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| 2/7/2015 10:00:00 PM

El magistrado ciego

El bogotano Luis Wilson Báez es el invidente que ha llegado más alto en la Justicia en la historia del país.

SEMANA habló con el hombre que, a pesar de su limitación, es hoy una de las autoridades del Consejo Seccional de la Judicatura en Magdalena.

Semana: ¿Cómo perdió la visión?

Luis Wilson Báez: Estaba en octavo semestre de Derecho cuando, por un mal procedimiento para corregir la miopía, empecé a tener problemas. Me retiré de la universidad y en cuatro años me hice 15 cirugías hasta que no hubo más qué hacer y quedé invidente.

Semana: Eso fue hace 16 años. ¿Cómo ha hecho para mantenerse fuerte?

L. W. B.: Ese día decidí que iba aceptar mi vida y volví a estudiar. Terminé la carrera e hice cinco especializaciones. No se trató de ‘pobrecito, venga lo graduamos’, sino que yo cumplí con todos los requisitos. Entendí que si tomaba una actitud de querer morir en vida los que iban a salir afectados eran los seres que amo. Por eso no me dejé vencer y, con mucho esfuerzo, salí adelante.

Semana: ¿Por qué no lee braille?


L. W. B.: Porque no es funcional y la tecnología ha avanzado mucho. Al principio, para poder estudiar, compré una grabadora. Mis papás me ayudaban leyendo y grabando los textos ahí. Después accedí a un software para Windows llamado Jaws, con el que leo toda clase de documentos.

Semana: ¿Ha tenido muchas barreras por ser ciego?

L. W. B.:
Hay obstáculos físicos en las ciudades, pues no están hechas para personas con discapacidad. Pero esos se sobrepasan. El problema son las barreras mentales. La sociedad colombiana es poco incluyente y debería tratarnos sin lástima, porque a veces somos más capaces que quienes tienen sus cinco sentidos.

Semana: ¿Y cómo llegó a magistrado?


L. W. B.:
Siempre quise serlo y aún aspiro a las altas cortes. Para mí siempre ha sido importante que desde la Constitución del 91 se puede acceder por méritos a cargos públicos. Así, uno participa en igualdad de condiciones y si gana no hay excusa para no nombrarlo. Por concurso entré a la Contraloría hasta que ascendí a director y, luego, a donde estoy hoy.

Semana: ¿Se han aprovechado de usted?


L. W. B.: No. Me he ganado el respeto en mi trabajo.

Semana: ¿Todavía piensa en los días en los que podía ver?


L. W. B.:
Yo dejé de vivir en función de volver a ver. Entendí que el milagro en mi vida no era recuperar la visión, sino alcanzar lo que me proponía pese a haberla perdido.

Semana: ¿Ha pensado comprometerse con alguna causa por los invidentes?

L. W. B.: En el futuro sí. Pero a todos los sueños les llega su tiempo.
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