Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1990/11/05 00:00

EL OJO DE BERLIN

EL OJO DE BERLIN

La única ciudad del mundo que tiene dos óperas cómicas funcionando a la vez, y por añadidura dos óperas serias, o sea cuatro óperas en total, debería ser la capital del mundo. Y si no, por lo menos la capital de la Gran Alemania. Esa ciudad es Berlín. Pero aún hoy, sellada para el 3 de octubre la unificación de las dos Alemanias, no se sabe todavía con certeza si Berlín va a recobrar su función de cabeza del coloso. Hay relicencias en Francfort, resquemores en Duisseldorf, suspicacias en Hamburgo y Colonia, envidias en Sttutgart, nostalgias en Bonn Y en el propio Berlín, los berlineses no las tienen todas consigo: a lo mejor -se dicen- es peor.

Pero el peso de la historia empuja a Berlín hacia su destino de capital política y sin duda económica, y el tiempo nos dirá si tambien militar de la nueva potencia que resurge en la bisagra de Europa. Entristecida y desconfiada y falsamente alegre, falsamente confiada Berlín espera. Capital de Prusia, capital del imperio, capital cultural de la entreguerra, capital de aquel Reich que iba a durar mil años, capital de la Guerra Fría, capital de la contracultura, del espionaje, de la música, y ex capital de todo eso, Berlín sabe esperar. Y se prepara para la reunificación inevitable y deseada organizando una gran -kolosal- exposición sobre la unificación alemana de hace más de un siglo. En la puerta del Marlin-Gropisbau, antiguo Museo de Artes Decorativas y flamante museo de la Historia Alemana, un ojo ciclópeo del canciller Bismarck nos mira. La sola pupila tiene un metro de diámetro.

El ojo de Bismarek se alza en el centro topográfico de Berlín (que una vez, fue también su centro político, económico, social), a una pedrada de la ruina reconstruida del Reichslag y a otra de las viviendas realistas-socialistas (con pretensiones modernistas) que hoy ocupan lo que fue el bunker de la Cancillería de Hitler y al borde de la que fue (en Berlín todo fue: so wie es war, tal como era) la plaza más concurrida de Europa, la Postdamerplatz, que hoy es un solar baldío en donde los domingos se organiza una especie de mercado de pulgas miserable. Hasta ayer, la partía en dos el muro -muro de la verguenza, muro contra el fascismo, se llamaba, según desde cuál lado se llamara -ahora desmoronado y vendido por su peso de oro a los turistas. A espaldas del ojo de Bismarck (si es que un ojo puede tener espaldas), matorrales salvajes cubren el ancho espacio de lo que fue el cuartel central de la Gestapo. Bajo las escombreras se pueden ver todavía los sótanos de interrogatorio, embaldosinados de blanco sucio, con aspecto de baños de estación de tren. Y en torno está Berlín.

Los dos Berlines. Porque a casi un año de la caída del muro que escindía la ciudad, las dos mitades siguen siendo diferenciables a simple vista, a simple oído. El Berlín Occidenlal próspero y verde, vitrina del capitalismo, con su Kurfurstendamm rutilante de bancos y de tiendas de lujo y atestada de porsches y de mercedes Benz; y el Berlín. Este lóbrego, todo en tonos de gris, donde por el abrumador espacio absolutista y totalitario del paseo Unter den Linden ruedan carretas de turistas adornados con guirnaldas de pueblo y tiradas por gordos caballos de cola y crin de un rubio desteñido, salidos de un grabado del medievo. De un lado hay 100.000 perros que pagan impuestos per cápita y producen 50 toneladas de caca cada día; del otro se han comido los feroces pastores alemanes que patrullaban el muro. No es sencilla la unificación de los dos Berlines -o mejor, su homogeneización en una sola ciudad coherente. Tampoco será fácil la de las dos Alemanias, de las cuales cada mitad de Berlín constituye, más que el modelo a escala, la caricatura.

CIUDAD SITIADA
Terminada la guerra mundial, Berlín era una ruina. Con 75 millones de metros cúbicos de escombros se hizo la colina artificial de Teufelsberg, Monte del Diablo, desde cuyos 120 metros de altura las antenas de la "Voz Libre del Mundo Libre" (Radio in Amerikanischen Seklor, la radio de ocupación norteamericana) bombardeaba la Europa comunista con música de rock y sermones sobre la libertad. Y además de una ruina, era una isla. Una ciudad sitiada, cuya mitad occidental fue mantenida artificialmente en vida por el puente aereo norteamericano durante la crisis del 48. A partir de la construcción del muro por el gobierno de Walter Ulbricht, en agosto de 1961, fue también una ciudad físicamente rota en dos, amurallada. El muro fue creciendo, perfeccionándose, embelleciéndose, en sangrentándose: se convirtió en el alma de Berlln. Del lado oriental el gobierno comunista, con orgullo de constructor, le agregó miradores, campos minados, renectores, lo pintó todo de blanco con una sobria cenefa gris, lo coronó en la cima con una larga tubería calculada de modo que en ella resbalaran los dedos y los brazos de quien quisiera saltarlo. Se llamaba "Muro contra el fascismo". Del lado occidental, en donde se llamaba "Muro de la verguenza", fue llenándose de graffiti de todos los colores, convirtiéndose en la obra de arte colectiva y espontánea más grande del siglo XX. A veces, las autoridades del oeste invitaban a algún artista famoso y le encataban un lienzo de la muralla para que dejara la huella de su talento.

En algunos sectores -a la altura de la Puerta de Brandenburgo, por ejemplo, donde hoy hay un mercadillo al aire libre en el que se venden gorras militares y condecoraciones del Este y, naturalmcnte, fragmentos del muro con certificado de origen, el muro se espesaba hasta alcanzar el grueso de una calle. En otros era un doble muro que encerraba una larga franja de tierra de nadie donde vivían zorros, ratas, faisanes, comadrejas. En los treinta años que duró, cerca de 80 mil tránsfugas lo saltaron del este hacia el oeste. Muchos -113 murieron en el intento. Del oeste hacia el este es célebre el caso del señor Kabe, que lo saltó muchas veces. A continuación lo encerraban en un hospital siquiátrico del este, las autoridades municipales del oeste pagaban la cuenta de gastos, y en cuanto volvía a su casa, el señor Kabe volvia a saltar. Pero era un caso excepcional.
Del lado del oeste hay parques, lagos, patos. Un 40 por ciento del área de Berlín Occidental está hecho de zonas verdes. El río Spree, verde y manso, serpentea y se bifurca en 126 kilómetros de brazos y canales navegables visitados por las gaviotas blancas que suben desde el Elba. El vasto parque del Tiergarten, en el corazón de Berlín, en torno a la Columna de la Victoria de la guerra franco-prusiana de 1870, está lleno de bosquecillos, de condones usados, de berlineses que hacen jogging con una cinta en la frente, de jabalies (los parques de Berlín producen cada año 800 toneladas de caza) de viejecitas con sombrero de lana. Y hay amplias avenidas arboladas (la ciudad tiene más árboles que sus cerca de dos millones de habitantes, y todos vinieron en el puente aéreo del 48: todo Berlín habia sido talado para leña durante el crudo invierno del año anterior) pobladas de punks multicolores con cresta de guacamayas, de rebaños de gamberros vestidos de cuero negro, con cadenas y aretes, que beben cerveza mientras esperan disciplinadamente en los semáforos la luz verde para cruzar la calle, de viejecitas (hay muchas viejecitas en Berlín) que devoran Pfannkuchen y tortitas de nata en los tradicionales cafés reconstruidos, el Mohring o el Krazler, a toda hora del día y de la noche. Hay payasos, acróbatas, un cuarto de millón de funcionarios, cien mil estudiantes, trescientos mil turcos y paquistaníes, miriadas de madres jóvenes en bicicleta con un bebe rubio en ancas, cuarenta mil mililares de las potencias aliadas de la guerra (el otro lado, Berlín Este sigue todavía siliado por cuatro cientos mil soldados soviéticos), medio millón de jubilados, muchas putas, casi tan bellas todas como si fueran copias de los maniquíes de pasta de las vitrinas iluminadas de la Kurfurstendamm: al fin y al cabo, durante los cuarenta años que duró la Guerra Fría, Berlín fue considerada la vitrina del capitalismo.

Una vitrina subvencionada. Más de la mitad del presupuesto es costeado por la república federal, en un ejercicio de respiración boca a boca para mantener rozagante una ciudad que librada a sus propias fuerzas moriría. No siendo ya la capital económica, industrial ni política de Alemania, Berlín, en donde lamortalidad supera la natalidad, se hubiera convertido en un asilo de jubilados y de desempleados si no fuera por las subvenciones de la RFA. El gobierno federal, que -parodiando a Himmler" cuando oye la palabra cultura saca sus subvenciones", ha querido hacer de Belín una gran capital de la cultura y de la contracultura, también subvencionada con generosidad. Hay dos grandes universidades, la Libre y la Politécnica, y otra decena de universidades pequeñas y de centros de investigación científica, sin contar el Conservatorio y la Escuela Superior de Música. Tres teatros estatales y otros subvencionados. Dos grandes bilbliotecas, media docena de museos, la filarmónica de Von Karajan, veinte circos, cien galerías de arte, mil bandas de rock, y una catarata de festivales: de cine, de teatro, de jazz, de verano, de octubre, de Berlín. Y todo financiado por el potente marco de la RFA. Berlín puede ser literalmente, la vitrina del capitalismo porque exhibe todo lo atractivo del sistema -el consumo sin tener lo feo: la infraestructura industrial, el poder político los verdaderos ricos.

Del otro lado del muro hoy derribado están las otras piezas del rompecabezas: el Berlín de los pobres, de la contaminación industrial y de la ruina ecológica -en la cual, por lo demás, colaboraba con entusiasmo el Berlín de los ricos, exportando cada año al otro lado, a cambio de divisas, todas las basuras: cuatro millones de metros cúbicos de aguas residuales. Pero allá está también la otra mitad de los grandes museos, de la ópera, de la música, del teatro. La comunicación telefónica entre los dos lados sigue ofreciendo dificultades transoceánicas, pero es del lado de allá, donde está el centro de Berlín, a medio reconstruir, todavía bombardeado y negro y acribillado a balazos. Las fachadas ruinosas de los grandes palacios administrativos del absolutismo ilustrado, con angelotes de estuco decapitados a cañonazos, las amplias avenidas diseñadas para que desfilaran los tanques, la arquitectura monumental, glacial, de la burocracia estalinista de los últimos cuarenta años.

El empate físico de esos dos Berlines va a ser sin duda doloroso. (No hablemos del ideológico: ya no hay ningún comunista, así como en el año 46, como por ensalmo, no quedaba ningún nazi).

Ese empate empieza a verse. En las calles del este, los anticuados Trabant, de chapa de cartón vitrificado, ruidosos y humeantes, empiezan a codearse con los Golf y BMW. Los soldados inmóviles que custodian la "llama eterna del antifascismo" tienen todavía el uniforme gris de la RDA y su casco de orinal, pero ya no les permiten hacer el cambio de guardia marchando a paso de ganso.
El Instituto de Historia está cerrado por reformas, mientras se reescribe la historia. Aun antes de la firma oficial de la reunificación, del palacio del Congreso fue arrancado sin miramientos el escudo de la República Democrática, con su compás y su martillo. Los parlamentarios del país disuelto se garantizan su propio sueldo hasta las elecciones de diciembre (su presidenta, Sabine Bergman-Pohl, escribió al canciller Kohl para que asegurara que la RFA lo pagaría, o de lo contrario, la aprobación del Tratado de Reunificación corría peligro), pero para el resto de los alemanes del este, la cosa no es tan fácil. Sí, la RFA pagará: en un billón de marcos se calcula la factura de reunificación, sin contar el costo de devolver a su patria a los soldados soviéticos. Pero entre tanto, dos tercios de las industrias de Alemania Oriental están quebrando en cascada. Aumenta el paro, y los agricultores del este llevan sus vacas en marchas de protesta a Unter den Linden, y en la puerta de Brandenburgo aparecen gitanitas que piden limosna, y mutilados y tullidos muestran sus llagas a la caridad del transcénte, ante la ruina negra de la iglesia del Káiser Guillermo, en la raíz de la Kurfurstendamm, y a la puerta de la estación del Zoo -la famosa estación de los niños prostituidos de la droga.

No es el Berlín de los años 20, con sus colas de desempleados ante la sopa popular y sus burgueses porcinos dibujados por Grosz en medio de la miseria proletaria: y, dada la robustez casi apopléjica de la economía de Alemania Occidental, no es probable que se repita esa historia. Pero son las intemperies del capitalismo. Y es poco probable que los berlineses, acostumbrados a vivir en su limbo de subvenciones, tibios y prolegidos como en un vientre materno, esten preparados para ello. Gracias a su carácter de absceso de la guerra fría, de ciudad escindida, amurallada, de fortaleza de frontera, Berlín Occidenlal podía ser la vitrina del capitalismo, pero era en la práctica la ciudad menos capitalista de Alemania -y en lo ideológico, sin duda la más progresista. Berlín Orienlal, por su parte, y por los mismos motivos de confrontación y de rivalidad, era la ciudad económicamente más privilegiada de todo el este, la menos sometida a las penurias del socialismo real. Se trataba en el fondo de dos mitades de ciudad rigurosamente artificiales y ficticias. Su unificación para formar una sola ciudad de verdad va a ser dura.

Pero seguirá siendo ejemplar. Convertida de nuevo en la capital de la Gran Alemania (pesca las nostalgias de Bonn, a los celos de Francfort, etc.), Berlín va a ser el nuevo rostro, no sólo de Alemania misma, sino del capitalismo triunfante un rostro liberado ya de lo que en los setenta años transcurridos desde la Revolución Bolchevique ha tenido de rictus defensivo. "Ich bin ein berliner" decía en frase ramosa el presidente John Kennedy en 1963: "Yo soy un berlines". Borrado de la historia el muro frente al cual lo decía, a partir de ahora somos todos-al menos todos los que vivimos en el norte desarrollado del planeta los que seremos un poco berlineses.

De manera que a todos nos importa mirarnos en el espejo de Berlín, para saber que hay en el. Puede ser la sociedad de la prosperidad indefinida que promete el liberalismo de mercado, con un BMW (o por lo menos un Golf) para cada cual si así lo quieren los precios del petróleo.
Pero puede ser también la sociedad policial que, desde el mismo Berlín Occidental, vitrina del capitalismo, denunciaban hace unos años los "alternativos" y los estudiantes rebeldes que derivaron luego hacia el terrorismo o hacia la ecología. Y al respecto, vale la pena recordar que Berlín encierra la más grande concentración de policías por habitante del mundo : 20 mil del lado occidental, y del oriental, los incontables (pues por lo visío nunca han sido contados) agentes de la temida Stasi. Hoy disuelta, sí: pero el Ministerio del Interior de Alemania Federal, previsor, quiere recuperar sus archivos.

Y a lo mejor entonces vuelvan a las librerías berlinesas los libros de fotos viejas y de recuerdos embellecidos por el tiempo, que hoy se refieren al alegre Berlín de la entreguerra, pero que mañana mostrarán el Berlín del muro. Y se titularán también, con añoranza: Berlín, so wie es war. Berlín tal como era.

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