Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 1996/09/16 00:00

EL ULTIMO REBELDE

Con ocasión del cumpleaños número 70 de Fidel Castro, Antonio Caballero analiza por qué el líder cubano, para bien o para mal, se ha convertido en el latinoamericano más importante del siglo XX.

EL ULTIMO REBELDE

El martes pasado cumplió 70 años Fidel Castro. Cuba se puso de fiesta. En el exilio de Miami hubo llanto y crujir de dientes. En todos los periódicos de todos los países salió la foto. ¿Cuántos años tiene el primer ministro de la prestigiosa Gran Bretaña, y cómo se llama? ¿Cuántos cumple el Dalai Lama, guía espiritual de millones de budistas? ¿O Bill Clinton, presidente del país más rico del orbe? No lo sabe nadie. El martes 13 de agosto cumplió 70 años de edad y casi 37 de poder el gobernante barbudo de una pobre isla del Caribe rodeada de tiburones, y lo supo el mundo entero. Castro. Fidel. El Comandante. El Tirano. Tal vez sea hoy, en la insignificancia objetiva de su país y de su obra, el dirigente político más famoso de la tierra. "Un revolucionario", lo definen los funcionarios de su revolución. Pero lo cierto es que la 'revolución socialista' emprendida hace casi cuatro décadas por Fidel Castro y su puñado de guerrilleros bajados de la Sierra Maestra no ha sido particularmente exitosa: ni en lo social, ni en lo político, ni en lo económico. Treinta y siete años de régimen castrista han dejado a Cuba peor de como la abandonó el dictador Fulgencio Batista al escapar con sus maletas llenas de dólares rumbo a Santo Domingo, Miami y Madrid el primero de enero de 1959: arruinada hasta la médula una tierra que fue emporio de riqueza desde los tiempos de Cristóbal Colón, acorralada en un mundo hostil, desesperada y desmoralizada. Durante 30 años la de Fidel fue una revolución subvencionada por la Unión Soviética, y cuando ésta se derrumbó por dentro al embate de su propio fracaso la sucursal cubana se convirtió en una balsa a la deriva, hambreada por sus enemigos, desertada por sus habitantes, reducida a vivir de la limosna humillante de un turismo de playas y de sexo (como el de los tiempos de Batista). Salvo los admirables y siempre citados ejemplos de la educación y la salud del pueblo, hoy en proceso de erosión acelerada, lo único 'revolucionario' que han dejado en Cuba 37 años de revolución, asistida o solitaria, ha sido el reemplazo de una casta de terratenientes y banqueros por otra de burócratas. La ilusión lírica de los primeros años, que fascinaba a los intelectuales de los países desarrollados ávidos de 'socialismo con ron' e inspiraba los sueños de las juventudes de América Latina, ha desaparecido. Hoy solo queda la pobreza, el desencanto y la fatiga. Y nadie que no sea funcionario del régimen cree que en Cuba exista una revolución. Lo que hay no es más que el poder desnudo de un hombre, de un partido y de un ejército. ¿Entonces es Fidel simplemente "un tirano", como lo definen sus adversarios? En cierto modo, sí. Un tirano burocrático de corte comunista, con su partido único y su policía política, un fundamentalista ideológico cuyos principios han arruinado al país sin liberarlo; y a la vez un tirano tropical, con sus discursos torrenciales y su corte de áulicos. (Recuerdo una anécdota personal. Una vez, para hablar del hundimiento del 'campo socialista', Fidel Castro me concedió una larga entrevista. Durante cinco horas, desdeñando mis interrupciones balbuceantes, me explicó el problema de los buses de La Habana, que funcionaban mal porque tenían motor búlgaro y caja de cambios húngara. Al terminar, sus áulicos me dijeron con entusiasmo: "¡Con eso tienes para escribir un libro!".) Pero, también, un tirano benévolo y no solo por los ya mencionados ejemplos de la educación y la salud. El dictatorial régimen cubano viola mucho menos los derechos humanos que el democrático régimen colombiano, por ejemplo; y la pobreza innegable de la totalidad de los cubanos no puede compararse con la atroz miseria absoluta en que viven las nueve décimas partes de los colombianos, mexicanos, venezolanos, dominicanos, etc., para no hablar de los haitianos. Y en ningún caso un tirano corrupto: hay corrupción en Cuba, pero Castro no la alienta, sino que la castiga. En suma: un ogro filantrópico. Y un caudillo carismático. Al cabo de casi 40 años de poder absoluto, desaparecidos casi todos los compañeros de sus primeras luchas Guevara, Cienfuegos, Celia Sánchez: solo queda su hermano Raúl, comandante perpetuo del ejército, Fidel sigue siendo mayoritariamente respetado y amado por el pueblo cubano. Sus adversarios moderados en el exilio o en la isla están convencidos de que si se celebraran en Cuba unas elecciones libres, probablemente las perdería el partido, pero Fidel las ganaría. Un revolucionario bastante discutible, pues, y un dictador nada típico. Pero, sin lugar a dudas, un político de genio. Capaz de haber logrado, más por la fuerza de la palabra que por la de las armas, y (en ese entonces) sin ningún rigor doctrinario ni otra referencia política que el verbo lírico de José Martí, una toma del poder paradigmática, que inspiraría cientos de libros y docenas de imitaciones fallidas y sangrientas en toda América Latina. Capaz, luego, de asentar su régimen e imponer su 'revolución' contra todos los poderes económicos locales y frente a la enemistad declarada y rabiosa de Estados Unidos, la potencia militar y económica más grande y arrogante de la historia. Nada menos que nueve presidentes norteamericanos, tanto republicanos como demócratas, se han esforzado sin descanso por derrocar, asfixiar y asesinar a Fidel Castro. Le han organizado invasiones armadas y sublevaciones y sabotajes internos, bloqueos económicos y cerca de 30 tentativas de asesinato, siempre en vano. Nunca un hombre solo (y Fidel lo estuvo tanto en sus primeros años como en estos últimos, tras el desplome de la URSS) había sido capaz de desafiar exitosamente y durante tanto tiempo el odio declarado de los gobiernos de Washington. "¿Qué tendrá Fidel cantaban los cubanos tras la fracasada invasión de Playa Girón que los gringos no pueden con él?". Tiene lo que les ha faltado a esos nueve presidentes norteamericanos chorreantes de poder: talento político.
Lo cual no significa, claro está, que no haya cometido descomunales errores de gobernante. El primero de todos, el manejo de la economía cubana, su centralización y burocratización, y su casi total entrega a la dependencia del amigo soviético, que ha hecho que al cabo de 37 años de revolución el aparato productivo del país sea incapaz de satisfacer las necesidades de la población. Y no le han faltado los fiascos de política exterior: las costosas 'guerras internacionalistas' de Angola y de Etiopía y las tentativas de 'exportar la revolución' a América Latina en los años 60, que generaron ríos de sangre en Colombia, en Venezuela, en el Perú, en la Argentina, en Bolivia. Pues si el régimen de Fidel Castro les ha salido caro a los cubanos, mucho más nos ha costado en muerte y en sufrimiento a los demás latinoamericanos. No solamente por el fracaso de todas esas intentonas guerrilleras revolucionarias que sin duda hubieran existido aun sin el ejemplo engañosamente fácil de los aventureros de la Sierra Maestra y sin el apoyo, más simbólico que real, del gobierno de Cuba, sino sobre todo por el éxito que han tenido en cambio en todo el continente las 'contrarrevoluciones preventivas' fomentadas por Estados Unidos, resueltos a no permitir que la sorpresa cubana se repitiera en otros países. Para aislar y sofocar el contagio del 'mal ejemplo' de Fidel Castro, los Estados Unidos crearon en todo el continente un cordón sanitario de feroces dictaduras militares como la brasileña o la chilena, o de democracias militarizadas como la colombiana. La insolencia de Fidel Castro acabamos pagándola entre todos. Pero es esa insolencia la que hace su grandeza. En fin de cuentas, es su rebeldía contra el imperio lo que le da a Fidel Castro una talla desproporcionada con su importancia real, y a su pequeña isla un protagonismo que no corresponde a su verdadero peso en la geopolítica mundial. Ese hombre que acaba de cumplir 70 años tras pasar media vida sentado en el poder es mucho más que el revolucionario que ensalzan sus áulicos, el dictador que denuncian sus enemigos, el hombre de Estado que respetan hasta sus adversarios. Es un rebelde, y un rebelde por ahora, el último contra la más abrumadora potencia imperial que haya conocido el mundo. "Ser grande decía el general De Gaulle es tomar como propio un gran combate". Eso ha hecho Fidel Castro. Y ya desde los días de la Sierra Maestra sabía, y lo dijo, que el verdadero combate de su vida no iba a ser contra el sanguinario pero cómico sargento Batista, sino contra el poder frío e implacable de Estados Unidos. Y es por eso que ese jefecillo romántico de una guerrilla desastrada, ese dirigente burocrático de una revolución frustrada, ese presidente vitalicio de un país que no es fácil encontrar en el mapa, se ha convertido en una de las pocas grandes figuras políticas, y sobre todo morales, de este final de siglo tumultuoso. Fidel Castro es el enemigo malo de Estados Unidos. Que cumpla muchos años, Comandante.

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