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| 8/26/2017 10:15:00 PM

El cineasta español que conoció las entrañas de Corea del Norte

Para la realización de su aclamado documental ‘The Propaganda Game’ (2015), Álvaro Longoria tuvo acceso privilegiado al país más hermético del mundo. Desde Madrid habló con SEMANA sobre esa nación y los vientos de guerra que soplan desde allí.

SEMANA: Algo que llama la atención de su documental es una obviedad, que en ese país vive gente común y corriente…

Á.L.:Dicen que en el país hay unos 200.000 prisioneros políticos en campos de concentración, pero hay 25 millones de personas afuera que llevan vidas relativamente normales. Me sorprendió mucho ver estudiantes, agricultores, gente para la que la vida continúa y que a pesar de vivir en condiciones complicadas se han adaptado.

SEMANA: La película muestra cómo el gobierno norcoreano vigila y controla todo, ¿pudo presenciar algún momento de espontaneidad por parte de la gente?

Á.L.: Hay un momento en el que entrevisto a un señor que encuentro en el metro y de repente el tipo se pone a sudar porque se da cuenta de que ha caído en una especie de trampa. Allí hablar con un extranjero es muy peligroso, porque si dices algo equivocado, te puedes meter en problemas. Siempre hay alguien escuchando, eso acaba con la espontaneidad.

SEMANA: Todo es un montaje…

Á.L.: Pero lo cierto es que cuando vas a ver esas puestas en escena, las personas no saben actuar como gente normal. Por ejemplo, me acuerdo que estaba en un parque de atracciones y entrevisté a una familia que estaba allí. Pues bien, cada vez que me contestaban se ponían de pie, en plan militar. Eso, a su modo, es espontáneo.

SEMANA: ¿Cómo funciona la propaganda en ese país?

Á.L.: Es la más primitiva, la que más se ha usado en los regímenes comunistas: una sola fuente de información que repite constantemente lo mismo, de tal manera terminas creyéndolo. Y la gente tiene el sistema tan interiorizado que es como si se tratara de una religión.  Al ser un país tan hermético, tampoco creo que sean conscientes de cómo es la realidad fuera de su país, con lo cual muchos pueden estar felices con su día a día.

SEMANA: ¿En algún momento estuvo a punto de creer en el discurso oficial?

Á.L.: Llegó un punto en el que me di cuenta de que me estaba afectando, de que me lo estaba creyendo. Cuando salí Corea del Norte, tan solo 10 días después, ya tenía algo de síndrome de Estocolmo. Si viviera allí, estoy seguro de que creería en el sistema totalmente. Te das cuenta de que la propaganda funciona. Igual nos funciona a nosotros en nuestros países. Creo que es muy interesante el ejercicio de pensar que no solo manipulan a otros, sino que también lo están manipulando a uno.

SEMANA: También hay propaganda sobre Corea del Norte que se hace desde fuera…

Á.L.: Claro, si a ti solo te llegan noticias de que los líderes de Corea del Norte están locos, al final te lo acabarás creyendo. Una de las reglas básicas de la propaganda según Goebbels es hacer que tu enemigo parezca un monstruo. Kim Jong-un parece un loco en posesión de un botón con el que quiere matarnos a todos para luego suicidarse y aniquilar a su país. Esa no es la realidad.

SEMANA: Si no es ese loco que pintan los medios, ¿cómo lo define usted?

Á.L.: El símil más perfecto para definirlo es el de los emperadores chinos o japoneses antiguos. Es una especie de semidiós vivo o representación de Dios en la Tierra. Es un ser todopoderoso y digno de admiración haga lo que haga. Es distinta a la relación que hay en occidente con reyes y gobernantes, nuestra cultura no es la misma.

SEMANA: ¿Cree que el pueblo norcoreano está dispuesto a morir por su líder?

Á.L.: En la cultura asiática existe la idea del bien del grupo por encima del bien individual, algo que viene de Confucio. Si alguien muere por su emperador, es lo mejor que le puede pasar. Nosotros venimos de la cultura grecorromana en donde el individualismo es fundamental. Un hombre un voto, por eso nos cuesta tanto entenderlo. Se dice que cuando murió Kim Jong-il, disidentes que habían huido del país  y que estaban refugiados en otros lugares lloraban la muerte del líder, algo alucinante.

SEMANA: Una de las cosas más difíciles de comprender es la filosofía juche que rige al país. ¿Qué entendió sobre ella?

Á.L.: Yo creo que no deja de ser un coctel entre religión, filosofía, libro de instrucciones, manual de buenas prácticas. Está un poco inspirada en el Libro rojo de Mao, y como en el caso de todos los buenos dictadores se basa en la idea de tener un manual que todo lo explica y justifica. Pero creo que en el fondo no es más que una excusa, un mejunje de cosas que les permite a los líderes de Corea del Norte decirle a todo el mundo cómo deberían actuar y pensar. Pero tampoco es algo muy definido, yo me he leído los libros del juche y no entiendo nada. 

SEMANA: Incluso a los oficiales norcoreanos les era difícil explicarlo en su película...

Á.L.: Es que creo que lo mejor es que no se entienda, porque cuando nadie entiende, ellos pueden decir que lo que pasa es que hay que saber interpretarlo, y el que lo interpreta es el que manda. 

SEMANA: Algo muy llamativo de su película es que el oficial que le permite entrar a grabar no es norcoreano sino un español, ¿quién es y cómo fue su relación con él?

Á.L.: Se llama Alejandro Cao y es un español que se enamoró del sistema comunista más radical. En su búsqueda se encontró con Corea del Norte y se convirtió en un ciudadano norcoreano honorífico y miembro del Ejército. A los norcoreanos les costó mucho dejarlo entrar, pero al final sí que lo han hecho. Es una especie de conexión con el mundo occidental que ellos no entienden muy bien.

SEMANA: ¿Cómo lo convenció de dejarlo entrar?

Á.L.: Tardé un año en que me diera esa autorización, y él fue quien me permitió tener mucho más acceso que cualquier otro extranjero que va allí. Porque los extranjeros que van por lo general son periodistas y los tienen totalmente controlados. Es muy difícil que tengan un contacto real con nadie, si hablan con un norcoreano, es con uno que se ha preparado muy bien. Yo tenía más libertad, y eso fue gracias a Alejandro.

SEMANA: ¿Cómo fue recibido el documental en Corea del Norte?

Á.L.: Cuando les enseñé la película  no me reprocharon nada, pero me dejaron en claro que allí sería inaceptable exhibirla, que la gente no la entendería. Alejandro dijo una cosa que me encantó. “Es la primera vez que se ve a un norcoreano comiéndose un helado, solo con eso yo me doy por satisfecho”. 

SEMANA: Dos años después, ¿qué cree que fue lo que más aprendió de Corea del Norte?

Á.L.: Que este es un país diseñado para prevenir que los ataquen. No es el enemigo peligroso que puede atacar a Estados Unidos. Es una potencia nuclear, una bastante primitiva, pero una potencia nuclear. Sin embargo, de lo que sí estoy absolutamente convencido es que no hay ninguna posibilidad ni ningún escenario en el que ellos atacarían primero, eso no va a ocurrir nunca.

SEMANA: Pero  han amenazado con atacar Guam…

Á.L.: Es que sería un suicidio. Por muy loco que estés, y tampoco creo que estén locos, el suicidio es el último recurso. Ellos utilizan estas amenazas como una forma de defenderse. Si tú me atacas, yo te puedo soltar una bomba en Guam, si tú me atacas, yo puedo atacar a Estados Unidos, pero si no me atacas no. ¡Guam!, para qué van a atacar a Guam, si ahí no vive nadie.

SEMANA: Pero con una contraparte como Donald Trump. ¿no cree que la confrontación militar sí es una posibilidad?

Á.L.: Yo confío en que los estadounidenses puedan controlar a su presidente y evitar que haga un ataque. Me parece que en este momento es más inestable Trump que Kim.

SEMANA: ¿Qué puede llevar a Trump a declarar una guerra allí?

Á.L.: Pues nunca se sabe, hay muchos intereses distintos. Cuando uno ve la prensa no se habla por ejemplo del papel que tiene China. El país tiene dos fronteras operativas, una con China y otra con Rusia. Por cierto, a Rusia tampoco nadie lo menciona, pero no olvidemos que es uno de los mayores proveedores de petróleo de Corea del Norte.

SEMANA: ¿Quién se beneficia de esta tensión en la región?

Á.L.: Muchos. Para los líderes norcoreanos la situación es ideal, porque les permite echarle la culpa de todo a los Estados Unidos y excusar lo que sea con motivo de la seguridad nacional. Y a los Estados Unidos le viene fenomenal, porque tiene a este enemigo que no deja de ser un país enano muy pobre y que tiene una tecnología de los años sesenta. Es un enemigo muy cómodo. Lo cierto es que quienes salen peor parados en todos los posibles escenarios son los habitantes de Corea del Norte. Como decimos en España, están jodidos: Están jodidos ahora, están jodidos si los atacan y están jodidos si se reunifican con Corea del Sur, porque pasarían a ser ciudadanos de segunda.

SEMANA: ¿De dónde sale el dinero para mantener el sistema en Corea del Norte?

Á.L.: Llevo muchos años investigando ese tema, y todavía no sé de dónde sale. Lo que sí sé es que entra por China. Mucha gente dice que es dinero producto del tráfico de armas, de drogas, de los minerales... hay todo tipo de teorías. Lo que sí está claro es que si los chinos no quisieran que Corea del Norte existiera, no existiría.

SEMANA: ¿Cómo es su propia relación con Corea del Norte?

Á.L.: Me da un poco de tristeza el país, porque no veo que esté evolucionando en una buena dirección. Hay gente muy buena, gente normal, y ves todos los días en las noticias lo que está pasando y cualquier día, cualquier error de cualquiera puede acabar en una masacre. El verdadero peligro es que alguien dispare por error, que salga un misil mal direccionado o que los estadounidenses decidan hacer un ataque preventivo por cualquier motivo incomprensible. Eso puede acabar con millones de personas inocentes.

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