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| 12/3/2017 10:55:00 PM

La luz de Prometeo: una reflexión sobre la Universidad

El profesor Mario Armando Higuera del Observatorio Astronómico Nacional de la Universidad Nacional explica, a manera de metáfora, cómo los campus universitarios son los lugares donde se conserva la llama del conocimiento.

"¡No lo haré! ¡No compartiré ni una chispa con ellos!”. Esas fueron las palabras que Zeus le dijo a Prometeo cuando él le pidió que le regalara un poco del fuego divino a la humanidad.

Cuenta la leyenda que Prometeo, el previsor, y Epimeteo, el lento, dos titanes hijos de Jápeto y Clímene, tenían la tarea de dar vida y habilidades a los hombres que habitaban la Tierra. Prometeo observaba que la humanidad vivía en condiciones muy difíciles porque carecía de todo, y le imploró a Zeus para que le regalara una pequeña chispa de su luz con la que pudieran mejorar sus condiciones de vida. Petición a la que el máximo dios griego respondió que no: “Si los hombres obtuvieran el fuego, podrían volverse fuertes y sabios”. Haciendo caso omiso a la advertencia, Prometeo de manera silenciosa entró en los dominios del Olimpo y robó una chispa de la llama de Hefesto y la sabiduría de las artes de Atenea para entregárselas a los hombres.

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Al enterarse de lo ocurrido, Zeus encadenó a Prometeo por un largo tiempo y para vengarse de los hombres envió una tinaja ovalada como regalo a la boda de Pandora y Epimeteo. La tinaja nunca tenía que abrirse porque contenía todas las desgracias para la humanidad, pero la novia, que tenía el don de la curiosidad, la abrió. El hambre, las plagas, el sufrimiento, el crimen y la pobreza entre otras muchas desgracias escaparon para ser el azote de los hombres. Pandora, al darse cuenta de su error, cerró la jarra y dejó en su interior a Elpis, la esperanza que se conserva. De ahí nace el clásico dicho: “La esperanza es lo último que se pierde”.

La inteligencia, la curiosidad y el conocimiento, fuegos propios de la libertad, son las características que nos diferencian de las demás especies. Esa chispa, nos fue dada hace seis millones de años en un remoto lugar de las estepas africanas en donde el primer humano dejó atrás al primate común del que evolucionó. Los dones lentamente transformaron la vida de este Homo hasta llevarlo a la civilización actual en la que los desarrollos en la ciencia y la tecnología transforman nuestro devenir de manera exponencial. Sin embargo, en el hombre también cohabitan otros atributos que atentan contra su grandeza, y que como Epimeteo, anteponen las acciones frente a los pensamientos y a la razón. La ineptitud, la pereza y la ignorancia, propias del ser atrapado, se solapan y se esconden en aquellos que utilizan la falacia para engañar usando argumentos falsos. Por fortuna existe la universidad para combatir esos bajos atributos.

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La universidad, cuyo término moderno se deriva del latín “universitas magistrorum et scholarium,” es el maravilloso lugar para cultivar las artes, las ciencias y el espíritu. Allí se reúnen las bibliotecas, los salones, laboratorios y escenarios en donde maestros, educandos y personas mantienen la chispa siempre encendida del conocimiento, uno de los valores más preciados de la humanidad. Bueno aunque es algo altruista decir que de toda la humanidad porque para millones de personas en el planeta, las escuelas y las universidades no existen o simplemente las desprecian por ser los escenarios para la discusión abierta y directa de ideas.

Por su parte dirigentes, políticos y empresarios no exaltan a la universidad, ni a la academia, ni a la investigación, ni a la ciencia como el gran bien público y social de una nación. Al contrario buscan aplicar recetas externas, alejadas de nuestra propia realidad, con el falaz argumento de que su desarrollo no encaja dentro de los criterios del mercado y la rentabilidad. De hecho atentan en contra de la democratización del conocimiento universal y la opción libre de cultivarlo.

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Flaquezas como el temor a enfrentar pensamientos estancados, a cuestionar mandatos milenarios, a poner en duda lo establecido, a romper cadenas y a dejar que el espíritu innovador, creativo y transformador sea el norte, son el triste valor de muchos que, cobijados por los cantos de las ninfas, abren la caja de Pandora para dejar que, desgracias como el poder, la avaricia, la soberbia y la trivialidad, exaltadas y difundidas a través de los medios, llenen los pensamientos de las personas y en su conjunto le resten la esperanza a la sociedad.

La luz de Prometeo nos ha sido dada a todos sin distinción y como tal, somos todos responsables de mantenerla siempre viva e iluminando el horizonte de la humanidad y de nuestra existencia.

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