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La bibliotecaria con síndrome de Down que habla dos idiomas

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Semana Educación

Tatiana Liévano se pasa los días leyendo cuentos en español e inglés a niños de entre 2 y 5 años. Su condición nunca ha sido una barrera: ella les enseña que los límites los ponen las personas.

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Son las seis de la mañana y la lluvia y el frío de Bogotá no da tregua, pero ella, con una sonrisa que no le cabe en la cara, ya está lista para ir a su lugar de trabajo.

Sale por la puerta y se dirige al vehículo. Al volante, la espera su madre, encargada de llevarla al lugar donde “le cambiará la vida de los niños”, explica orgullosa. Prende el carro y toman el camino hacia el jardín infantil Ecokids, lugar en el que Tatiana Liévano se desempeña como bibliotecaria y donde brinda conocimientos y experiencias distintas de lectura (en español y en inglés) a niños con edades comprendidas entre los 2 y los 5 años. “A través de los cuentos los chicos aprenden a pronunciar mejor”, asegura la joven.

Tiene 30 años y sabe que no es igual a las demás compañeras de trabajo. “Soy especial y me enorgullezco de ello” afirma desbordada de alegría. Nació con síndrome de Down pero su condición no ha sido impedimento para desarrollar todo su potencial: es bibliotecaria, supervisa que todo esté en orden en el jardín, pinta, baila, escribe poemas, canta y es tan consentida que le gusta que se dirijan a ella como “Mi Tatis”.

Estudió hasta octavo grado en un colegio de secundaria de la capital, pero debido al nivel de exigencia de las clases “normales” no pudo seguir el ritmo y prefirió retirarse. “Decidimos como familia vincularla a la Corporación Síndrome de Down, donde le han brindado el acompañamiento que necesita y le complementan la formación”, explica  María Cristina, madre de la joven y a quien Tatiana considera su “compañera de vida”.

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En esta fundación aprendió a hablar, leer y escribir en inglés, aunque todavía le cuesta mantener conversaciones complejas en el idioma. Todavía sigue aprendiendo. Ella no deja nunca de aprender.

Compromiso con su profesión

En el camino hacia el trabajo, metida en el carro, planea en voz alta lo que hará durante la jornada. Este día es especial. Lo llaman el Día del Saludo porque se recibe a los niños con canciones y bailes, algo que sucede en el jardín cada semana. De repente se calla y con voz firme empieza a recitar de memoria uno de sus poemas favoritos de Rubén Darío:

Margarita, te voy a contar 
un cuento: 
Esto era un rey que tenía 
un palacio de diamantes 
una tienda hecha de día 
y un rebaño de elefantes...”

El carro se detiene delante del jardín tras 25 minutos de trayecto. Si hay trancón, el viaje se alarga hasta los 45. Tatis se despide de su madre con un beso y un abrazo de esos que hacen sonar los huesos, y se dirige a la oficina de Libia Ortíz, rectora de la institución -o “jefe mayor” como la llama ella-, para que le informe de las tareas pendientes. “Ingresó como auxiliar de una de las maestras en agosto de 2014. Al año decidimos que la trasladaríamos a la biblioteca. Trabaja cuatro horas diarias en las que debe desarrollar distintas actividades de supervisión de materiales, salones y especialmente, ser la bibliotecaria”, explica Ortiz.

Su jornada laboral comienza con un recorrido por todo el jardín. “Las letras y carteles deben estar en su puesto, nada puede faltar”, comenta mientras recorre cada espacio. Luego de presentar su informe diario, se dirige a la biblioteca a organizar los libros.  “Los cuentos que más les leo a los niños son el del Conejo y el sombrero, Matilda y Pinocho. Siempre los piden y a mí me gustan mucho”, explica mientras los ordena por colores en la estantería.

A Tatis le gusta pintar mandalas en su tiempo libre. También escuchar música y ver los videoclips en Youtube. “Eso me distrae”, dice. Según su madre, nunca ve televisión, “así le insistamos que hay un programa que le puede interesar o queremos que nos acompañe a su papá y a mí a ver una película, se niega rotundamente, a ella le gusta más sentarse a escribir o pintar en madera”.

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Para Tatiana no existen limitaciones, relata María Cristina. Ha ganado varias medallas en natación y por lo menos una vez al mes sale de rumba con sus amigos. Deja escapar cierto nerviosismo y una sonrisa inmensa cuando habla de su novio, con quien lleva seis años de relación. “Él trabaja para una firma de arquitectos a la que va por la tarde. Tiene el mismo síndrome que yo y se siente igual de orgulloso. Por eso lo amo”, cuenta.

Una persona diferente, no especial

La hora del saludo ha llegado, y Tatis busca un espacio entre los cerca de 100 niños reunidos dispuestos a bailar. Ella es la primera en moverse y contonearse al ritmo de la música, y su alegría contagia a grandes y pequeños. Los menores se disputan el privilegio de tomar su mano para saltar y brincar con ella. Y es que, como aseguran sus compañeros y la propia rectora, Tatiana ha logrado ganarse el cariño de los estudiantes desde que ingresó al jardín. Ellos la obedecen y respetan, confirma con un tímido ‘si’ y con un balbuceo Manuel de cuatro años.

Tras esta sesión de danza y agite, todos vuelven a las aulas. Tatis se dirige a la biblioteca a leer a su primer grupo de estudiantes. Hoy toca un cuento en español, mañana tocará en inglés. “Una linda mañana un perezoso se escondió entre las ramas”, les lee sin prescindir de los movimientos exagerados y teatrales y los diferentes tonos de voz para diferenciar cada personaje. “El cocodrilo lo esperó en el árbol y capturó la pierna del oso”, continúa mientras los niños sentados enfrente de ella la escuchan con emoción y sorpresa.

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La jornada laboral de Tatiana termina las once la mañana. Antes, diligencia el formato de autoevaluación que debe completar y entregar a la rectora a diario.

Mientras espera a que su madre la recoja, se dirige sonriente a la puerta con la satisfacción de haber cumplido con su deber y con los niños, a los que acompaña cada día con sus lecturas. Para ellos siempre tiene la misma frase de aliento: “Si yo puedo hacer grandes cosas, ustedes también pueden y deben sentirse orgullosos de lo que son”.

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