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| 7/19/2014 10:00:00 AM

Una lección desde las canchas

El deporte puede y debería tener un impacto mucho mayor en la formación ética y pacífica de las sociedades que lo practican.


Óscar Tabárez, director técnico de Uruguay, intentando defender un acto indefendible de su máxima estrella, Luis Suárez, afirmó que “estamos en un Mundial de fútbol, no en un Mundial de moral barata”. El presidente Pepe Mujica, reconocido por su independencia de criterio, humildad y originalidad, también terminó justificando las acciones impulsivas del jugador cuando se ‘despachó’ contra la FIFA.

Pese a estas desafortunadas declaraciones hay cientos de ejemplos de cómo un deporte que genera pasiones, y que ya ha producido guerras nacionales, efectos económicos, sociales y políticos impredecibles –como ocurrió en Brasil al organizar el Mundial– también debería ser esencial en la formación ética y pacífica de las sociedades. Sobre todo ahora que la televisión y los medios masivos de comunicación lo han convertido en el mayor fenómeno de masas contemporáneo. Esto, que es claro para el fútbol, también lo vemos en otras actividades deportivas.

En el béisbol, por ejemplo, el mánager les exige a los jugadores que bateen no según lo que ellos quieran, sino según las necesidades del equipo. Una jugada muy común se presenta cuando el director técnico le pide al bateador que se deje ‘ponchar’ para que impulse a un jugador a una base más. Esta jugada se conoce como ‘bateo de sacrificio’.

En el ciclismo ocurre lo mismo. Los jugadores se consagran en beneficio de un corredor que tiene mayor posibilidad de ganar una competencia. El director técnico envía a algunos ciclistas a que realicen arrancadas veloces y ‘escapadas’, con el fin de malgastar las piernas de los contrincantes. Ellos y los demás corredores se agotan en este esfuerzo. Cuando eso pasa, el líder del equipo sale de la parte posterior del pelotón y tiene menos contrincantes.

El deporte premia el esfuerzo. Por ejemplo el caso de Alemania y Hungría en el Mundial de 1954. En la fase de grupos, Hungría ganó 8 a 3. Cuando se volvieron a encontrar en la final, a pesar que a los diez minutos todos presagiaban un resultado similar –ya que se imponía por un marcador de 2 a 0–, Alemania logró el milagro de Berna: remontó el marcador y terminó venciendo el partido por 3 a 2.

El deporte castiga la trampa de la suficiencia. En las eliminatorias para los Olímpicos de Australia, Colombia estaba prácticamente clasificada antes de su último partido. Solo una derrota por un marcador superior a 7 a 0 la dejaba por fuera de los Juegos. Sabiendo eso, el confiado entrenador puso a jugar a toda la suplencia contra Brasil como si se tratara de un entrenamiento. Para vergüenza nacional, Colombia perdió 9 a 0 y quedó eliminada.

El deporte castiga la soberbia y la falta de trabajo en equipo. En las eliminatorias para el Mundial en Estados Unidos, Colombia logró derrotar a Argentina 5 a 0 en el Monumental de Buenos Aires. Muchos aficionados hicieron un razonamiento muy simple que a la postre resultó totalmente falso: si Argentina es campeón mundial y nosotros la goleamos, entonces nosotros somos campeones mundiales.

La triste realidad le mostraría a todo un país que la ley de la transitividad no se aplica en el deporte y que para ganar no basta con dedicarse exclusivamente a la dimensión física: hay que desarrollar la inteligencia intra e interpersonal de los jugadores para confrontar los liderazgos negativos, bloquear las presiones externas, manejar la frustración, desarrollar la persistencia y cohesionar al equipo. Así lo demostraron las selecciones de Costa Rica y Colombia en este Mundial.

El deporte también premia la planificación. Para ganar un Mundial o unos Juegos Olímpicos, todo un país tiene que detectar y promover el talento, crear escuelas deportivas desde la más tierna edad y contratar a los mejores directores técnicos para que orienten a sus deportistas. Esto solo es posible con apoyo e inversión del gobierno y el sector privado y vinculando a toda la sociedad en la consecución de esa meta nacional.

El deporte solo tiene sentido cuando se juega limpiamente, respetando a los contrincantes. En la copa de Holanda del 2006, uno de los jugadores del Ajax intentó devolver el balón al equipo contrario en una jugada de fair play, pero por error “colgó” al portero e introdujo el esférico en la red. Al reiniciar el partido, los jugadores del Ajax se quedaron completamente quietos para que el rival pudiera hacer el gol que compensara el error de su contrincante.

A pesar de que el deporte es uno de los medios más importantes para la formación ética de las sociedades, también puede cumplir un papel negativo en ese mismo sentido. Su comercialización y los multimillonarios ingresos que comenzaron a ganar los deportistas –ahora convertidos en máquinas de hacer dinero– han generado múltiples casos de dopaje por la presión de ganar.

El deporte está expuesto a la presencia de mafias que quieren prostituir el deporte y que responda a los dictámenes del dinero y no del esfuerzo y el entrenamiento sistemático y dirigido.

Por eso emociona ver el papel que cumplió la Selección Colombia, que integró al país y formó una visión más esperanzadora y colectiva de futuro. Sin embargo las celebraciones agresivas, con riñas y muertes, nos vuelven a mostrar lo que nos falta por hacer para formar una nación más tolerante, incluyente y respetuosa.

Didier Drogba, capitán de la selección de Costa de Marfil, puso el fútbol al servicio de la paz en su país. Después de clasificar por primera vez al Mundial del 2006 invitó a deponer las armas y a convocar unas elecciones limpias con participación de todos. Ojalá James, Yepes y todo el equipo de fútbol nacional nos ayuden a consolidar una sociedad más democrática, pacífica e incluyente.

Por ahora recordemos las palabras del capitán del equipo nacional africano. "Ciudadanos de Costa de Marfil, del norte, sur, este y oeste, les demostramos que podemos convivir y jugar juntos. Les pedimos de rodillas que nos perdonemos los unos a los otros. Dejemos las armas y organicemos unas elecciones libres”. Una semana después, los dos bandos habían dejado atrás la guerra civil.

De Zubiría es fundador y director del Instituto Alberto Merani (correo@institutomerani.edu.co)
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