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| 4/23/2016 9:00:00 AM

Es necesario mejorar la relación entre padres y colegios

La relación entre padres y colegios pasa por un mal momento. Con frecuencia, los docentes se quejan de que no logran las metas por no contar con el apoyo familiar.

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Semana Educación

Si hoy su hijo le dice que lo citaron al colegio la próxima semana, muy seguramente usted se preocupe e indague por qué. Es muy posible que le diga: “¿dime qué fue lo que hiciste para que me citaran?” Esto sucede porque, casi sin excepción, los colegios citan a los padres para llamarles la atención por los errores del menor y para indicar cómo reorientar sus comportamientos. Y si estamos en una reunión de docentes, es muy posible que los problemas de los niños se atribuyan a la personalidad o a los estilos de autoridad de sus padres.

Esta situación contradice lo que quiso establecer veinte años atrás la Ley General de Educación. En ese momento se buscó fortalecer la autonomía, la reflexión y la participación democrática. Se redefinieron los fines de la educación y se estableció el Programa Educativo Institucional (PEI) como una estrategia de desarrollo. En este contexto, se pensó que los padres deberían fortalecer el proceso formativo de sus hijos y, por eso, se les abrieron las puertas de las instituciones educativas.

Sin embargo, la Ley General fue desmontada durante la década anterior y la participación y la reflexión pedagógica fueron sustituidas por el control y el predominio que alcanzaron los aspectos administrativos. Debido a ello, retrocedimos en la reflexión, no avanzamos en calidad y equivocadamente intentamos convertir en gerentes a los directores locales y rectores, y en operarios a los docentes. El Ministerio de Educación (MEN) se equivocó al creer que el germen de los problemas era administrativo. Dado lo anterior, el PEI dejó de ser la carta de navegación y se convirtió en un documento formal que sólo existía para presentar a las autoridades educativas cuando éstas lo reclamaban.

En este punto, cabe mencionar la estrategia que implementamos durante la reforma educativa ecuatoriana de los años 1994-1995, cuando se encontraba a la cabeza del Ministerio quien posteriormente sería presidente del país: Rosalía Arteaga. Por medio de ella –la cual también se ha implementado durante dos décadas en el Instituto Alberto Merani– se invita a los padres y madres a que dediquen un día al año a la institución educativa en la que estén matriculados sus hijos. Durante esa jornada, los progenitores entregan sus conocimientos, afectos y experiencias al resto de niños. Quien sabe cantar lo hará ante niños de diversos cursos, y quienes conocen las reglas de los negocios, la construcción o la cocina, las compartirán con la comunidad; quien ha dedicado su vida a las preguntas sociales o científicas, intentará generarlas entre los compañeros de su hijo; y quien es docente, irá a desarrollar las competencias de los estudiantes.

Si ese día no pueden ir los padres, van los abuelos. De esta manera, el colegio se enriquece rescatando la sabiduría y el afecto de los más sabios de la tribu. ¿Se imaginan la alegría del nieto al saber que el abuelo irá a contar historias en su colegio?

La idea es muy sencilla: se trata de una jornada pedagógica en la que los niños y jóvenes se enriquecen con los conocimientos, afectos y oficios que dominan sus padres y abuelos. Y al mismo tiempo, se trata de crear y consolidar comunidad.

La comunidad educativa es decisiva para conseguir la calidad, ya que para garantizar el desarrollo de niños y jóvenes se tienen que articular diversos esfuerzos. Lo que hemos hecho hasta el momento en educación ha sido lo contrario: cada uno trabaja de manera aislada y fragmentada y, al hacerlo, entorpecemos la calidad.

Si cinco personas empujan un carro para lados distintos, el carro sencillamente no anda, y eso es lo que le pasa a la educación colombiana: como cada secretaría, institución, estamento y docente jala para su lado, no logramos impulsar el desarrollo de los niños y jóvenes a nuestro cargo. La práctica que expresa el dicho “cada maestrito con su librito” ha sido una desgracia para los niños y jóvenes colombianos.

La tarea esencial de la educación es favorecer el desarrollo integral de los estudiantes. Y eso no lo podemos hacer sólo los docentes. Ningún niño con bajo nivel de autonomía podrá resolver su problema si previamente no hacemos un trabajo con los padres de familia y si no los vinculamos a esta tarea común. Y lo contrario también es cierto: ninguna interpretación del proceso del niño es adecuada, si docentes y directivos no conocemos y comprendemos los procesos que se desarrollan en el hogar.

Por lo anterior, es absurdo que las instituciones educativas hayan distanciado a los padres de familia y es preocupante que los padres se hayan alejado de éstas. Necesitamos a todos los docentes trabajando para el mismo fin y en ese trabajo los padres son nuestros aliados y no los enemigos, como muchas veces les hacemos sentir. Una jornada pedagógica es un buen comienzo para reconfigurar esta relación.

*Cofundador y director del Instituto Alberto Merani. Consultor en educación de las Naciones Unidas. @juliandezubiria

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