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| 5/7/2014 10:00:00 AM

Nuestra ácida indiferencia

Un mes después del ataque a Natalia Ponce de León, una investigadora de Corpovisionarios analiza cómo se ha decantado la indignación frente a este acto de violencia y qué raíces tiene.

El mes de marzo se despidió con un ácido saldo: nuevamente una mujer fue atacada con ácido en Colombia. Por supuesto, la conmoción social y mediática no se ha hecho esperar. Al bombardeo frenético de noticias, análisis, cifras y recuentos del drama de las víctimas, se suman pronunciamientos y voces institucionales pidiendo endurecer las penas para victimarios. Los conmovedores relatos de los medios se trasladan a nuestra cotidianidad, y por estos días nuestras conversaciones dejan ver la preocupación por el grado de descomposición moral al que hemos llegado. En pocas palabras, hoy estamos muy indignados.

Pero cabe preguntarse si estaremos igual de indignados en dos semanas, en dos meses o en dos años; o si pasado un cierto tiempo llegaremos a naturalizar este tipo de agresiones y nuestra reacción no pase de ser un “uy, tenaz”.

Hoy hablamos de Natalia Ponce de León, la mujer que fue gravemente agredida por un hombre que, al parecer, se hizo pasar por su ex novio. Pero creo que la reflexión se debe dar más allá de este caso particular.

No dudo que la indignación social frente a casos críticos sea importante, pero si hacemos memoria, los ataques con ácido a mujeres en el país se vienen presentando como mínimo desde hace 10 años. Poco a poco han ido apareciendo en ciudades como Bogotá, Cartagena, Tunja, Manizales y van aumentando frente a nuestros ojos al punto de sumar 565 fatídicos episodios en los últimos diez años, según cifras de Medicina Legal. Tan solo en 2013 se registraron 36 casos, de los cuales 24 fueron contra mujeres y en buena parte de ellos los agresores han sido las parejas o ex parejas de las víctimas y el motivante los celos.

Pero, si nos indignan tanto este tipo de agresiones, ¿por qué autoridades y ciudadanos no hemos generado un rechazo institucional y civil contundente desde 2004, cuando fueron conocidos las primeros ataques?. Las razones, van más allá de Natalia Ponce de León o de las cifras.

En primer lugar, no hemos generado un rechazo contundente porque la violencia de pareja, donde la más afectada es la mujer, es quizás una de las más validadas y aceptadas culturalmente por los colombianos. Tan solo en Bogotá, un 7% de los ciudadanos está de acuerdo con que “cuando un hombre le pega a una mujer es porque ella dio motivos”, según resultados de la Encuesta de Cultura Ciudadana 2013. Y desde 2008, el resultado en esa misma encuesta se ha mantenido en que uno de cada diez bogotanos no haría nada si presenciara una agresión de un hombre contra su esposa.

En segundo lugar, no hemos generado un rechazo contundente porque nuestros modelos culturales de masculinidad obedecen al prototipo del “macho machito”, que hace respetar su honor y el de “su mujer” por la fuerza, marcando su territorio a trompadas. Este fenómeno ya ha permeado espacios como las universidades, pues un reciente estudio de cultura académica realizado en una importante institución colombiana revela que un 62% de los estudiantes hombres y un 44% de las estudiantes mujeres piensan que “a las mujeres les gustan más los hombres fuertes que se imponen”**.

No hemos generado un rechazo contundente, en tercer lugar, porque nuestra concepción cultural del amor es tan trágica como la de una telenovela. Justificaciones como “el que no sufre no ama”, “si me dejas no quiero vivir”, “si me cela es porque me quiere”, “eres mía” o “prefiero que estés muerta antes de perderte”, las encontramos por todas partes y hacen posible que frente a los mal llamados crímenes pasionales alguien pueda decir como si nada que “lo que pasó es que él la amaba tanto que la mató”.

Con estas creencias románticas en nuestra cultura, no es de extrañar que un 67% de las mujeres casadas del país haya sufrido situaciones de control por parte de su esposo, que el 50% haya experimentado reclamos por celos y que un 40% haya recibido empujones, ataques con armas y/o violaciones de su pareja ***.

Así las cosas, el ácido es tan solo un “refinamiento” en el mecanismo de la agresión. El problema central que tendría que escandalizarnos es que las agresiones contra mujeres son un 65% de la violencia intrafamiliar en todo el país pero pasa desapercibido por el machismo romántico de nuestra cultura que valida esta forma de violencia.

El problema es la ácida indiferencia a la que nos acostumbramos y de la que solo nos despertamos con cifras o nuevos ataques: ya no nos escandaliza el insulto, el grito, la amenaza o el golpe; nos escandaliza el ácido.

Si el problema de fondo es cultural, el antídoto que nos queda es el de la prevención y la educación. Más allá del recrudecimiento en las penas, es literalmente vital educar a nuestros hijos para que sean hombres dialogantes, cariñosos, compañeristas y respetuosos de las mujeres y de sus derechos. Pero si trabajamos solo con las mujeres víctimas, la mitad del problema se queda intacta.

Solo lograremos la equidad de género y la erradicación de la violencia contra las mujeres, si los hombres son nuestros aliados en ese objetivo. Por eso, es vital educar a nuestras hijas para que gusten de este tipo de hombres y no de los “chicos malos”. Es fundamental que pasemos de escandalizarnos con cada caso a comprometernos en un proyecto de cambio cultural de largo plazo orientado al rechazo rotundo de cualquier forma de violencia que rompa con nuestra indiferencia.

Alejandra Ariza es investigadora de Corpovisionarios

*Fuente: Encuesta de Cultura Ciudanada Bogotá (2003 a 2013) Corpovisionarios.
** Fuente: Estudio del Cultura Académica 2013, Corpovisionarios.
*** Fuente: Encuesta Nacional de Demografía y Salud, Profamilia, 2010.

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