El papa Benedicto XVI no llegó al Líbano en el mejor momento. No solo en varios países turbas enfurecidas han atacado las embajadas norteamericanas por una absurda película estadounidense irrespetuosa, blasfematoria y antiislámica, sino que en Siria, a pocos cientos de kilómetros de Beirut, cerca de 30.000 personas han muerto desde que empezó la rebelión contra el dictador Bashar Al Asad. Y por todo el mundo árabe los 15 millones de cristianos de oriente, egipcios, iraquíes, jordanos, libaneses, sirios o palestinos le temen a la increíble progresión del Islam político y de los extremistas. Por eso hacía tiempo que una visita pontifical no generaba tantas expectativas. El pontífice dijo que “la venta de armas a Siria es un pecado”, abogó por la paz y la comprensión en la región y señaló que “el fundamentalismo es una falsificación de las religiones”. Y a los cristianos árabes, les exhortó a no abandonar la tierra donde “nació, vivió, murió y resucitó Jesucristo”.