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| 1/15/1990 12:00:00 AM

GABO: ¿ OTRO DINOSAURIO ?

A raíz de la selección de Gabriel García Márquez como uno de los diez personajes de la década de los 80 en Colombia, SEMANA se comunico con él en Mexico y logró picarle la lengua para que diera su opinión sobre los vientos de cambio que se sienten en el mundo comunista. Aunque reacio al comienzo, accedió esta semana a ampliar algunos de sus puntos de vista sobre el tema en una entrevista hecha por telefax, pocas horas antes de un viaje a Cuba. SEMANA logró que, por primera vez, el Nobel de Literatura se le midiera al espinoso tema de la crisis del comunismo.
SEMANA: ¿Cómo está ese "mamerto dormido en el corazón"--que una vez confeso tener--ahora que Europa oriental se está "desmamertizando"?
GABRIEL GARCIA MARQUEZ:
Todo este proceso me pareció inevitable desde 1957, en el primero de mis dos únicos viajes al mundo comunista. Lo dije en una serie de crónicas que todavía andan por las librerias: "De viaje por los países socialistas". Los comunistas dijeron que eran artículos pagados por el Departamento de Estado, la prensa liberal no quiso publicarlos porque mis discrepancias no eran dogmáticas, y los conservadores me satanizaron como agente del Kremlin. Ahora, treinta y dos años después, varias revistas soviéticas me los pidieron para publicarlos allá.
S.: Recuerdenos el pensamiento central de esos artículos.
G.G.M.: El pensamiento central de esos artículos es que en las llamadas democracias populares no había un socialismo auténtico, ni podía haberlo por ese camino. El sistema imperante no se fundaba en las condiciones propias de esos países. Ninguno de ellos había hecho una revolución, salvo la URSS, y la de esta parecia pervertida por el estalinismo. Lo que allá se proclamaba como socialismo era una formula dogmática, impuesta por la URSS mediante partidos comunistas locales diezmados por el nazismo, cuyos sobrevivientes tristes, burocráticos y sin imaginación, trataron de meter a la fuerza el esquema soviético en una realidad donde no cabía. Así crearon un inmenso crisol de inconformismo contra la buena ilusión de socializar el mundo.
S.: Se ha dicho que lo que está sucediendo es sólo el fin del estalinismo. ¿No es más?
G.G.M.: Yo creo que es mucho más: una tentativa de liberación del pensamiento. Curiosamente, este fue el sueño de la generación del 68, que fracaso en su tiempo, tal vez por falta de condiciones historicas y políticas. Pensando en esto, Dubcek en Checoslovaquia, con su socialismo de rostro humano, debe sentirse más que compensado: redimido.
S.: ¿ Cree que en todo esto hay un regreso al capitalismo ?
G.G..M.: Lo ingenuo es esperar que esos cambios sean un regreso al capitalismo o una imitación mecánica de lo que pasa en la Europa del este. Por una razón primordial: Cuba si hizo la revolución que quiso hacer, y eso la hace distinta. No: tal vez la solución este en una formula nueva, con lo mejor de ambos sistemas. Es, pienso yo, lo que sucederá también en Europa del este. No creo que ninguno de esos países esté dispuesto a renunciar a las numerosas conquistas sociales del mismo sistema que están tratando de aniquilar.
S.: ¿ Y Castro qué ? ¿Podría usted criticarle algo a Cuba sin enemistarse con Fidel?
G.G.M.: La pregunta tiene un punto de irrespeto a tres personas que respeto mucho: a Fidel, a mí y a usted misma. Pero dejemos el asunto de ese tamaño. ¿Qué quiere preguntar de Cuba?
S.: ¿Le teme Cuba a la perestroika?
G.G.M.: Me parece que Fidel, mas alla de su fe socialista, no le teme solo por Cuba, sino por todo el Tercer Mundo. Teme que el camino emprendido por la URSS la contamine sin remedio de los vicios mayores del capitalismo. Que coloque sus intereses nacionales por encima de su solidaridad con los paises subdesarrollados. Que, en el menos grave de los casos, renuncie a hacerle contrapeso a los Estados Unidos en la balanza del mundo.
S.: ¿ Comparte esos temores ?
G.G.M.: Yo no comparto esos temores. Pero si creo que Cuba se verá afectada de un modo grave en su economía, y que aun si la Unión Sovietica lo quisiera, no tendría recursos para remediarlo. Será un, segundo bloqueo, involuntario, por supuesto, y de naturaleza distinta, pero no menos funesto que el que ejercen los Estados Unidos contra Cuba desde hace treinta años. Bloqueada por ambos lados --en una América Latina sofocada por otros bloqueos menos visibles, por la eterna deuda externa, por sus terribles problemas nacionales- es poco lo que Cuba puede esperar ahora del mundo exterior.
S.: Con la mano en el corazón...¿no cree que en Cuba se necesitan cambios profundos?
G.G.M.: Por supuesto, y ahora, más que nunca, Cuba necesita grandes mejoras y rectificaciones materiales y políticas. Algunas de ellas se estan haciendo sin ruidos desde antes que empezara la perestroika sovietica. Todas se necesitan con urgencia, después de treinta años de sacrificios y esperanzas. La gente lo sabe y lo es pera. Al principio expresaban su inconformidad y sus anhelos en conversaciones privadas, pero ahora lo dicen en público, y en estos últimos meses lo proclaman casi a gritos en la calle. Supongo que Fidel lo sabe. Y yo creo que si un revolucionario perpetuo como el no está respondiendo al clamor de su pueblo en ese sentido, sólo es comprensible porque no encuentra las condiciones inmediatas para hacerlo. No lo digo con alegría, sino al contrario: con alarma.
S: ¿ Cuáles condiciones ?
G.G.M.: Las que ha creado Estados Unidos que tiene a Cuba a sólo 90 millas de sus costas. Estados Unidos no se mira su propio ombligo y pretende seguir interviniendo y manejando a los países que están en su área de influencia. ¿Cuándo van a abandonar su papel de bloque y de pretender manejar los asuntos y los cambios de Cuba, Nicaragua, Salvador, Panamá...? El día en que Estados Unidos haga su propia perestroika y su propio glasnost, Cuba, El Salvador, Nicaragua serán otra cosa. Noriega se caerá por su propio peso. Sucederá así por la fuerza del dominó de la historia. Lo importante es que Estados Unidos no nos haga más trampa.
S: ¿ Cómo ayudar a Cuba?
G.G.M.: Yo creo que lo más urgente es facilitarle el reingreso a su ámbito natural--geográfico, cultural, político, económico--, sin renunciar a los inmensos logros y a la alta moral de su Revolucion. Pero sus enemigos, con los Estados Unidos a la cabeza, se oponen a que sea así, porque sería una victoria de Fidel Castro. Es decir, no aceptan más que una Cuba humillada. Y hay que conocer a los cubanos de adentro para saber que eso es una fantasía.
S.: ¿ Cuál cree que es la percepción que tiene Estados Unidos de los cambios en el mundo socialista ?
G.G.M.: Los Estados Unidos tienen una apreciación antojadiza de los cambios que están ocurriendo en el mundo. Primero, creen que es un triunfo del capitalismo. Segundo, creen que los beneficia a ellos. Tercero están convencidos de que todos los países tienen que cambiar, menos ellos. Este delirio los ha llevado al triste extremo de que, mientras el mundo se prepara para un tercer milenio radiante, los Estados Unidos van en el último asiento del vagon de cola, tratando de tumbar a Noriega.
Y lo peor: sin lograrlo.
S.: ¿Para usted, entonces, lo que Estados Unidos debe hacer es su propia perestroika?
G.G.M.: Si: los Estados Unidos tienen que hacer su propia perestroika. Tomar conciencia de su inmensa responsabilidad historica, como lo hizo la Unión Sovietica. El día que eso suceda, no solo Cuba, sino toda la América latina, tendrá oxígeno suficiente para emprender los cambios que tanta falta nos hacen a todos.
S.: ¿ Qué significan todos estos cambios para América Latina ?
G.G.M.: Ahora más que nunca. Pues los cambios en el oriente europeo han alterado las prioridades de la Europa occidental, del Japón y, por supuesto, de la misma Unión Soviética. Las solicitudes que les lleguen a ellos de su propio ámbito nos privarán de recursos y atenciones que tal vez ya estaban previstos para nosotros. ¿Qué más podemos hacer sino vivir y luchar juntos, aunque sea como perros y gatos? Es el sueño de Bolívar, más actual que nunca: la integración del continente. Para seguir peleando juntos contra la muerte en las trincheras de la fecilidad, luchando por ser nosotros mismos, por más paz para siempre, por más tiempo y mejor salud, más comida caliente, más rumbas sabrosas, más de todo lo bueno para todos. En una palabra: más amor.
S.: ¿Cree que se está dando un cambio real del mundo ?
G.G.M.: Desde que naci, es la primera vez que vi cambiar el mundo. Cambiar de verdad, sin sangre y con jubilo, porque es un cambio dentro del cerebro humano. Esto es en realidad resultado de un anhelo unánime de encontrar las raices perdidas hace más de cuarenta años. Sólo asi se entiende que los cambios esten ocurriendo sin la menor resistencia interna y sin una gota de sangre. Por eso lo dije en la SEMANA pasada, y lo repito ahora: Gorbachov será el hombre de este siglo. El siglo XX se perdio en la confrontación de dogmas irreconciliables y discusiones ideológicas que estuvieron en el papel y no en el corazón de la gente. Pero todo esto es letra menuda al lado de lo que se vislumbra en el porvenir: un tercer milenio sin precedentes.
S.: ¿ Cómo piensa que será ese mundo ?
G.G.M.: Nadie sabe cómo será y que puede suceder con un mundo en el que cada quien piense con su propia cabeza, y donde el instrumento más importante sea la imaginación. Tal vez sea ingobernable, pero la sola idea es fantástica. Lástima que dentro de un siglo, cuando estas cosas empiecen a verse más claras, usted y yo tendremos mas de 120 años, y no podremos disfrutarlas como merecemos.
S.: No se puede evitar la tentación de preguntarle por el tema colombiano del momento: la lucha contra el narcotráfico. ¿ Qué opina de la guerra que ha declarado el gobierno?
G.G.M.: Ya he dicho, y lo repito, que al presidente Barco no le quedo más remedio que hacer lo que está haciendo. Pero hay una confusión. Una cosa es la guerra contra los narcotraficantes y otra cosa es la solución del problema del narcotráfico. Hay que separarlos. Por ejemplo: aun si el gobierno logra capturar y castigar a los traficantes actuales, estos serían remplazados de inmediato por una generación de refresco. Así sera mientras haya fuera un consumidor insaciable y creciente, cuyas finanzas internas, además, se benefician del negocio.
S.: ¿Sigue siendo partidario del diálogo con los extraditables? G.G.M.: No sólo fui partidario del diálogo, sino uno de sus promotores casuales, cuando me parecio que era posible. Desde entonces las cosas se han revuelto tanto, que no sé si hoy sea aceptado por el país. Por eso no me parece descabellado que se le pregunte a la nación. Tal vez mediante la formula de los dos referendos, que podría ser providencial para que el próximo gobierno herede un orden público aliviado. Pero de todos modos, el diálogo sería una solución de la guerra contra los narcotraficantes, pero no para el tremendo problema mundial del tráfico de droga.
S.: Y en cuanto a la extradición, ¿sigue siendo contrario a ella? G.G.M.: Mi voz fue una de las primeras que se alzaron contra el tratado de extradición de colombianos, por consideraciones elementales de dignidad nacional. El tiempo me ha dado la razón. Ahora bien: si de veras tenemos que pedirles a los Estados Unidos que castiguen a nuestros delincuentes porque nuestras condiciones o nuestros sistemas no nos sirven, terminaremos por pedirles también que vengan a gobernarnos, porque nosotros no podemos.
S.: Otros, ante la situacion, consideran que la única salida es la legalización de la droga. ¿ Usted que piensa al respecto ?
G.G.M.: Lo menos que podíamos hacer es estudiar en serio esta posibilidad, y con criterio y recursos mundiales, como una más de las varias que están sobre el tapete.
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