Sábado, 21 de enero de 2017

| 1995/08/21 00:00

DOS VELADAS CON FIDEL

Relato descomplicado del contacto de una periodista desprevenida con el presidente de Cuba, el mejor trofeo de los reporteros del mundo.

DOS VELADAS CON FIDEL

ME PROPUSE VIAJAR A CUba despercudida del objetivo de lograr el ansiado trofeo de entrevistar a Fidel Castro, que es la forma más vulgar de intentar aproximarse a la verdad de lo que está pasando en la isla. Nunca solicité la oportunidad de entrevistarlo, ni cifré en ello las posibilidades de esta crónica periodística. Pero ello se dio, tan descomplicadamente como voy a relatarlo.
La prensa entra silenciosa al recinto, (respetuosa y amedrentada, diría, frente a uno de los pocos escenarios del mundo occidental en los que los periodistas no mandan ni imponen las reglas del juego) y ocupa su lugar al fondo del salón, austero pero pretensioso, como todo el resto de este majestuoso edificio heredado a medias de las épocas de Batista, y cuyo único gran adorno, excepción hecha de un gigantesco vitral, lo constituyen cientos de helechos y palmeras de interior.
El lugar: el Palacio de la Revolución. El motivo: la condecoración del científico colombiano Manuel Elkin Patarroyo.
Los científicos cubanos, de quienes depende en gran parte la leyenda de la revolución, se forman en orden a un lado. Los invitados colombianos al frente. Antes de la entrada de Fidel Castro se nos pide que nos movamos un poco hacia la derecha, (la medida es una baldosa, se nos dice) en medio de unos preparativos de corte escolar en los que se advierte poco espacio para la improvisación.
Llega en punto. Su poderosa humanidad llena de inmediato todo el salón, y yo no puedo dejar de sorprenderme por la impresión que me produce su sola presencia física. Lo miro de arriba a abajo. Nunca lo había tenido tan cerca. Su eterno uniforme militar parece recién confeccionado. Es más grande, más barbudo y más Fidel de lo que imaginaba. Su barba aparenta estar esmeradamente cuidada, como para proporcionar una estudiada prolongación de la cara que ya forma parte de la leyenda. Se ve un tanto obeso, pero no es que tenga la manera de saber si realmente se ha engordado en los últimos meses. Escucha el Himno Nacional de Colombia y estrecha la mano de los invitados colombianos, uno por uno, provocándonos a todos con su estudiado carisma. Luego parece embeberse del todo en las palabras del doctor Patarroyo, como si tuviera la intención de no perderse una coma, pero en todo caso, exagerando el compromiso como anfitrión.
Finalmente termina la ceremonia y algunos de los presentes los rodean. Se nos ha advertido que no habrá entrevistas, pero tenerlo así de cerca me revuelve todos los instintos. ¿Me lanzo? ¿Me callo? Finalmente opto por una fórmula intermedia. Busco a Felipe, su hombre de confianza, un joven cubano recién aterrizado en los 30, y a quien los presentes definen como el "dueño de Castro". Es con él con quien se negocian las entrevistas, las fotos, las invitaciones y cualquier otro asunto que tenga que ver con la actividad del Comandante. "¿Puedo preguntarle al Presidente si le tiene miedo a la muerte?, le consulto. "Pues sí, pregúntaselo, pero yo ya sé qué te va a contestar". Felipe no duda en la respuesta. "Te va a contestar que no".
"Presidente, ¿le teme usted a la muerte?".
Se la suelto de una, sin estar muy segura de que voy a obtener una respuesta. Castro se voltea muy despacio y dice, excusándose con los demás: "Perdón, pero cuando una mujer pregunta, hay que contestarle".
En ese momento recuerdo su fama de orador incansable, su invariable galantería, su devoción imparable por la palabra hablada, su poder hipnótico y seductor, transportado todo por esa voz inaudible que sugiere al mismo tiempo un hombre débil y cansado que jamás asociaríamos con su leyenda. Se queda mirándome y responde con gran precisión: "Sí, le temo a la muerte. Es más: le tengo un miedo terrible a la muerte".
Es mi oportunidad. Lo tengo captado. "Y para usted, ¿qué significa la muerte?".
"Significa un gran descanso ".
"¿Está usted preparado"?
Lo piensa unos segundos. "No, no estoy preparado. Todavía me quedan por hacer unas cositas".
"¿Y quién va a ser su sucesor?".
Contesta sin pensarlo: "El pueblo de Cuba, el pueblo es mi sucesor".
"Pero alguien tiene que conducir al pueblo. ¿Tiene usted elegido a su sucesor? Entiendo que no sería una sola persona sino varias, de pronto tres, quienes lo reemplacen a usted en el gobierno.... ".
Se ríe. "No sabía que estábamos frente a una periodista, dice. Yo sí me preguntaba quién sería esta mujer con esa minifalda". Me obliga a mirarme el vestido, que desde luego no obedece a la descripción del Comandante, y alguien más interrumpe para preguntarle por el Martini que está bebiendo, que según y parece, es poco usual.
Comprendo que me debo dar por bien servida con esta entrevista no buscada con Fidel. Y me dirijo a Felipe, para pedirle que me dé una copia del video de la entrevista. En ese momento solo están presentes en el salón un camarógrafo y un fotógrafo del régimen, que jamás abandonan a Castro. Una constante, como podría confirmarlo más adelante en el Museo de la Revolución, es que casi toda su vida está fotografiada. Tiene más fotos que cualquiera de los mortales, como si en algún momento hubiera adivinado que su vida se encontraría algún día exhibida en los museos de la isla, como un libro abierto que prácticasnente entra por los ojos.
Mientras sirven un pequeño bufet, busco al vicepresidente, Carlos Lage Dávila, quien es, según los que saben, uno de los tres màs seguros sucesores de Castro. Médico, especialista en macroeconomía, de unos 45 años, con una cara joven que no altera para nada su calvicie, sonrisa amplia, mirada cordial, es fácil acercársele y abordarlo con preguntas francas sobre el sistema. Responde todo, mirando directo a los ojos, y me hace recordar la descripción que sobre él leí en un libro: "la diferencia entre Lage y los demás responsables del Partido es que dice lo mismo, pero en forma diferente". Pienso que la definición le es inexacta. Su lealtad con Castro es indiscutible, pero en su forma de hablar hay más convicción que propaganda. Con su mano frecuentemente toca la parte de atrás de mi cabeza, en un gesto de confianza y cordialidad más propio de un amigo que de vicepresidente de Cuba.
Después busco al médico de Castro, quien no lo desampara ni de noche ni de día. Pretendo completar mi crónica sobre el temor de Castro hacia la muerte, pero me tropiezo con un hombre duro que me increpa con evidente incomodidad: "¿Es que acaso usted no le tiene miedo a la muerte? ¿Quién no se lo tiene? No. Yo no sé nada sobre el Presidente. No tengo nada que contarle. No tengo nada que decirle". Intento establecer si Castro sufre de alguna dolencia específica, pero sospecho que he traspasado la raya de lo preguntable en el régimen, como habría de comprobarlo en carne propia al día siguiente.
Luego me acerco al cocinero, para conversar un poco sobre los gustos alimenticios del Comandante. Intento establecer cómo es que funciona el sistema de los 'probadores' de Castro, un hombre y una mujer que forman parte de su comitiva oficial, y cuya función es la de probar todos los alimentos y bebidas antes que el Comandante, para alejar cualquier riesgo de que pueda ser envenenado. No llevamos hablando dos minutos cuando el cocinero recibe una misteriosa llamada de larga distancia, y debe retirarse a la cocina. Se lo comento a Carlos Lage y por primera vez lo noto incómodo: "Usted está prejuiciada", me dice.
Termina la recepción, y todo mundo vuelve a formarse en espera de la despedida de Castro. El se dirige a un adorno floral, y comienza a arrancar flores para repartirlas entre algunas de las asistentes. También me toca mi parte. Se despide: "Ojalá te sirva la entrevista. Puedes utilizar lo que quieras" .
Al día siguiente hay una cena en casa del embajador de Colombia, Ricardo Santamaría, un periodista joven que se mueve en La Habana como pez en el agua, y que se ha ganado la confianza del régimen, comenzando por la de Castro, que lo trata como un cercano amigo. Tan amigo, que el propio Castro diseña el menú de la cena del embajador, y resuelve que comeremos pavo y pargo rojo, obsequios del Comandante y preparados a su gusto. Los pavos son alimentados con una fórmula especial, y condimentados de una manera que constituye uno de los secretos mejor guardados del régimen. El gesto de Fidel obliga a nuestro embajador a rectificar los términos de su invitación, que, entre otras cosas, era originalmente de 15 personas, aumentadas a 30 por Fidel: "Esta cena no la ofrezco yo. La ofrecemos el Comantante y yo".
Pero esa noche la cordialidad de Castro ha desaparecido. Según se me informa, durante la velada anterior pregunté mucho sobre su vida privada y personal, y se me pide no hacerle ninguna otra pregunta, porque así lo ha dispuesto el Presidente, "a quien no se le arrancan entrevistas a la fuerza", y de quien, sobre todo, no se pregunta acerca de su vida privada, un tema tabú. "Estuvo preguntando sobre mis enfermedades", me cuenta alguien que él dijo.
Sobre esta difícil coyuntura Gabriel García Márquez había escrito una advertencia que desatendí, sin que provoque especialmente mis remordimientos: "Es tal el pudor con que protege su intimidad, que su vida privada ha terminado por ser el enigma más hermético de su leyenda".
La evidencia de su molestia se hace latente cuando tomamos asiento en la misma mesa y no me saluda. No me dirige la palabra. No me mira. Levanta la copa de vino y brinda con todos los demás, pero a mí me salta. Luego habla improvisadamente durante una hora sobre enfermedades, vacunas y medicina en general, obedeciendo a esas formas distintas de persuasión, condicionadas a la naturaleza de su auditorio. Pero siempre hablando con tal conocimiento de temas que no le correspondería dominar, que surge la sospecha de que impresiona a su audiencia cuestionándola sobre cosas que ya sabe, para exhibir los datos que obtuvieron sus interrogantes.
Acusa a Estados Unidos de estar bombardeando a Cuba con pestes porcinas, y últimamente con un virus que pretende dejar ciegos a los cubanos. En un momento dado hace un breve comentario de quienes lo acompañan en la mesa, y se refiere a mí como "esta periodista desconocida de la cual jamás habíamos oído hablar".
No tengo màs opción que guardar toda la noche el más estricto silencio pero aprovecho para observarlo fijamente. Tiene las uñas excesivamente largas. Es un comedor compulsivo de pan. Sabe mucho sobre vinos. Pero, escuchándolo hablar, no logro ver en ningún lado a ese "fósil con dientes", como algunos lo describen, más basados en el deseo que en la realidad. Su oratoria es un tanto anticuada pero luminosa, inspirada en una conciencia romántica e imbuida de motivos idealistas, desafiante con el enemigo, exigente con el pueblo que sufre porque es el precio de la independencia de una Cuba que no tiene dueño, y en la que la vida cotidiana de los cubanos es descrita como una prueba de fuego de una existencia heròica. Fidel Castro sigue siendo un hombre entero, es el Estado y el gobierno cubanos reunidos en una sola persona, es el emperador de la historia reciente de la isla, es la revolución desgastada pero no derrotada, es la leyenda que todavía alimenta el presente y el futuro de un pueblo de confuso porvenir, es el hombre que mantiene en jaque a Estados Unidos y que para disgusto de miles, aún no tiene planeado morirse, porque todavía le quedan "unas cositas por hacer".
Hasta aquí el hombre público. Pero para mí, aquella noche, hubo un sorprendente descubrimiento, que no tiene nada que ver con la fuerza del caudillo o con su calumniado desgaste biológico, sino con una manera de ser. Vi a Fidel Castro como un ser humano que oculta, bajo su disfraz de soldado, la categórica debilidad del hombre-leyenda: no maneja bien las cosas cuando alguien tiene el atrevimiento de asomarse demasiado a su humanidad.

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