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| 1/11/1988 12:00:00 AM

EL IMPERIO YA NO ES LO QUE ERA

A la "cumbre" de Washington asiste un Reagan debilitado en representación de una potencia que ya no es hegemónica

Se reúnen una vez más, en una nueva cumbre --esta vez en Washington, del 7 al 10 de diciembre--los máximos líderes de la Unión Soviética y de los Estados Unidos. Y por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial se plantea la pregunta: ¿por qué invitan a una reunión cumbre al presidente de los Estados Unidos? No es una broma.

Es que en 1987, a casi 90 años de su primera y casi involuntaria expansión extracontinental (la conquista de Filipinas, arrebatada a España tras la guerra de 1898), los Estados Unidos han dejado de ser un imperio en expansión para empezar a deshilacharse a reventar por las costuras: su influencia política, su poderío militar, su hegemonía económica, han sufrido en 15 años una erosión inimaginable hace apenas 40. No es que exista un heredero--y el gran rival, la URSS, también está perdiendo empuje. Pero la gran república imperial americana no es ya ese incontestable arbitro del mundo que emergió en 1945 de las ruinas del viejo orden dejadas por la Segunda Guerra Mundial.
El elemento más inmediato de la decadencia norteamericana es, evidentemente, el anfitrión de la cumbre. El presidente Ronald Reagan, a sus 76 años, es un emperador repentinamente desnudo. A un año y medio de terminar su segundo período, el que durante años fue "el gran comunicador" y pareció devolver a sus compatriotas la debilitada confianza en ellos mismos y en su "destino manifiesto" de conquistar el mundo entero y crear sobre la tierra el modelo de una sociedad ideal, ha visto en unos pocos rneses el derrumbe de toda su obra de ilusión.

El escándalo del Irangate ha destruido no sólo la fe de los norteamericanos en las capacidades morales y mentales de su Presidente, sino además la confianza de sus aliados en la seriedad de la política exterior de los Estados Unidos. Y el lunes negro de octubre en las Bolsas del mundo, comenzando por la de Nueva York, ha echado por tierra la gran esperanza del neo-liberalismo encarnado en las reaganomics, que prometía la felicidad a través del enriquecimiento indefinido. El prestigio de Reagan no ha sobrevivido a esos dos golpes, y eso se refleja sin ambages en el desdeñoso tratamiento que ha comenzado a darle la prensa, propia o ajena: ¿ Who's in charge? (¿quién manda?), titula preocupada la revista Time. Reagan for president sugiere con ironía el Wall Street Journal. Y el Financial Times de Londres se queja de la "incapacidad fundamental para entender problemas complejos", que caracteriza al Presidente de los Estados Unidos.

Pero este desprestigio radical no viene sino a completar el deterioro creciente sufrido por la figura del Presidente, sea quien sea, en los últimos años: Johnson retirado por la tragedia del Vietnam, Nixon barrido por el escándalo del Watergate, Ford abrumado por su propia ineptitud intelectual, Carter hundido por la verguenza de los rehenes de Teheran.
Ronald Reagan no es más que el último de una serie ya notable de presidentes norteamericanos que han demostrado ser inferiores a sus responsabilidades universales, como los reyes de la España imperial o los césares de la Roma decadente. Y esta carencia de liderazgo no es tampoco la causa, sino el simple reflejo, del debilitamiento objetivo del inmenso y poderoso país que siguen siendo los Estados Unidos. El reflejo de que el imperio norteamericano ya no es lo que era.

Para empezar, es cierto, los Estados Unidos nunca quisieron de verdad ser un imperio. El primer presidente imperial, McKinley--el de la guerra contra España en el 98--, cumplió su papel de expansión uni versal a regañadientes, angustiado por la contradicción filosófica de pretender imponer el yugo norteamericano a pueblos--Cuba, Filipinas, Puerto Rico-a los cuales los Estados Unidos habían ayudado a desembararzarse del yugo español en nombre de la libertad. Pero tales escrúpulos no duraron demasiado, ante el peligro de que otros no los tuvieran. Los Estados Unidos cedieron a la ley que gobierna el comportamiento de los imperios por lo menos desde Roma: conquistar el mundo en defensa propia --para impedir que lo hagan otros--Ese fue el llamado corolario Roosevelt (Teodoro) a la Doctrina Monroe, que desde principios del siglo 19 predicaba la Içgitimidad de la hegemonía norteamericaná sobre la totalidad del nuevo mundo, con exclusión de las viejas potencias europeas: que los Estados Unidos tenían el derecho de ejercer la función de "gendarme internacional" en donde sus intereses se vieran amenazados.

VOCACION DE IMPERIO
De ese corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe brotó la vocación de imperio, armado con todos sus instrumentos: el gran garrote, la diplomacia del dólar, la buena vecindad, la defensa del mundo libre. Tras un rapidísimo proceso, y superado el conflicto interno con los aislacionistas, los Estados Unidos despertaron en 1945 convertidos en los dueños del mundo. La guerra mundial, al tiempo que destruía a Europa, los había arrancado a ellos a las últimas secuelas de la gran depresión de los años 30, convirtiéndolos de pasada en el primero, y el único, acreedor universal.

La economía norteamericana representaba un 40% de la economía mundial, y su presencia militar se extendía desde las Filipinas hasta Berlín y desde el canal de Panamá hasta Teherán. No sólo el mar Caribe, sino los océanos Pacífico y Atlántico eran "lagos americanos". El dólar, su moneda, ya conocido como el "Almighty dollar" (el dólar todopoderoso, como Dios) se había convertido en la única base de todo el sistema monetario mundial. Y el monopolio de la bomba atómica, que le garantizaba a un tiempo la seguridad y el chantaje, era a la vez algo aún más importante: el paradigma de la arrolladora ventaja tecnológica de su industria sobre la de todo el resto del mundo desarrollado.

Pero la Segunda Guerra Mundial fue también la última guerra victoriosa librada por la colosal maquinaria militar de los Estados Unidos, la más grande que habían visto los siglos. Si se exceptúa la impresionante demostración de capacidad logística que fue el puente aéreo organizado para superar el bloqueo soviético a Berlin en 1948, desde entonces el aparato militar norteamericano no ha conocido sino derrotas--como el Vietnam--o a lo sumo empates--como Corea--y en el mejor de los casos victorias que, por desproporcionadas, carecen de todo interés que no sea meramente anecdótico: la conquista de la islita caribeña de Granada, en 1983, o los bombardeos de represalia del año pasado contra la tienda beduina del coronel Gaddafi, en Trípoli.

Ni siquiera las operaciones de policía recomendadas por el primer Roosevelt han resultado exitosas: el desembarco de Bahía de Cochinos, para derrocar a Fidel Castro, fue un fracaso militar y político; la te'htativa de rescate de los rehenes de Teherán fue una verguenza guerrera y tecnológica.
Para no hablar de las retiradas "con honor", como las llamaba en su momento el presidente Richard Nixon, abandonando a aliados fieles o a gobiernos clientes mantenidos durante años y años: la atropellada huida de Camboya, cuando el embajador norteamericano salió literalmente con la bandera entre las piernas, o el abandono del Líbano con los cadáveres de los marines en bolsas de plástico y una última salva de cañonazos, sangrienta pero inútil, contra los barrios musulmanes de Beirut. No le faltaba razón al presidente filipino Ferdinand Marcos cuando comentó lúgubremente, a la caída del sha de Irán, que no resultaba buen negocio ser aliado incondicional de los Estados Unidos.

Y él mismo vino a saberlo en carne propia, como lo habían sabido Diem en Vietnam y Lon Nol en Camboya, Trujillo en Santo Domingo y Somoza en Nicaragua, el sha en Irán y Duvalier en Haití. "Los Estados Unidos --decía el secretario de Estado John Foste Dulles hace ya 30 años-no tiene amigos, sino intereses".

Pero esos intereses, a la par con los medios militares necesarios para defenderlos o imponerlos, se han ido debilitando considerablemente en los últimos tiempos. Como ha ocurrido con otros imperios de la historia, al imperio norteamericano le ha llegado el momento en que su decreciente poderío económico le impide costear sus crecientes gastos militares, necesarios, por su parte, para el mantenimiento de un orden imperial cada día más desafiante puesto en duda en toda la Tierra. Los Estados Unidos tienen hoy que mantener la capacidad militar necesaria para librar lo que sus estrategas llaman "dos guerras y media", o sea, dos grandes y una pequeña, más una guerra de las galaxias, como se conoce vulgarmente a la costosisima Iniciativa de Defensa Estratégica destinada a garantizar la seguridad contra las posibles amenazas nucleares soviéticas.

Tiene que mantener bases militares en medio planeta--más de medio millón de hombres: dos tercios del presupuesto militar norteamericano se gastan fuera de los Estados Unidos-y financiar innumerables guerritas por tercera mano, por personas interpuestas. No es de extrañar que buena parte del escándalo del irangate viniera del hecho de que era necesario ganar dinero en las ventas de armas a Irán, un país teóricamente enemigo, porque sin esas ganancias no era posible pertrechar en Nicaragua al ejército mercenario de la contra, teóricamente aliado.

PRIMER DEUDOR MUNDIAL
Como consecuencia, en estos años de optimismo reaganiano los Estados Unidos han tenido que arreglárselas para hacer frente a los más elevados gastos militares que haya tenido ningún imperio de la historia en tiempo de paz. Para lograrlo, el presupuesto militar ha aumentado en los ultimos 5 años a un ritmo del 10% anual, ayudando a que se disparara fuera de todo control el déficit fiscal (80 mil millones de dólares en 1981, 200 mil millones en 1986).

Para financiar ese déficit han sido necesarias altísimas tasas de interés que atrajeran a los Estados Unidos el capital extranjero, puesto que el ahorro interno era incapaz de absorberlo. Pero al subir las tasas de interés el dólar se mantiene artificialmente caro, lo cual contribuye a que se expanda el déficit comercial hasta niveles inverosímiles: 170 mil millones de dólares.

Todo lo cual ha acabado convirtiendo a los Estados Unidos, que durante medio siglo fueron el principal acreedor del mundo, en su prime deudor: la deuda acumulada e 2.100.000 millones de dólares. Como decía recientemente Paul Volcker, ex presidente de la Reserva Federal, ese paso "corremos el riesgo de perder el control de nuestro destino" Los Estados Unidos son hoy, por primera vez, quizá desde la declaración de independencia en 1776, un país dependiente. Toda esta situación, resumida en la frase--que ya es un lugar común--de que "los Estados Unidos están viviendo por encima de sus posibilidades" (consumen exactamente un 105% de lo que producen), reventó de manera espectacular el lunes negro en el lente de aumento de la bolsas mundiales.

PERDIDA DE RESPETO
Pero los signos anunciadores venían de atrás: al gendarme del mundo se le había pérdido hasta tal punto el respeto que cuando anunciaba que su bandera protegía a los petroleros en el estrecho de Ormuz, esos petroleros eran de inmediato atacados; que cuando decía que para resolver un problema de su patio de atrás Centroamérica, se requería una guerra, los pequeños gobiernos de la región se sacaban de la manga un plan de paz. (Y en Acapulco, hace 15 días, por primera vez desde los tiempos del libertador Simón Bolívar los países de América Latina organizaron una reunión propia, sin los Estados Unidos y sin convocatoria previa de los Estados Unidos.) Y el gran líder de Occidente había visto bajar de tal manera su prestigio que cuando pedía colaboración para mantener su liderazgo económico, el Japón y Alemania le hacían saber que estaban hartos de resolverle sus problemas internos.

En estas condiciones de debilidad (relativa, claro está: los Estados Unidos siguen siendo el país más poderoso del mundo) llega Ronald Reagan a la cumbre con Mijail Gorbachov. Como un presidente desprestigiado y débil, pero al cual no es posible acorralar hasta el retiro porque después de los episodios Johnson, Nixon, Ford y Carter las instituciones norteamericanas tal vez no le resistirían, y como el representante de un país que en cinco años ha dilapidado lo que ahorró en 80, tanto en poder como en prestigio.
Pero al cual tampoco es posible encontrarle reemplazo. ¿Alemania? ¿El Japón? El mundo tiembla de sólo imaginarlo. Esa es la verdadera razón por la cual, pese a todo, Ronald Reagan sigue siendo invitado a las reuniones en la cumbre.
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