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El nuevo Bronx podría quedar al lado de este colegio

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Semana Educación

Poco se habla de los niños que día a día tienen que llegar al colegio que por años estuvo cerca de la olla más grande del país y que ahora está justo al lado de la nueva que se está gestando.

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En toda gran ciudad existe "un roto". Un lugar al que acuden las almas perdidas. Algunas para acabar de quebrarse; otras para mantenerse en un estado perpetuo de entumecimiento. El Bronx fue el de Bogotá hasta hace una semana, cuando más de 2.500 agentes de diferentes unidades policiales, acompañados por el Ejército, entraron a la fuerza en este sector ubicado en la localidad bogotana de Los Mártires.

Los uniformados, ataviados con armas, escudos, perros y explosivos, desmantelaron esta olla del narcotráfico y la drogadicción que funcionaba a pleno rendimiento día y noche desde la década de los 90, brindando cobijo, vicio o lucro a cerca de 3.000 personas. Eso los días de diario, porque los fines de semana la cifra rondaba las 5.000.

Hoy, de “la república independiente del crimen en el centro de Bogotá”, como la denominó el alcalde Enrique Peñalosa, solo queda el recuerdo, mucho polvo y edificios destartalados a la espera de ser demolidos.

El roto ya no está. No está físicamente, porque el problema se mantiene. Pero lo hace desde otra localización: a cinco cuadras del Bronx y a dos de la Plaza de España, en una calle angosta bautizada como Cinco Huecos que comparte uno de sus muros, el oriental, con el colegio Liceo Nacional Agustín Nieto Caballero.

Es ahí donde han ido a parar parte de los habitantes de la calle y los consumidores de droga que no quisieron acogerse a la ayuda que brinda la Secretaría de Integración Social del Distrito por medio de sus centros de acogida. Según fuentes oficiales, 1069 personas sí lo hicieron.

Más de una centenar de almas rotas se mantienen día y noche en Cinco Huecos, mientras al otro lado del muro los estudiantes de la institución educativa oficial aprenden matemáticas, lengua, historia; juegan al fútbol, al baloncesto, saltan a la cuerda, y ahora también tratan de adecuarse a la presencia de los nuevos inquilinos de la calle aledaña.

“¿Qué va a pasar cuando la policía se vaya? Porque hay un ambiente muy pesado”, se cuestiona un joven de 15 años. “Peñalosa debió pensar que los que vivimos alrededor del Bronx también nos íbamos a ver afectados”, reflexiona Carol de 12 años. “Los habitantes de la calle hacen sus necesidades fuera del colegio y cuando calienta el sol los olores son insoportables  y sufrimos”, añade Lorena de 16.

El Agustín Nieto tiene 886 niños matriculados con edades comprendidas entre los 3 y los 19 años. Los días posteriores a la intervención de la olla sólo acudieron a clase 486. Hoy llegaron cerca de 600, indica Jairo Rodríguez, rector del colegio, quien vaticina que esta situación “va a generar mucha deserción”. Explica que los padres están preocupados y están reubicando a sus hijos en otros centros.

El rector también perdió durante la intervención policial a 65 niños que vivían en el Bronx y a los que el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (Icbf) reubicó en los hogares que gestiona. Estos niños hacen parte del grupo de 136 menores que, de acuerdo a Cristina Plazas Michelsen, directora de este ente gubernamental, fueron “rescatados de las garras de los criminales” que los utilizaban para “cometer actos delictivos y también induciéndolos al consumo de droga”.

Jairo Rodríguez lleva cuatro años al frente del colegio. En este tiempo ha tenido que enfrentar muchas situaciones complicadas, algunas incluso macondianas. Por ejemplo, cuando empezaron a desaparecer las cucharas del comedor porque, supuestamente, sus estudiantes las intercambiaban por droga. O cuando se topó con la dura realidad de dos de sus estudiantes de 9 y 13 años a las que el padrastro violaba sistemáticamente. También se encaró a una trabajadora sexual, madre de 12 de sus estudiantes, a la que tuvo que decirle que se cuidara mientras ejercía su oficio.

A pesar de las problemáticas que arrastran muchos de estos niños y adolescentes, algunos hijos de recicladores, habitantes de la calle o prostitutas, Rodríguez no quiere que se les estigmatice por su contexto porque "ellos no tienen la culpa de lo que sucede a su alrededor". 

Asegura que, como en cualquier colegio de Bogotá, en el Nieto Caballero hay altercados, violencia y se consume y vende droga, simplemente que aquí se la dejan a 3.000 pesos la dosis, mientras que en el norte cuesta 20.000.

"Mis chicos son juiciosos”, repite por enésima vez. Pero en esta ocasión lo hace con la mirada cansada. La mirada de quien ha tenido que convencer una y otra vez a sus interlocutores de que lo que dice es cierto. 

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PARA EL DEBATE

¿Cree que la decisión de desmantelar el Bronx es la solución para darle estabilidad a la localidad de los Mártires y garantizar el derecho a la educación de los niños que ahí estudian? Deje Sus comentarios en nuestro twitter @SemanaEd y @JuliaAlegre1

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