz en Colombia se dio entre el ELN y el Uribismo. Combinando todas las formas de lucha, ambos intentaron bloquearlo. Hay que reconocer que hasta el momento lo han logrado, aunque el ELN ha dado leves asomos de flexibilidad y de querer aportar a la solución del conflicto más largo y cruento del continente americano. Por el contrario, hasta ahora, el Uribismo sigue privilegiando sus propios intereses electorales por encima de la paz del país.
Pero la juventud también es esperanza. Siempre ha sido la etapa vital que abre la posibilidad de transformar y de construir de manera colectiva mejores opciones para el desarrollo humano. Por ello es la época en la que florecen los ideales, el amor y los proyectos de vida; en la que se toman las decisiones más trascendentales de la vida, como la definición ideológica, afectiva, ética, laboral y religiosa. Por ello es, necesariamente, el periodo para soñar, amar y decidir; no sólo los sueños propios, sino también los de la sociedad en su conjunto.

Millones de colombianos vivimos la noche del 2 de octubre 2016 uno de los momentos más tristes de nuestras vidas, después de ver que se desvanecía el sueño de la paz con un triunfo del NO y que, por ahora, se frustraba la desmovilización de las FARC, la entrega de sus armas y su tránsito hacia la vida civil. (Un triunfo que, como explicamos en la columna anterior –y lo ratificó posteriormente el propio gerente de su campaña– se basó en la explotación de las emociones más primarias como la ira, la venganza y el odio). El país que está emergiendo, más incluyente, pacífico y tolerante, fue aplastado por una gigantesca población de abstencionistas indiferentes ante la guerra. Nos arrebataron la paz de la mano y momentáneamente triunfaron los intereses del Uribismo: Silenciar la verdad y aplazar la firma hasta que se fortalezcan de cara a las elecciones presidenciales del 2018 o se convoque una Asamblea Constituyente que le permita a su caudillo la segunda reelección que años atrás truncaron la Corte Constitucional y la justicia colombiana. Por eso, Uribe habló en la noche del 2 de octubre como si se tratara del triunfo en una elección Presidencial. No mencionó a Santos, habló para su potencial gabinete y se refirió a temas tan diversos como la reforma tributaria o el triunfo de la familia tradicional. Habló como cogobernante que quiere cobrar su pequeño triunfo electoral.

Sin embargo, todo cambió en las dos semanas siguientes, cuando los estudiantes decidieron interponerse en el pacto de élites que se veía venir. Es indudable que hay que hablar con los representantes del NO para ver qué ajustes son posibles y necesarios a los acuerdo, pero sin arriesgar la paz. Sin embargo, la ventaja es que los estudiantes representan la nueva savia de la sociedad. A ellos no los asustan las balas ni el ladrar de la jauría, como cantaba Mercedes Sosa.
Los estudiantes han logrado movilizar una fuerza hasta el momento desconocida en el país. Si mi memoria no me falla, las de Bogotá y Medellín son las marchas más grandes que me haya tocado vivir. Sólo serían proporcionalmente comparables a la gran marcha del silencio que lideró Jorge Eliécer Gaitán, semanas antes que lo mataran o a las que se convocaron en las redes con la consigna “No más FARC”. Aun así, nunca en la historia habíamos visto marchar a los rectores de las universidades públicas y privadas acogiendo la invitación de sus propios estudiantes. Mucho menos que se hicieran en la misma fila los rectores del Rosario, la Pedagógica, el Externado y la Nacional, entre otros. Los estudiantes lograron convocar a poblaciones históricamente abstencionistas: la juventud, las víctimas, la tercera edad y los indígenas. Convertidos en guardianes permanentes de la paz, algunos han establecido campamento en la propia Plaza de Bolívar, en una imagen que nos evoca a los indignados que generalizaron sus protestas en Europa en la década anterior. Otros han convocado cabildos abiertos bajo la consigna de #pazalacalle y #AcuerdoYA. Recientemente lograron que el Presidente extendiera hasta el 31 de diciembre el cese bilateral de hostilidades, pero ahora quieren que ese día no se mueva ni uno solo más. Se proponen que las marchas logren convertir el 2016 en el año de la paz, para que ni un solo soldado o guerrillero vuelva a morir en combate en Colombia a partir del 1 de enero de 2017. Ese será el día que deberán salir a volar las mariposas amarillas para cubrir todo el cielo colombiano, tal como hacen las mariposas monarcas en Michoacán en México, también en el último trimestre del año. Ese debe ser el último día de la guerra en Colombia.

Los estudiantes nos dieron una lección de tolerancia y respeto en las gigantescas marchas que lograron frenar el intento del gobierno Santos para establecer abiertamente el ánimo de lucro en la educación superior. En mi época, toda marcha estudiantil terminaba en pedrea en la calle 26. Por el contrario, los actuales estudiantes universitarios culminaron sus marchas abrazando a la fuerza pública y poniendo claveles blancos en la punta de sus fusiles (Mientras eso sucedía, Pacho Santos, el ex Vicepresidente de Álvaro Uribe, pedía que se bloquearan las movilizaciones aplicando choques eléctricos). Son otras épocas y otras realidades. La esperanza y la rebeldía se mantienen intactas y se mantendrán por el resto de los días. Pero el actual movimiento estudiantil es menos dogmático, más respetuoso de las diferencias, más pragmático y más incluyente. Por ello, no tengo ninguna duda de que ellos tienen una de las llaves para destrabar el actual momento del proceso de paz.


Sin duda, el actual movimiento estudiantil no es santista, pero tiene enormes dudas sobre los intereses del uribismo, ya que ubica al ex presidente como el principal obstáculo para lograr la paz en Colombia. En eso están en total acuerdo con el reciente editorial del New York Times. Es un movimiento que no descansará hasta ver firmada la paz en Colombia. Tiene la fuerza de la séptima papeleta, la alegría de la Ola verde y la frescura y flexibilidad que se van perdiendo con los años.

Para los estudiantes el triunfo definitivo del NO representaría un retroceso en la historia colombiana. Sería un triunfo de las fuerzas que quieren impedir que se sepa la verdad que conocen ganaderos, militares, políticos y empresarios. Representaría una victoria para quienes quieren seguir excluyendo a las mujeres, a los homosexuales y a las fuerzas alternativas. Los estudiantes no tienen duda de que los acuerdos abren un nuevo escenario en el país para ampliar una democracia hasta el momento muy restringida. Ellos saben que la paz no se firma, sino que se construye en cada aula, en cada espacio público, en cada institución y en cada familia. Pero también saben que, para ello, no debe haber una sola bala más que enfrente a militares con guerrilleros. Ellos saben que, de los 44 procesos de paz en el mundo durante el siglo XX, en ninguno un solo guerrillero terminó en la cárcel. En todos los casos terminaron en las calles y en las plazas haciendo política, ganando muy lenta y difícilmente, el apoyo de la población. Y piensan que Colombia no debería ser la excepción. Al fin y al cabo, se quieren cambiar las balas por las ideas argumentadas. Esa es la democracia.

Cuando le preguntan a mi madre cuál es la canción más bella que recuerda haber escuchado, a sus 94 años, ella responde que Gracias a la vida de Violeta Parra. Desde hoy yo diré lo mismo. Gracias a la vida que los estudiantes se le han atravesado al Uribismo que salió a celebrar muy tempranamente el triunfo del NO, creyendo que con ello retornaría al poder y frenaría para siempre la verdad y la restitución de tierras. A diferencia de la mayoría de colombianos, los estudiantes universitarios colombianos no le tienen miedo a Uribe. Esa es una de sus mayores ventajas.

Por todo lo anterior, hay que reiterar con Mercedes Sosa:

Que vivan los estudiantes 
Porque son la levadura 
Del pan que saldrá del horno
Con toda su sabrosura.

*Director del Instituto Alberto Merani es consultor de Naciones Unidas en educación para Colombia. @juliandezubiria

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