Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2015/10/10 22:00

La costurera de Carlos Castaño

Ederlidia Garizabo hizo por años uniformes para las AUC, lo cual la llevó a la cárcel y la dejó amenazada de muerte. Luego se desmovilizó y hoy confecciona ropa para empresas.

Semana: En 1999, una prima la llevó a trabajar con los paramilitares diciéndole que eran militares. ¿De veras no sabía?

Ederlidia Garizabo: No. Ese año me separé de mi esposo, me fui de Apartadó y llegué a San Pedro de Urabá a buscar trabajo. Mi prima me llamó porque yo sabía de confección.

Semana: ¿Cuándo cayó en cuenta?

E. G. : A los seis meses, cuando me dijeron que debía irme a una fábrica en Catalina, Urabá. Allá, un día el señor Carlos Castaño pasó a saludar. Lo reconocí inmediatamente y entendí en lo que me había metido.

Semana: ¿Cómo fue su relación con Castaño?

E. G. : Solo hablé dos veces con él. Era respetuoso y hablaba poco, y jamás trató mal a nadie. Una vez le hice un bolso personal. Me agradeció y me felicitó.

Semana: ¿Le pagaba bien?

E. G. : Ganaba 400.000 pesos mensuales. En San Pedro, no habría ganado más de 150.000.

Semana: Al estar las 24 horas con paramilitares, debió haber visto actos muy violentos…

E. G. : Yo no estaba todo el día con paramilitares. Yo trabajaba con otros costureros, y les hacíamos los uniformes a los militantes. Los que mataban y hacían cosas malas estaban en el monte.

Semana: ¿No le parece que es reprochable no actuar cuando uno es testigo de tanto mal?

E. G. : Mi único pecado fue coserle a la gente equivocada, y por eso tuve que pagar un precio muy alto.

Semana: ¿Por qué?

E. G. : En 2002 nos llevaron a trabajar en una fábrica en Buenaventura porque transportar los uniformes se volvía cada vez más difícil. Trabajábamos y vivíamos en el mismo edificio. Y un día llegaron las autoridades y nos sacaron como si fuéramos el propio Castaño. Estuve cuatro meses en la cárcel. Y salí porque nunca me demostraron nada.

Semana: ¿Qué hizo cuando recobró la libertad?

E. G. : Fui a ver a mi madre, que estaba enferma, y a mis hijos. Luego descansé un mes, hasta que me llamó un señor a decirme que había que volver a trabajar. Yo había intentado conseguir trabajos legales, pero me habían rechazado por mis antecedentes. Entonces volví.

Semana: ¿Y volvió donde Castaño?

E. G. : Me llevaron a un lugar que le dicen El Pueblito, en Córdoba. Allá viví en una finca y comencé a hacer ropa para Don Berna. Estuve tres años ahí hasta que me desmovilicé en 2006.

Semana: ¿Qué ha hecho desde entonces?

E. G. : Durante la desmovilización me dieron 2 millones de pesos, con los que monté un negocio en Valencia, Córdoba. Allá me volvieron a pedir trabajar de costurera para otro grupo. Y por negarme casi me matan. Tuve que dejar mi negocio botado y me vine a Bogotá. Gracias a la Agencia Colombiana para la Reintegración monté un negocio en mi casa en Kennedy.

Semana: ¿Cómo ha sido pasar de costurera de los paras a costurera en la capital?

E. G. : Hubo gente que me juzgó y me cerró las puertas, pero otra que ha creído en mí. Hoy hago uniformes para Coca-Cola, para el Banco Caja Social y para Colmena. En septiembre de este año, la Andi me premió por la labor que hago desde Malija, mi empresa.

Semana: ¿Siente que hoy vive en paz?

E. G. : Para mí la paz es estar bien con uno mismo, poder dormir tranquilo y tener la conciencia limpia. Es perdonar y volver a arrancar de cero.

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