Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2015/12/26 07:00

Los terribles días de diciembre

Las fiestas traen con su felicidad navideña lo peor. Filas interminables para comprar obsesivamente regalos, trancones, ladrones a la espera de las billeteras y la basura que los turistas dejan a su paso.

El lado oscuro de la navidad. Foto: Archivo Semana.

Salir por las calles de la ciudad en diciembre es cada día más tortuoso. El tráfico es imposible: las colas se bifurcan interminablemente por todas las calles. Los taxistas, con su acostumbrada gentileza, pasan vacíos, indiferentes ante el angustiado peatón que lleva horas esperando. Y, cuando por fin el transeúnte encuentra uno, los recargos y las curiosas primas navideñas aumentan según el tamaño de la familia del conductor.

Sin embargo, hay mayores peligros que la espera y que las propinas, a veces obligatorias, de los taxistas. La Policía Nacional advierte a los ciudadanos que el espíritu navideño ha contagiado a los delincuentes, pues en diciembre es cuando el fraude electrónico, la suplantación bancaria, el robo y el hurto alcanzan sus más altas proporciones. Así, rateros y estafadores encuentran en estas fiestas su mejor oportunidad para atracar.

Pero refugiarse de los rufianes, en la tranquilidad de la casa, se hace cada vez más difícil en diciembre. Los equipos de música escupen vallenatos a todo volumen mientras amigos y familiares se reúnen, para rezar muy cristianamente con whisky, ron, cerveza, y aguardiente las novenas.

Y, como si no fuera suficiente, los parlantes y las sillas plásticas invaden las vías. A pesar de que es ilegal cerrar las calles para festejar, las sillas testarudamente deciden tomárselas. Pues los voladores, los brindis, y las canciones de Pastor López, contagian con tal alegría, que el temor a las advertencias de los agentes se desvanece.

Entonces, solo queda huir, huir del hampa, de los trancones, y de los festejos decembrinos. Pero no hay lugar. Muchos de los mismos rufianes han decidido viajar para atracar en otras ciudades. Y las filas también se han trasladado a los supermercados, con sus terribles aires acondicionados, a los restaurantes, que han aprovechado para subir sus precios, y a las piscinas, que parecen estanques repletos de truchas.

Los jóvenes beben en los parques, se emborrachan, pelean y gritan. En las playas, el hacinamiento parece competir con el de las prisiones de Latinoamérica, pero con un reconfortante olor a bloqueador. Mientras tanto, las familias ven consumir sus ahorros en los viajes, en los regalos, hasta que por fin todos respiran más tranquilos cuando llega enero.

Las fiestas de diciembre traen con su felicidad navideña lo peor. Las filas interminables para comprar obsesivamente regalos, los trancones, los ladrones a la espera de las billeteras y la basura que los turistas dejan a su paso. Y todos tenemos que sonreír y oír villancicos y ver bonitas lucecitas.

*Historiador y docente.

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