20 abril 2013

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“Mi motivación es desafiar la estupidez”

Por Camilo Jiménez Santofimio, editor de Enfoque de SEMANA

ENFOQUEDesde hace exactamente 35 años Kevin Kallaugher, más conocido como KAL, se burla de los poderosos de este mundo desde la revista más seria del planeta: The Economist. SEMANA habló con él.

“Mi motivación es desafiar la estupidez”. Este es el único caricaturista de una de las revistas más importantes del mundo.

Este es el único caricaturista de una de las revistas más importantes del mundo.

Foto: Cortesía Kevin Kallaugher / The Economist

SEMANA: Tras caricaturizar durante décadas a los líderes globales, ¿qué significa para usted la palabra poder?

KEVIN KALLAUGHER: El poder es extremadamente seductor y, a la vez, tóxico. Cualquiera que vio El Señor
de los Anillos
lo sabe: el poder corrompe con facilidad. Puede ser usado para hacer bien, pero explotado para la ganancia personal. El papel del caricaturista consiste en poner el foco sobre los poderosos y dejarles saber que los podemos desnudar.

SEMANA: ¿No está agotado después de tanto tiempo?

K. L.: Todo lo contrario, tengo muchísima energía. Mi trabajo me recompensa de igual forma como me exige. Si yo trabajara en una mina de carbón, le estaría contando otra historia.

SEMANA: Usted es el único caricaturista que The Economist ha contratado en su historia. ¿Cómo obtuvo ese privilegio?

K. L.: En 1978 acababa de graduarme de Harvard, pero quería dedicarme al básquet profesional. Durante un viaje a Inglaterra decidí visitar periódicos y ofrecer mis caricaturistas. Los editores de The Economist me dijeron que hiciera una prueba y dibujara al ministro de Hacienda. Tuve suerte porque la noche anterior, por sugerencia de alguien que había conocido en un bar, había practicado ese mismo dibujo.


Esta portada de The Economist fue durante la Guerra Fría.
Cortesía Kevin Kallaugher / The Economist

SEMANA: ¿Cómo es su proceso creativo?

K. L.: Hago una caricatura semanal, y a veces, portadas. Las últimas surgen de una colaboración con los editores. Con la caricatura hago lo que quiero, pero esto tiene su ciencia. Debo pensar en temas que sean actuales una semana después. Mi público, además, está en todo el mundo y es muy culto. Siempre trabajo pensando en que mis lectores son exigentes. Eso es saludable, y así evito convertirme en el típico ‘observador de lo obvio’. Lo obvio aburre, despide al lector de una patada.


Esta es la portada del libro del caricaturista.
Cortesía Kevin Kallaugher / The Economist

SEMANA: ¿Ha sufrido crisis?

K. L.: Hay políticos que parecerían querer dibujar las caricaturas ellos mismos, pero otros no ayudan. Después de la era de Margaret Thatcher, a quien caricaturicé apasionadamente, llegó al poder John Major, un tipo increíblemente aburrido y difícil de caricaturizar. Lo mismo me pasó con George Bush padre. Ahí tuve mis crisis. Pero para no perder mi trabajo encontré una solución: me concentré en los eventos. Este es un desafío importante porque hace de la caricatura un servicio: hay que explicarle al lector que la realidad tiene un trasfondo emocional, que siempre se puede entender. Este esfuerzo eleva la profesión.

SEMANA: ¿A quién le gusta dibujar?

K. L.: A Ronald Reagan, a quien la gente no respetaba intelectualmente. En América Latina, mis colegas lo dibujaban como un matón, como un hombre malvado de ojitos pequeñitos. Pero en Estados Unidos lo veíamos como un abuelo un poco bobo. Ya solo desde la perspectiva visual era perfecto: su cara era animada y llena de líneas. Él mismo era un actor profesional y hacía todo tipo de expresiones.


La caricatura fue a propósito de los atentandos del 11 de septiembre.
Cortesía Kevin Kallaugher / The Economist

SEMANA: ¿Cómo hace para identificar la caricatura que hay detrás de una noticia?

K. L.: Es un desafío delicioso. Primero, porque es visual. Segundo, porque la sátira es peligrosa. Y tercero, porque mi materia prima es el planeta entero. Lo más importante es tomarse en serio lo que sucede en el mundo. Y luego preguntarse: ¿Cómo puedo causar un impacto? Un caricaturista transforma la manera como la gente ve la realidad. Cuando logro hacer eso, siento que entablo una relación espiritual con el público.

SEMANA: ¿Y cómo conserva el humor ante la solemnidad de sus colegas?

K. L.: A mí me descubrió el director de Arte de la revista, y desde el principio me pidió que nunca perdiera mi voz. Eso es lo que he hecho hasta hoy: respetar mi propio estilo, pero también ser consciente de que mis lectores son muy críticos y sofisticados. Hoy todos confían en mí. Cuando me contrataron, leer The Economist era como leer la Biblia: ni siquiera publicaban fotos. La revista tenía un tiraje de 300.000 ejemplares. Hoy son dos millones. Siento que con el paso de los años mi trabajo es una parte esencial. Y mis colegas lo saben.

George W. Bush ha sido uno de los blancos favoritos del lápiz de KAL. 
Cortesía Kevin Kallaugher / The Economist

SEMANA: Tras burlarse 35 años del poder, ¿puede ser positivo? ¿Cree en algo?

K. L.: Soy un optimista. Como periodista cuyo tema son los líderes del mundo, uno tiende a pensar que sobran los motivos para estar iracundo, triste y deprimido. Mi remedio es pensar siempre en la historia. Yo creo en el progreso: hoy estamos mejor que hace 100 años.

SEMANA: ¿Y eso lo motiva?

K. L.: Es que me considero un luchador. El mundo no cambia por sí solo, sino porque hay gente inteligente, dedicada y preparada que lo mueve. Mi motivación es desafiar la estupidez, la mezquindad y la violencia. La caricatura es una herramienta; a veces, un arma. Soy pesimista por una causa optimista.


Esta ilustración fue realizada poco después de la muerte de Chávez.
Cortesía Kevin Kallaugher / The Economist
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