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| 1/13/1986 12:00:00 AM

EL DEDO EN LA LLAGA

El teólogo suizo Hans Kung, vetado por la Iglesia para ejercer su cátedra de teología en la Universidad de Tubinga, critica duramente al Papa y a la Iglesia católica

Está muy lejos de mi ánimo plantear aquí una polémica barata contra personas. Quiero antes bien expresar públicamente más allá del ámbito de la Iglesia Católica la tristeza y disgusto que sienten muchos hombres en lo más profundo de su alma.
(...) Hay que hacer esto en primer lugar a propósito de una publicación recién aparecida, Rapporto sulla fide ("Informe sobre la fe"), del segundo hombre del Vaticano, el cardenal Joseph Ratzinger. En dicho informe podrían transcribirse análisis curiales y resultados del pasado sínodo de obispos.
Joseph Ratzinger tiene miedo. Y al igual que el gran inquisidor de Dostoievski a nada teme tanto como a la libertad. Nuevos viejos tonos llegan de Roma: Ratzinger considera nuevamente el pretendido poder de la curia como un privilegio divino, la crítica o incluso la resistencia, como algo inadmisible; la duda pertinaz de una verdad de fe, como "un delito contra la religión y la unidad de la Iglesia", que según el canon 751 del nuevo Código de Derecho Canónico vaticano (1983) es castigado con ex comunión.
(...) De la fe, por supuesto, se habla allí muy poco; en cambio, se habla mucho de la Iglesia jerárquica, de dogmas, de doctrinas y, sobre todo de disidentes no católicos en el episcopado y en la teología. Tras una hábil argumentación se produce un cambio en redondo que sirve para todas las disciplinas y continentes. ¿Nos encontramos ante una nueva campaña de los antimodernistas?
Un periodista de la Iglesia presta ocasión con sus preguntas a su eminencia para que despliegue todas sus alfombras rojas. Y ya en el primer capítulo defiende el prefecto de la fe la necesidad de la ex comunión, que no se pronunció nunca contra famosos criminales católicos, como Adolfo Hitler y los diversos dictadores latinoamericanos; pero aquí se amenaza claramente con ella a teólogos católicos de signo crítico. ¡La vieja Inquisición ha muerto; viva la nueva!
(...) El prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe no admitirá nunca, por supuesto, que la evidente crisis posconciliar de la Iglesia Católica tiene su origen en lo fundamental dentro de casa, mejor es vaticanógena. Se pasan totalmente por alto las equivocadas decisiones del magisterio romano en los últimos siglos, desde el caso de Galileo y la controversia china de los ritos, pasando por la inclusión en el índice de los más importantes pensadores de Europa (Descartes, Kant, Sartre, etcétera) y la condena de-los derechos humanos, hasta el caso de Teilhard de Chardin, los sacerdotes obreros franceses y las despiadadas purgas de teólogos bajo Pío X y Pío XII.
(...) En lugar de fijarse en la propia Iglesia, el cardenal Ratzinger otrora teólogo de la reforma ha visto de pronto el origen de todos los males en la modernidad que ha hecho irrupción en la Iglesia; y esto con una infatuidad, con un olvido de la historia una ceguera del sentido de la realidad que, si. se recuerda su estimable contribución teológica de los años sesenta, resulta totalmente inconcebible. Como teólogo, Ratzinger se había orientado más hacia el pesimismo de Agustín que hacia el realismo de Tomás de Aquino. Ahora se ha pasado plenamente al grupo de los profetas de calamidades.
Contra éstos había puesto en guardia y a Juan XXIII en la inauguración del Vaticano II. Los métodos son los usuales en estos casos: caricaturización del adversario como sembrador de discordia que se permite perturbar el orden sagrado; exaltación de la propia historia y realidad presente; empleo del lenguaje difamatorio del conservador, adornado con ribetes de corte moderno y liberal; no pocas veces construcción de ambiguos contrastes creación de falsos frentes, todo lo cual culmina en una auténtica caza de herejes.
Es una arrogancia del poder lo que aquí se refleja: a las (incómodas) conferencias episcopales les niega ahora desde arriba el ex profesor toda autoridad teológica; teólogos abiertos de todo el mundo desde los exégetas pasando por los especialistas en dogma y en ética, hasta los de pastoral aplicada y los liturgistas) son condenados por aquel que antes fue teólogo y obispo, pero ahora (en virtud del ministerio romano recientemente conseguido) cree que puede ser la norma encarnada de ortodoxia católica en el mundo: ¡La vérité catholique c'est moi!
"Tengo la sensación de que por algún resquicio ha entrado el humo de Satán en el templo de Dios", estas palabras de Pablo VI se valoran positivamente en el "Informe sobre la fe".
También Ratzinger, que en su obra de Tubinga "Introducción al cristianismo" (1968) había dejado discretamente a un lado al diablo, ve ahora en él una presencia misteriosa, pero real, no meramente simbólica, sino personal. Y a los teólogos que intentan explicar el demonio no como ángel caído, sino como símbolo del poder o poderes del mal (así también el Vaticano II, a juzgar por las citas bíblicas) los descalifica Ratzinger como filósofos racionalistas o sociólogos que se acomodan sencillamente a la imagen moderna del mundo, pero no en la cúpula de la Iglesia.
En el lamentable aniversario de los 500 años de la tristemente célebre bula de las brujas del Papa Inocencio VIII (1484; posiblemente nueve millones de víctimas de los procesos de brujas, fruto de la creencia en el diablo y de una conducta sexual patológica) habla así el representante de una institución que está involucrada todavía hoy en uno de los mayores escándalos financieros, junto con maquinaciones de la mafia, sin que hasta ahora se hayan sacado de ello consecuencias de orden estructural o personal. Verdaderamente, ¡qué contraste entre pretensión y realidad!
Con el silencio de todos los errores y escándalos históricos y presentes se corresponde la doctrina atractivamente expuesta en el informe de nuestro prefecto de la fe:
1. La Reforma protestante (comienzo de la decadencia moderna) es presentada con superficialidad teológica: se previene contra un masoquismo católico que se confiesa culpable con demasiada radicalidad y contra un protestantizacion (comienzo de la perniciosa moderniiación); Lutero tendría que ser condenado también hoy como hereje no católico, porque negó la infalibilidad de los concilios ecuménicos, menospreció la tradicion y puso la autoridad del individuo por encima de la escritura y de la fradición (¿asumen los protestantes ahora cada vez más la protesta en lugar de dejársela a los católicos críticos?).
2. La reconciliación ecuménica, no sólo con los protestantes, sino también con los ortodoxos y anglicanos, a pesar de toda la labor ecuménica realizada por la comisión a lo largo de casi dos decenios y de todos los documentos de consenso emanados-de ella ("ningún acercamiento verdaderamente vital") queda aplazada para las calendas griegas; resulta ahora que los protestantes no tendrían pastores válidamente ordenados ni celebraciones eucarísticas válidas (por tanto, imposible la intercomunión con ellos), los ortodoxos rechazarían las prerrogativas del -obispo de Roma (primado de jurisdicción e infalibilidad), y los anglicanos se han mostrado partidarios recientemente de objetivos tan poco catolicos como la admisión a los sacramentos de los divorciados y casados de nuevo, la-ordenación sacerdotal de las mujeres y otras aspiraciones problemáticas de orden teológico-moral. Por eso, Ratzinger llama sin rodeos a los protestantes a que vuelvan a la Iglesia Católica romana apelando el carácter católico de la Biblia: "Pero la Biblia es católica... El aceptarla tal como está... significa, por tanto, entrar en el catolicismo".
3. La Edad Media (y el catolicismo bávaro) se aduce varias veces como ejemplo: "La gran tradición de los padres de la Iglesia y de los maestros del medioevo fueron para mi más convincentes" (que la Reforma y la modernidad) los usos y concepciones medievales--no sólo indulgencias, rosario, procesión del Corpus y celibato sino también la exaltación de María ("de María, nunca suficiente"), apariciones de la Virgen (el oscuro secreto de Fátima) y la posición inferior de la mujer--son recomendadas de nuevo por Ratzinger como algo esencialmente católico.
4. Toda interpretación moderna de doctrinas problemáticas de la Iglesia --desde los demonios y ángeles de la guarda personales y el pecado original, pasando por determinadas teorías sobre Cristo y la Iglesia, hasta los novísimos--es rechazada sin prestar la más mínima atención a los resultados de la investigación históricocrítica de la escritura y de la historia de los dogmas (presuntamente siempre ideológicas), con una infundada apelación a la "unidad de la Biblia y la Iglesia" y a una tradición eclesiástica presuntamente unitaria, y de esta forma la escritura queda realmente despedida como norma crítica de la Iglesia y de la tradición posbíblica ("sólo la tradición").
5. El Vaticano II, según Ratzinger, no ha traído apenas nada bueno, sino que con tantos caminos equivocados y peligrosos ha iniciado un "proceso progresivo de decadencia", contra el que el cardenal quiere hacer valer de forma integralista la catolicidad total e indivisa y una recentralización en Roma (y contra las conferencias episcopales). El hecho de que el número de sacerdotes, y lo mismo el de religiosas, haya retrocedido drásticamente (en la región del mundo con el índice de religiosas más elevado en relación al número de habitantes, el Quebec canadiense, entre 1961 y 1981 el descenso de las religiosas alcanzó el 44%, y el de nuevas vocaciones llegó al 98.5%) no lo atribuye Ratzinger, pongamos por caso, a la política misógina del Vaticano, sino al feminismo introducido en los conventos, al sicoanálisis, la sociología y la teología política. ¿Cuál es el remedio contra la moderna emancipación de la mujer y teología feminista, según Ratzinger? "María, la Virgen, enemiga de todas las herejías".

(...) ¿Adónde va a parar práctica y políticamente este "Informe sobre la fe", con su exigencia preconciliar de catolicidad integral y de nueva centralización en Roma? A lo siguiente: el amenazado poder de Roma (= de la Iglesia = de Cristo = de Dios) sobre las almas de los hombres en el campo del dogma, la moral y la disciplina eclesiástica tiene que ser reforzado según Ratzinger, con todos los medios (papalismo y marianismo juntos) y ser desarrollado de nuevo.
Cuando este poder curial y su sistema romano dirigido centralmente estén asegurados, la Iglesia estará a salvo.
Para ello no se necesitan sociedades democráticas corrompidas con libertades modernas. No; según Ratzinger, la Iglesia hoy sólo funciona bien de suyo en los Estados totalitarios del Este, donde sencillamente no se permiten nunca la pornografía, las drogas y demás. Si allí se le concediera a la Iglesia jerárquica un poco más de libertad para su predicación, sus escuelas, asociaciones y demás instituciones, y no se convirtiera ingenuamente el ateísmo en ideología del Estado, esos regímenes serían probablemente en el fondo más aceptables para la Iglesia que aquellos democráticos de Occidente que también el Papa censura constantemente (y en realidad no sin razón) a causa de su permisividad y consumismo. Con este rnotivo se acuerda uno de la simpatía del Vaticano, puesta de manifiesto en repetidas ocasiones, por regímenes católicos totalitarios y del concordato de Hitler (1913), que asegura jurídica y financieramente todavía hoy, a la jerarquía católica su inatacable posición de poder en la sociedad alemana como Estado dentro del Estado. Por eso Ratzinger, frente a la última investigación histórica (G. Denzler), que ha probado con múltiples documentos el silencio pernicioso y la actitud acomodaticia del episcopado alemán frente al nazismo, cambia la función de la Iglesia presentando a ésta como una institución de resistencia, mientras que los protestantes sólo habrían ofrecido resistencia a nivel de personas individuales.
¿Qué queda, pues, de este "Informe sobre la fe"? ¿Son éstas realmente meras visiones privadas de un funcionario de la curia romana, que proyecta sus propios temores ante el mundo actual sobre la Iglesia como totalidad? No; este libro no merecería ningún comentario si no fuera precisamente una señal políticoeclesiástica de primera categoria, si no se percibiera en él también la voz de su amo. Es, pues, una doble señal; señal de un pontificado que en siete años se ha metido cada vez más en un callejón sin salida y, al mismo tiempo, señal dirigida al sínodo de obispos.
Las buenas intenciones del Papa y su esfuerzo incansable en favor de la identidad y claridad de la fe católica tienen que ser reconocidos, pero no puede uno dejarse engañar por el espectáculo de los medios:en comparación con los siete años gordos de la Iglesia Católica, que se corresponden con el pontificado de Juan XXIII y el Vaticano II (1958-1962), los siete años del pontificado de Wojtyla parecen más bien flacos: a pesar de tantos discursos y peregrinaciones muy costosas (con millones de deudas para algunas iglesias locales), apenas se han dado pasos de importancia en la Iglesia Católica y en la ecúmene.
Juan Pablo II no era italiano, pero procedía de un pais que no habia pasado por la Reforma ni la Ilustración; era el hombre que respondia perfectamente a las aspiraciones de la curia.
Con el mismo estilo que los populistas papas-Pío, pero con un ropaje técnico completamente distinto, el antiguo arzobispo de Cracovia, que en el concilio no se había señalado en ningún aspecto, y en la delicada comisión de regulación de la natalidad (que por mayoria recomendó a Pablo VI liberar de conciencia en esta materia) se distinguió por su ausencia constante (políticamente bien calculada); este arzobispo dijo, como Papa con su irradiación carismática y su talento interpretativo ha dado, por fin, al Vaticano lo que pronto poseería también la Casa Blanca y lo que le faltaba (al menos hasta hace poco) al Kremlin: el gran comunicador de masas, que con gracia y donaire, espíritu deportivo y gestos llenos de expresión simbólica sabe presentar como aceptable hasta la doctrina o práctica más conservadora. El cambio de clima que esto trajo consigo lo percibirían, primero, los sacerdotes que solicitaron su reducción al estado laical; luego, los teólogos, y poco más tarde, los obispos.
También para los admiradores aparece cada vez más claro cuál era desde el primer momento, pese a todas las aseveraciones verbales, la verdadera intención de este Papa: frenar el movimiento conciliar para la reforma interior de la Iglesia, bloquear la reconciliación ecuménica con las iglesias orientales, con los protestantes y anglicanos y sustituir progresivamente el diálogo con el mundo moderno mediante el ejercicio unilateral de la instrucción. Signos del cambio de clima: a Juan XXIII se le hace responsable del desmoronamiento del poder de la curia tras el concilio y, en consecuencia, apenas se le nombra. Se intenta, en cambio, la beatificación del Papa de la infalibilidad, tan discutido en muchos aspectos. (...)
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