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La historia del profesor que da clases con chaleco antibalas

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Semana Educación

Además de ser una medida de protección, lo usa para explicar a sus alumnos las problemáticas de Ciudad Bolívar, localidad donde vive y trabaja.

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Andrey Téllez se para en la puerta de su casa, el mismo lugar donde ha tenido que recoger panfletos que amenazan con acabar con su vida. Sin titubear ni balbucear siquiera una oración, agarra su motocicleta y, como él explica, enfrenta la probabilidad de morir en la próxima esquina. Es la misma sensación que comparte con 7.202 personas en el país que solicitaron el primer semestre de 2017 una medida de protección a la Unidad Nacional de Protección (UNP) por recibir amenazas de muerte.

De camino hacia la Institución Educativa La Arabia, donde ejerce como docente provisional desde hace un mes, Andrey toma una ruta distinta, asegura que prefiere no usar el mismo camino, porque ya ha visto ‘personajes raros’ siguiéndolo. Aunque tiene momentos en los que prefiere no dejar nada a la suerte, actúa como si tuviera puesta una armadura contra el mal y se cree invencible.

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Por ejemplo, esta vez va a 60 kilómetros km/h, no porque le tema al hombre que la Policía acaba de arrestar a un lado de la vía, sino porque va tarde a su clase de Ética.

La clase empezaba a la una de la tarde y Andrey pide disculpas a sus estudiantes a la 1:40. Le quedan 20 minutos para hacerlos reír con sus ejemplos, para que aprendan sobre los casos de vida de otros jóvenes de Ciudad Bolívar que pudieron salir adelante aún cuando no tenían cómo hacerlo. A las dos, cuando acaba la clase, nadie ha dicho nada de su chaleco antibalas que se ha quitado frente a sus alumnos.

Muy pocos en Ciudad Bolívar saben que el profesor de Ciencias Sociales y Ética lleva un escudo contra la muerte. Para que no lo noten, antes de salir de su casa, en Potosí, se abrocha con esfuerzo una chaqueta impermeable que cubre por completo su torso. A ojos de sus hostigadores, el profe es un blanco fácil; a ojos de sus estudiantes la primera vez que lo vieron, era un policía.

En ese momento tuvo que explicarles que los chalecos antibalas también los usan líderes, docentes, personas en riesgo y que el Estado tiene la responsabilidad de proteger a los ciudadanos. “El chaleco ha sido en especial una herramienta pedagógica para mostrar la crudeza del mundo y, sobre todo, para que entiendan las problemáticas de la localidad que de otra forma sería aburrida para ellos”, señala Andrey.  

Sus compañeros, en cambio,  le esquivaban la mirada y hasta el momento no se han atrevido a preguntar porqué un docente provisional lleva puesto un chaleco antibalas a su puesto de trabajo.

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“Colombia, el país donde los maestros se presentan a su nuevo colegio con chaleco antibalas. Hoy me pasó. Triste realidad”, escribió en su cuenta de Twitter el rector la Institución Educativa La Arabia, Andrés Hortúa, el primer día de trabajo de Andrey.

Él fue la única persona que quiso conocer la historia del profesor del chaleco antibalas. “Me dijo que fue amenazado en dos ocasiones, que no podía quitárselo, porque en caso de que le hicieran algo y no lo llevaba puesto, el Estado no le respondería a su mamá”, señala el rector a Semana Educación.

“Entre más ladren los perros más vamos a luchar”

Desde 2014, Andrey ha trabajado con la mesa ambiental ‘No le saque la piedra a la montaña’ para proteger los cerros de Ciudad Bolívar que han sido explotados por mineros ilegales, según denuncia. En esta labor no está solo: junto a otros habitantes de Potosí, ha tratado de que ese terreno vuelva a tener un uso público. Allí se encuentra el famoso árbol del ahorcado donde culmina la procesión del viacrucis cada año.

“Una de las razones para solicitar protección fue una amenaza directa de un vigilante que cuidaba la montaña, la que ahora tiene el paso restringido. Él me dijo que era mejor que no peleara por asuntos que no me importaban. Una vez no soporté sus amenazas y nos fuimos de puños. Luego llegaron panfletos a mi casa, decían que me tenía que ir o sino me mataban”, cuenta.

Dice que días después llegaron supuestos policías a su casa preguntando con quién vivía, qué hacía, a qué hora se iba a trabajar, con la excusa de que estaban haciendo una encuesta de percepción de seguridad en el barrio.

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En el proceso de probar que su vida estaba en peligro, en 2014 presentó un formulario de solicitud de protección a la UNP que incluye la denuncia formal y una fotocopia de la cédula. Esperó dos años y esta entidad le entregó en octubre de 2016 un chaleco antibalas y un celular para llamar a las autoridades policiales en caso de encontrarse en peligro.

La UNP también evaluó el peligro al que estaba expuesto por parte de las bandas que controlan el microtráfico en Ciudad Bolívar. Andrey  cree que está en la mira de estos grupos delincuenciales por arrebatarles los jóvenes que eran presas fáciles del consumo y venta de psicoactivos. A su puerta le empezaron a llegar otros panfletos que atentaban contra su vida. Durante ese tiempo, sin protección, Andrey tuvo que irse de su casa.

¿Vale la pena?

Es la pregunta que se hace la madre de Andrey, quien vio partir a su hijo de la vereda Pio XII, en el municipio de Guaymaral, Meta, en busca de lo que no había en esta zona: un futuro.

“Estudié mi licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad Pedagógica Nacional y fue allí donde terminé de formar mi carácter ya influenciado por mi abuela, quien me enseñó cómo se siente la indignación y lo que se puede hacer con ese sentimiento. Mi padrastro, que al cuidar a su hijo biológico y a mí, me enseñó la igualdad y la justicia, y mi mamá, quien me enseñó a no callar nada y ser berraco”, relata el profesor. Dice que, a pesar de que su madre no está de acuerdo con que viva en Ciudad Bolívar, cree que sí vale la pena ayudar a jóvenes tan comprometidos con su localidad que solo esperan tener una oportunidad.  

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“Cuando trabajaba en el Instituto Educativa Cerros del Sur (IES), un colegio que además se ha convertido en nuestro centro comunitaria porque une a la localidad en una lucha ambiental como es la construcción del parque Cerro Seco, los chicos me enseñaron a persistir. Tengo el caso de una estudiante que reprobó el exámen para ingresar a la Nacional y a la Pedagógica tres veces y, aún así, se preparó y hoy por fin está a punto de culminar su licenciatura en Matemáticas”, relata.

Andrey afirma que no es el único profesor que debe acudir con chaleco antibalas a ejercer su labor en el país. Conoce de otros que, como él, no dejan nunca de ir a sus puestos de trabajo con un objetivo claro: seguir formando a sus estudiantes, a pesar de los peligros a los que están expuestos. Incluso la UNP tiene un procesos de solicitud de protección especialmente para docentes. También existe el Comité Especial para la Atención de Educadores Estatales Amenazados, que manejan los 95 entes territoriales certificados, donde los profesores pueden dirigir sus denuncias.

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