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| 12/23/1985 12:00:00 AM

DIEZ AÑOS SIN FRANCO

La transición pacífica a la democracia, ha convertido a España en uno de los países más libres y más felices de Europa.

DIEZ AÑOS SIN FRANCO DIEZ AÑOS SIN FRANCO
Cuando murió, tras una larga y espantosa agonía, el generalísimo Franco creía haber dejado todo en España "atado y bien atado". Dejaba a la cabeza del Estado a un joven rey crecido a su sombra y educado por él personalmente. A la cabeza del gobierno dejaba a Carlos Arias Navarro, un hombre que en los albores del régimen se había ganado el apodo de "Carnicerito de Málaga" en su papel de fiscal contra los republicanos vencidos. En su "testamento político" instaba a sus sucesores a mantener a España como baluarte de la "civilización occidental cristiana", pacata y recatada, policial y clerical, prohibidos los partidos políticos, proscritos los rojos, bien altos los Pirineos que mantenían a raya a una Europa corrupta y liberal. Y les dejaba los métodos de su poder intactos: acababa de firmar las sentencias de los fusilados del Proceso de Burgos, como cuarenta años antes había iniciado su régimen firmando doscientas cincuenta mil sentencias de muerte contra los derrotados de la Guerra Civil. Moría tranquilo.
De esto se cumplieron diez años el 20 de noviembre. Y hoy del franquismo no queda más que un puñado de nostálgicos, que en el aniversario canta ron el "Cara al sol" en la Plaza de Oriente de Madrid, un grupito de viejecitos achacosos y muchachitos limpios y de pelo cortado que ya no saben muy bien con qué brazo se ejecuta el saludo fascista: y cada año son menos. No queda nada del franquismo, un regimen implacable que tuvo a toda España en un puño de hierro durante cuarenta años, después de ganar una guerra civil con un millón de muertos. O mejor, sí: queda el jefe de la oposición de derechas, Manuel Fraga, que fue ministro de Información y Turismo del dictador, y a ese estigma político le debe la certidumbre amarga de que no ganará jamás las elecciones. El mejor seguro de vida para los socialistas en el poder es que Fraga siga siendo el jefe de la derecha española. Pero ni siquiera Fraga queda, si bien se mira: porque en sus tiempos de ministro de Franco se llamaba con su nombre completo y sus dos apellidos: Manuel Fraga Iribarne; y hoy, campechanamente, se hace llamar "don Manuel", que era el nombre con que antes de la guerra se conocía al jefe de los republicanos, don Manuel Azaña.
En diez años sin Franco, España ha cambiado de cabo a rabo. Cuando el 20 de noviembre se reúnen los últimos nostalgicos en un rincón de la Plaza de Oriente, vigilados de lejos por policías de barba y pelo largo que parecen policías holandeses, tan poco numerosos que no perturban siquiera a las palomas, se preguntan los unos a los otros por los viejos tiempos, por los viejos símbolos: ¿Y doña Carmen? -que así se llamaba la mujer del Caudillo. No existe doña Carmen: ahora se llama señora de Meirás, por el nombre de un palacio gallego. ¿Y el yate Azor, en el que al Generalísimo le gustaba tanto salir a pescar? Ahora pesca en él un Primer Ministro socialista. ¿Y Marisol? -¿aquella niña que cantaba, rubia y dulce, a quien Franco recibió más de una vez en su palacio de El Pardo porque representaba todas las virtudes melifluas de la niñez franquista, hasta el punto de que le fajaban el torso con pañales para que no se percatara nadie de que crecía y tenía senos? Marisol tampoco existe: ha recuperado su nombre de Pepa Florez, y ha salido fotografiada desnuda en las revistas, y es comunista. ¿Y el príncipe? Ahora es Rey y es el más firme defensor de la democracia española. ¿Y la Reserva Espiritual del Occidente? -como llamaba Franco a España en sus últimos, trémulos discuros, con su delgada voz de jovencita. Pues... la gobiernan los rojos, se ha aprobado el aborto, se practica el divorcio: hasta las nietas de Franco, hoy todas divorciadas han salido desnudas en alguna revista escandalosa. Porque el destape y el topless han reemplazado al severo mantillón que usaba para ir a misa o a los toros doña Carmen de Franco, hoy señora de Meirás. Como el mismísimo Franco no se llama ya Franco, ni el Caudillo, ni el Generalísimo, ni don Francisco para sus pocos íntimos: sino "el anterior jefe del Estado". ¿Y España? ¿Queda España? Tampoco: hoy se llama, laboriosamente, "territorio del Estado español", y está hecha de "entes autonómicos ": Catalunya, Euzkadi, el país Valencia, Castilla-La Mancha. Hasta Segovia quiso ser entidad autónoma y ciudad independiente, como las ciudades italianas o hanseáticas del Renacimiento .
Y es que es un renacimiento lo que ha vivido España en estos diez años sin Franco. En sus últimos tiempos, cuando Fraga era ministro de Información y Turismo, un eslogan turístico aseguraba "Spain is different": diferente de la corrompida Europa, que la mantenía excluida de su Mercado Común, pero le recibía sus trabajadores excedentarios (eran los años de antes de la crisis económica) y la inundaba todos los veranos con millones de turistas que iban en busca de sol garantizado y restaurantes baratos y sin propina obligatoria. Pero España era "different" porque seguía siendo igual a la España inquisitorial y atemorizada del rey Fernando VII, con curas en las calles y policías en los parques para prohibir los besos de los enamorados y capturar a los "rojos". Para ver cine, para leer libros, para conocer los cuadros de Picasso, los españoles tenían que cruzar en los Pirineos la frontera de francia, donde vivían ya millones de trabajadores emigrados y decenas de millares de exiliados políticos. Al cabo de diez años de muerto el dictador en cambio, España es diferente porque se ha convertido probablemente en el país más libre de Europa, y posiblemente en el más vivo. Salvo en la economía, que ha sido duramente golpeada por la crisis (el regreso de los trabajadores emigrados, la "reconversión industrial", que ha dejado en la calle a cientos de miles de personas). España vive hoy un verdadero renacimiento. En lo político, en lo social, en lo cultural, en ese indefinible e impreciso "aire del tiempo", que hace de ella un país en el que no se aburre nadie.
En lo político, gobiernan los socialistas -proscritos, perseguidos, exiliados durante cuarenta años. Unos socialistas que han perdido el radicalismo de Juan Negrin y Largo Caballero, que han enterrado a Marx y han engordado y administran la crisis capitalista con tan buenos modales que tienen encantados a todos los banqueros. De la oposición de derecha se hace cargo la Alianza Popular de Manuel Fraga, pero es una derecha, como ellos mismos la llaman, "civilizada", y que se esfuerza por civilizarse y moderarse más cada día, para que los votantes le perdonen al fin los cuarenta años oscuros del franquismo. Y los demás abundan: liberales, centristas democráticos, minorías regionales. El Partido Comunista, no contento con vivir a la luz del día después de cuatro décadas de catacumbas y persecuciones y mártires, se ha dado el lujo de dividirse en tres facciones insignificantes e irreconciliables. Y esa España cerrada y homogénea del franquismo, donde el único partido era una domesticada Falange y el único grupo de presión un untuoso Opus Dei, rebosa hoy de partidos con siglas en castellano, en catalán, en vasco: Socialistas de Andalucía, Coalición Gallega, Euzkadiko Ezkerra, Convergencia i Unió... Esa España que duró cuarenta años sin elecciones libres tiene ahora elecciones cada seis meses, locales, nacionales, autonómicas, de referéndum, y se pasa la vida en campaña electoral, hasta el hastío. Vive el hartazgo político, la indiferencia por saturación, que es tal vez lo más cercano a la felicidad que pueden conocer los hombres en la polis.
También en lo social, España se ha vuelto del revés, como un guante. A la rigidez fascista, de los sindicatos verticales ha sucedido a un tiempo la proliferación sindicalista y el tedio sindical. En vez de un opresivo control de las costumbres por parte de una Iglesia vigilante, hoy hay aborto legal y divorcio sin problemas, destape en las revistas y en las playas, y revolución sexual. La prensa, antes censurada y limitada a los matices de la extrema derecha -ex combatientes, sindicalistas verticales, católicos integristas, monárquicos tradicionales- se ha multiplicado a todo lo ancho del espectro ideológico. La televisión si es muy mala, pero en ninguna parte del planeta la humanidad ha podido hacer buena televisión.
Y todo esto ha llevado a lo que es casi una revolución cultural. No en la creación, es cierto -pues no ha surgido la miríada de artistas, escritores, intelectuales, que caracterizó la España de los años veinte y los treinta, al final de la dictadura de Primo de Rivera y durante los breves años de la República-, pero sí en el consumo de cultura. Cultura "culta": exposiciones y conciertos y teatro; y cultura "popular": fiestas de barrio y carnavales (los carnavales que el franquismo prohibió por subversivos), música rock y cine, cocina y vinos, terrazas de café, toros. Pues hasta la misma fiesta de los toros, que durante los años de la dictadura fue tenida como cosa de fascistas o, en el mejor de los casos, opio del pueblo comparable al futbol, ha renacido ahora con un impulso arrasador que arrastra confundidas a todas las clases sociales y opiniones políticas de España. Si no fuera porque el coletazo de la crisis económica se ha traducido en un creciente desempleo, los españoles del postfranquismo podrían creer que viven en un país de maravillas.

Y todo esto se logró, inesperada y milagrosamente, de manera totalmente pacifica. "La transición" como se llama en España al paso de la dictadura franquista a la democracia actual, se hizo por las buenas, y casi sin violencia. Adolfo Suárez, un hombre de la derecha, ministro franquista del Movimiento (es decir, del partido único), fue nombrado Presidente del gobierno por el rey, y abrió la mano de la política: todo se hizo sin ruptura, por consenso. En la misma tierra violenta en que la guerra civil había dejado un millón de muertos, la derecha y la izquierda se mostraron de una moderación asombrosa. Santiago Carrillo, el jefe comunista, espero pacientemente con una peluca rubia en las cafeterías de Madrid a que lo legalizaran al amparo de un Viernes Santo. Los jóvenes socialistas y los antiguos franquistas pactaron una nueva Constitución a la hora de los postres, en el restaurante. Los exiliados de la guerra regresaron, ya viejos, a morir en su tierra, y en el Museo del Prado se colgó por fin el "Guernica" de Picasso, tras agrias disputas con el Museo de Arte Moderno de Nueva York que quería conservarlo para siempre. O, por lo menos, hasta que España fuera otra vez, como pedía Picasso, una República. Pues no lo es: es una Monarquía. Y ha sido el rey Juan Carlos, el mismo príncipe que quiso educar Franco como si fuera un titere, el principal impulsor de esa nueva Monarquía democrática, poblada de demócratas apasionadamente monarquicos en que se ha convertido la nueva España. Cuando un último sobresalto del franquismo nostálgico llevo al coronel Tejero con sus guardias civiles a tomarse el palacio del Congreso para dar paso a un golpe militar, fue el rey Juan Carlos el que paró la cosa, y no hubo un solo muerto.
Son muy pocos los muertos de la transición, apenas un puñado: los de Vitoria, los de Atocha, los de la calle del Correo. Y, naturalmente, los causados por el incesante terrorismo de ETA en el País Vasco. Si no fuera por ETA y por el problema creciente e inquietante de la drogadicción entre los jóvenes, que es parcialmente secuela del alto desempleo causado por la crisis económica, podría decirse que España es casi un país feliz, que apenas tiene dolores de cabeza burocráticos, causados por la geopolítica: las bases militares norteamericanas, Israel y los árabes, entrar de lleno en la OTAN o salirse de ella. Y ningún español puede seguir diciendo: "Con Franco vivimos mejor"; salvo por el hecho biológico innegable de que en tiempos de Franco eran diez años más jóvenes.

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