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| 11/25/1985 12:00:00 AM

LOS MILITARES Y EL DIALOGO

El General Landazábal publica esta semana su último libro, "El precio de la paz", editado por Planeta, uno de cuyos apartes más importantes reproduce SEMANA

Como queda demostrado, sin necesidad de llegar a la saciedad en la enumeración de ocasiones y circunstancias, épocas y situaciones en las que los mandos militares, de todas las épocas, auspiciaron el diálogo; debe quedar claro que el instrumento militar colombiano tiene entre sus grandes preocupaciones y figura como objetivo primordial y sustantivo de su acción, la conquista y el restablecimiento de la paz. Por ello las Fuerzas Armadas y sus mandos jamás se han opuesto al diálogo, a la solución política del conflicto, a la reconciliación para la paz. Lo que no entendía el Ministro, como tuve oportunidad de exponerlo claramente en el Congreso de la República era cómo una vez concedida la amnistía, una vez salidos de las cárceles los jefes de los grupos armados, rurales y urbanos, una vez olvidada la nación de los delitos cometidos a nombre de sus aspiraciones políticas y de sus apetitos desordenados en el usufructo de esa máscara y continuando en la práctica con el uso de todos los medios violentos, ejercidos sin contemplación en la por ellos calificada como lucha de clases, practicada y ejercida sin la más mínima consideración a la observancia de los derechos humanos; en tales condiciones, como ministro de Defensa no entendía repito, cuál era el objeto de llevar la presencia de los mandos militares o su representación hasta La Uribe, hasta el sitio señalado en el Magdalena Medio, o hasta cualquier sitio del país para dialogar con quienes se encontraban reacios a acogerse a los beneficios que el país les ofrecía con el perdón, con el que habían sido agraciados, con la amnistía más amplia y generosa que haya otorgado gobierno alguno del planeta, a los que se levantaron contra él; con los que una vez salidos de las cárceles y concedida la libertad más auténtica para su integración a la vida ciudadana, habían regresado con sus armas a las filas de la subversión, y exigían ahora, que el Ejército con la presencia de sus jefes llegara hasta ellos, para implorarles la paz, con lo cual buscaban no solamente el reconocimiento institucional del brazo armado de la nación para colocarse de igual a igual con el Ejército, buscando un equilibrio inexistente de poderes, al recibir el espaldarazo político de haber logrado en Colombia, especialmente en el momento vivido por Nicaragua, El Salvador Honduras y Guatemala, convencer al poder político y a las Fuerzas Armadas que debían ceder a las para entonces sí justas pretensiones de la subversión, reconocidas con la aceptación del diálogo y la presencia en él de los mandos militares, como legítimas e invencibles, según los últimos y los altos propósitos de su estrategia en el campo internacional. Había que llevar al poder político y al militar colombiano a negociar con los sediciosos, en las fechas, horas y sitios impuestos por la absoluta voluntad de aquellos, pues esto representaba para la subversión el verdadero triunfo político resultante de sus acciones armadas, de su práctica de la violencia de su acorralamiento a la sociedad con el temor al secuestro, la extorsión, la pérdida de la vida, los bienes, la heredad, ya que la victoria militar se alejaba cada vez más de sus formaciones guerrilleras.
Las Instituciones Militares, por intermedio de sus mandos, habían sido muy claras en Colombia, en su constante accionar frente a las organizaciones subversivas; y en cuanto a su dependencia y subordinación al poder político, guardaban la intima convicción que así como no podrían considerárseles como fuerzas de éste o aquel partido, tampoco eran una especie de fuerzas presidenciales, pues era, de acuerdo con los más claros mandatos constitucionales, el brazo armado de la nación, las sostenedoras de su honor, las defensoras y soportes de la voluntad soberana de su pueblo, ejercida a través de sus legítimos representantes, no de uno sino de todos los niveles y de todos los escalones del poder, allí radica la esencia de su condición de fuerza armada de la nación. Por ello las Fuerzas Armadas de Colombia no han sido ni serán jamás guardias petrorianas, a través de las cuales la persona del gobernante pueda ejercer el poder absoluto del Estado dictatorial. Por ello en determinadas ocasiones se oye la voz de los mandos, la voz del General, y por ello el pueblo, en momentos difíciles oye y recibe esa voz, leal, franca y sincera, como un bálsamo que reconforta la certeza de su propia seguridad. Silenciar los mandos militares, en lo que atañe con el interés institucional y con su misión constitucional en su patriótica angustia por la verdadera paz, por la paz de la nación, es privar a las Fuerzas Armadas de esa esencia nacional que los soporta, es pretender llevarlas al status indebido e inaceptable de lo que en los gobiernos dictatoriales de algunos países latinoamericanos se ha conocido con el nombre de "Guardias Nacionales".
En la práctica de estos criterios, en la aplicación de esta doctrina, todos los presidentes, con la debida oportunidad, recibieron presentaciones de apreciaciones del mando militar en relación con la situación nacional, en la que los mandos mostraron la realidad vivida como la concebian ellos y sus estados mayores, dando razones y motivos pertinentes, presentando hechos y documentos probatorios de sus raciocinios para el sostenimiento de sus tesis, complementando toda la exposición con la presentación de sugerencias para el manejo de determinados problemas y la prevención de determinadas consecuencias; todos los presidentes recibieron las tesis de los militares con el mismo patriotismo y con la misma lealtad con que fueron inspiradas y expuestas, y aquellos aspectos de las exposiciones que el jefe del Estado no compartió, en ésta o aquella ocasión, por tener conceptos diferentes o reservas sobre el particular, fueron aclarados por el jefe del Estado, dentro del más estricto sentido de su propia concepción de los hechos, de su autoridad y de su respeto al concepto de los más altos escalones del mando militar. Nunca jamás, se le pretendió imponer al Presidente de la República la aceptación o realización de una recomendación, planteada por el mando militar, y cuando el jefe del Estado lo rechazó en la misma forma privada y reservada en la que se le habían planteado por considerarlas impolíticas, inconvenientes e indebidas, el mando militar tomó la nueva ruta fijada por su presidente, con el mismo entusiasmo con el que hubiera seguido la recomendación dada al ser aceptada. En ninguna ocasión se le presentaron al Presidente situaciones ficticias siempre se le habló con la más absoluta lealtad, aunque se tuviera la prevención de que ciertos planteamientos pudieran molestarlo en sus íntimos deseos. Los militares colombianos llevamos muy cerca del corazón y de la mente la frase más expresiva del verdadero sentido de la lealtad pronunciada por el Libertador: "No le es leal al mandatario sino quien le dice la verdad y le aconseja el bien". No en todos los casos, hay que decirlo, este sentido de la lealtad fue entendido en su más bella expresión por el Primer Mandatario, pero en todo caso, la lealtad ha sido ejercida, en toda su plenitud la sinceridad ha estado manifiesta, y jamás el jefe del Estado podrá llamarse a engaño por una falsa o maliciosa apreciación de los mandos militares.
La política que debíamos seguir los militares en el diálogo con la guerrilla, establecido por el gobierno, fue fijada muy claramente por el Ministro en los primeros meses de gobierno del presidente Betancur: los jefes militares sólo hablarían con los jefes guerrilleros o sus comisionados en sus propias instalaciones militares, en sus puestos de mando. No debe olvidarse que todos los subversivos estaban amnistiados, las Fuerzas Armadas habían acatado la decisión del gobierno y el clamor del país era concederla, el país entero la había festejado con todo tipo de demostraciones públicas y privadas, ¿por qué entonces no salir a las calles y plazas como lo hicieron algunos guerrilleros, para hacer política abierta, buscar la adhesión de las masas en momentos tan favorables para su causa? Sencillamente porque mientras unos se acogían a la amnistía, otros, como lo habían dispuesto con anterioridad sus jefes, al salir de las cárceles se integrarían nuevamente a la guerrilla para continuar sus acciones contra el establecimiento que les daba toda la clase de concesiones, que los había perdonado, casi que bajo la exigencia de su absolución como requisito para conquistar la paz. ¿Por qué no iban a los puestos de mando a exponer a los jefes militares sus inquietudes, sus preocupaciones? ¿Por qué tenían que ir los mandos militares hasta los sitios, no sólo propuestos, sino impuestos por los sediciosos para hablar con sus jefes? ¿Quiénes eran los defensores legítimos del sentimiento democrático nacional y quiénes los descarriados que exigían la amnistía como un requisito para regresar a la convivencia apartándose del delito cometido en nombre de una causa históricamente rechazada por el pueblo, en todo el transcurso de su vida política como nación soberana e independiente? ¿Cuál era la razón justificativa de su rechazo a presentarse en público, cuando todos los delitos sin distingos de ninguna naturaleza, inclusive los más atroces, en la práctica de la aplicación de la amnistía, les habían sido perdonados con el aplauso de los medios de comunicación hablada y escrita, de todas las regiones del pais? ¿Por qué tratándose de una solución política se pedía la presencia de los militares para participar en ella, cuando según las propias tesis de los subversivos y del país político en general los militares no deben participar en la política?
¿Por qué se exigía entonces la presencia de los mandos militares en el diálogo? Nada más fácil de establecer, nada más sencillo de aclarar: la presencia de los mandos del Ejército en los sitios a que fueron citados por la guerrilla, en busca del diálogo, significaba para la subversión un claro y enfático reconocimiento a su autoridad y a su poder, a la justicia de su causa y a la bondad de su política, y era además un reconocimiento tácito de la equivocación del mando en su lucha por destruirla o someterla a los dictados de la ley; a más de lo anterior, era como la máscara de una es pecie de eslabón, mediante el cual la guerrilla pretendia, al recibir a los mandos militares en sus zonas de acción, dar la sensación que a su turno estaba concediendo una amnistía al elemento militar comprometido en su contra, en cumplimiento de su función constitucional de garantizar la seguridad ciudadana, el orden establecido, la vigencia de la ley y de la autoridad legítima en el ejercicio del poder...--
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